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Tratado de las Pasiones del Alma al Desnudo

6745 palabras

Tratado de las Pasiones del Alma al Desnudo

Estaba en mi depa en la Colonia Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, cuando encontré ese libro viejo en la tiendita de la esquina. Tratado de las pasiones del alma, decía la portada ajada, con letras doradas medio borradas. Lo compré por curiosidad, neta, porque andaba en una onda filosófica después de unas chelas con mis cuates. Lo abrí esa noche, recostada en mi cama king size, con el ventilador zumbando suave y el olor a jazmín del difusor flotando en el aire.

Descartes explicaba las pasiones como movimientos del alma, ira, deseo, amor, todo eso que nos revuelve las tripas. Leí un rato y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el wey ese del siglo XVII me estuviera hablando directo al alma.

¿Y si las pasiones no son solo del cerebro, sino del cuerpo entero?
pensé, mientras mi mano bajaba sin darme cuenta por mi vientre, rozando la tela ligera de mi camisón. Me detuve, caliente ya, imaginando cómo sería poner en práctica ese tratado en carne viva.

Al día siguiente, en el café de la plaza, lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar de inmediato. Se llamaba Alex, un chavo de unos treinta, profesor de filosofía en la UNAM. Pidió un cortado y se sentó en la mesa de junto, con un libro en la mano. No pude evitar echarle ojo al título: era el mismo tratado de las pasiones del alma. ¡No mames! murmuré para mí. Él me cachó mirándolo y se rio.

¿Te late Descartes? me preguntó, con voz grave que me erizó la piel.

Sí, wey, neta que sí. Justo lo compré ayer. Habla de pasiones que te prenden el alma, le contesté, sintiendo el pulso acelerado, como si el destino nos hubiera cruzado por puro desmadre cósmico.

Platicamos horas, de emociones que nos dominan, de cómo el deseo es como un volcán a punto de reventar. Él me miró con ojos que prometían exploración profunda, y yo sentí ese calor subiendo por mis muslos. Quedamos en vernos esa noche en su depa, cerca de ahí, en un edificio chido con vista al Parque México.

Llegué con un vestido negro ceñido, sin bra, solo tanguita roja que me hacía sentir rica. Él abrió la puerta en playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que dejaban poco a la imaginación. Olía a sándalo y mezcal, con ranchera suave de fondo, José Alfredo cantando de amores que queman. Me sirvió un trago, sus dedos rozaron los míos, y ya estaba el aire cargado de electricidad.

Nos sentamos en el sofá de piel, el libro entre nosotros como un pacto secreto. —Descartes dice que las pasiones nos mueven hacia el placer, murmuró, acercándose. Su aliento cálido en mi cuello me hizo arquear la espalda. Hablamos del asombro, la primera pasión, cómo nos mirábamos como si fuéramos descubrimientos mutuos. Sus manos subieron por mis piernas, lentas, explorando la suavidad de mi piel morena, y yo gemí bajito, sintiendo mi panocha humedecerse.

Esto es el tratado en acción, pensé, el alma y el cuerpo fundiéndose sin barreras.

Lo besé primero, con hambre, saboreando sus labios salados, la lengua juguetona que sabía a mezcal ahumado. Sus manos me desabrocharon el vestido, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras. Me chupó uno, suave al principio, luego con más fuerza, mordisqueando hasta que grité de placer. ¡Ay, cabrón! El sonido de succión húmeda, mis jadeos, el roce de su barba incipiente en mi piel sensible... todo era sinfonía erótica.

Me recostó en el sofá, bajándome la tanga despacio, oliendo mi aroma almizclado de excitación. —Eres puro fuego, ricura, dijo, con voz ronca. Lamio mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hicieron arquear las caderas, empujando contra su boca. Sentí su lengua plana lamiendo largo, saboreando mis jugos dulces, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca. El calor subía, mis uñas clavadas en su cabello negro, el sudor perlando nuestras pieles.

Pero no quería correrme aún. Lo jalé arriba, desabrochándole los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. La masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos, gimiendo mi nombre: Ana, Ana... Me puse de rodillas, el piso fresco bajo mis piernas, y la tragué entera, sintiendo cómo me llenaba la boca, salada y caliente. Chupé con ganas, lengua girando en la punta, bolas pesadas en mi mano. Él gruñó, ¡Chingada madre, qué rico!

La tensión crecía como tormenta, el aire espeso con olor a sexo, nuestros cuerpos brillando de sudor. Me levantó como pluma, llevándome a su cama con sábanas de algodón egipcio. Me abrió las piernas, frotando su verga contra mi entrada resbalosa. —Dime si quieres, jadeó, respetuoso pero urgido.

¡Sí, pendejo, métemela ya! supliqué, y entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el estiramiento delicioso, paredes apretándolo. Empezó a bombear, lento primero, cada embestida rozando mi G, enviando chispas por mi espina. Aceleró, piel contra piel cacheteando, mis tetas rebotando, sus manos amasando mi culo redondo.

Cambié de posición, montándolo a mí, cabalgando como amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, yo girando las pelvis para frotar mi clítoris contra su pubis. Sudor goteando, olores mezclados de almizcle y perfume, sonidos de plaf plaf húmedos.

Esto son las pasiones del alma, puras, desatadas, sin freno
, pensé, mientras el orgasmo se acercaba como ola gigante.

Él se sentó, abrazándome, besándonos con furia mientras yo rebotaba. Sentí sus bolas tensarse, su verga hincharse más. —Me vengo, amor, avisó, y yo apreté fuerte, corriéndome primero en espasmos violentos, gritando, jugos chorreando por sus muslos. Él explotó dentro, chorros calientes bañándome, gruñendo como animal.

Caímos exhaustos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono. Su semen goteaba de mí, cálido, pegajoso. Me acarició el cabello, besó mi frente. —El mejor tratado de las pasiones del alma que he vivido, murmuró riendo bajito.

Nos quedamos así, con la luna iluminando nuestras pieles saciadas, el ventilador secando el sudor. Reflexioné en silencio: Descartes tenía razón, las pasiones nos elevan, nos unen al otro en éxtasis puro. Alex dormía ya, pero yo sonreía, sabiendo que esto era solo el principio de muchas exploraciones. El libro seguía en la mesa, testigo mudo de cómo el alma se desnuda en el cuerpo del amante.

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