Escena Final Diario de una Pasion
Querido diario, hoy es el día que todo cambia. Llevo meses escribiendo estas páginas llenas de fuego, de ese deseo que me quema por dentro cada vez que pienso en él. Escena final diario de una pasion, así le llamo a esta entrada, porque sé que después de esta noche, nada será igual. Soy Ana, 28 años, chilanga de pura cepa, y él, Marco, ese wey alto y moreno que conocí en una fiesta en la Roma. Neta, desde el primer vistazo, su mirada me traspasó como un rayo. Olía a colonia fresca mezclada con el humo de su cigarro, y su voz grave, con ese acento norteño que me pone la piel chinita, me susurró al oído: "Órale, mami, ¿bailamos?"
Todo empezó hace tres meses. Yo andaba soltera, harta de pendejos que no saben ni tocar a una mujer. Trabajaba en una galería de arte en Polanco, rodeada de cuadros que gritaban pasión contenida, pero mi vida era un desierto. Hasta que llegó Marco, inversionista de Monterrey, con su sonrisa de diablo y manos que prometían pecados. La primera cita fue en un rooftop bar, con el skyline de la CDMX brillando como testigo. Tomamos mezcal, ese que pica en la lengua y calienta el pecho. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el vaso, y sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el ombligo. "Quiero conocerte de verdad", me dijo, y yo, con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano, asentí.
Diario, ¿por qué me siento tan viva cuando estoy con él? Su piel morena contra la mía pálida, el contraste me vuelve loca. Anoche soñé que me besaba el cuello, que sus labios sabían a tequila y sal.
La tensión creció lento, como el hervor de un mole en olla de barro. Nuestras citas eran un juego de miradas y toques casuales: su mano en mi cintura al cruzar la calle, mi pie rozando su pierna bajo la mesa en el restaurante de tacos al pastor en la Condesa. Cada vez que nos despedíamos con un beso casto, mi cuerpo gritaba por más. "No te apures, carnala", me decía riendo, pero sus ojos decían lo contrario. Yo me tocaba en la noche, imaginando sus manos grandes explorándome, su aliento caliente en mi oreja. El deseo era un nudo en el estómago, apretado, listo para estallar.
Esta semana, la cosa se puso intensa. Fuimos a su hotel en Reforma, suite con vista al Ángel. Cenamos room service: enchiladas suizas que chorreaban queso como mis pensamientos pecaminosos. Bebimos vino tinto, y el cuarto se llenó de ese aroma dulce mezclado con su loción. Nos sentamos en el balcón, el viento fresco de la noche lamiendo nuestra piel. "Ana, neta, me traes loco", murmuró, y me jaló hacia él. Nuestros labios se encontraron por fin, su lengua invadiendo mi boca con hambre de lobo. Sabía a vino y a hombre, áspero y suave a la vez. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave, mientras él gemía bajito, un sonido que vibró en mi pecho.
El beso se volvió tormenta. Me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto. Entramos al cuarto, la puerta cerrándose con un clic que sonó a promesa. Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó la camisa, revelando un torso marcado por gym, vello oscuro bajando hasta su abdomen. "Te quiero toda, güey", gruñó, y yo ardí. Le desabroché el cinturón, el sonido del metal tintineando como campanas. Su pantalón cayó, y ahí estaba, duro, palpitante, listo para mí. Olía a macho, a sudor limpio y excitación.
Diario, mi corazón late tan fuerte que duele. ¿Es esto amor o pura pasión? No importa, lo quiero dentro ya.
La escalada fue brutal. Me desnudó despacio, besando cada centímetro que liberaba. Sus labios en mis pechos, chupando mis pezones hasta ponérmelos como piedras, enviando descargas directas a mi entrepierna. Gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en sus hombros. "¡Ay, wey, no pares!" le supliqué, y él rio, esa risa ronca que me deshace. Bajó más, lamiendo mi vientre, mordisqueando suave mi cadera. Cuando llegó a mi sexo, ya estaba empapada, el aire cargado de mi aroma almizclado. Su lengua danzó ahí, lamiendo lento, luego rápido, chupando mi clítoris como si fuera un dulce de cajeta. El placer era oleadas, crashing contra mí, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Oí mis propios jadeos, altos, desesperados, mezclados con sus gruñidos de placer.
Pero no era suficiente. Lo empujé hacia arriba, montándolo como amazona. Su verga gruesa entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. El estirón ardiente, delicioso, me hizo gritar. "¡Sí, cabrón, así!" Cavalgaba fuerte, mis tetas botando, sudor perlando nuestras pieles. Él agarraba mis nalgas, guiándome, sus ojos clavados en los míos, oscuros de lujuria. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, junto con nuestros gemidos. Sentía cada vena de él pulsando dentro, rozando ese punto que me volvía loca. El orgasmo se acercaba, un tsunami building up.
Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran potentes, salvajes, la cama crujiendo en protesta. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. "Ven conmigo, mi amor", jadeó, y eso me rompió. El clímax explotó, mi coño apretándolo como vicio, olas de placer cegándome. Grité su nombre, temblando, mientras él se vaciaba dentro, caliente, profundo, gruñendo como bestia. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco.
Después, el afterglow fue puro paraíso. Yacimos enredados, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda. El cuarto olía a sexo, a nosotros, a satisfacción. "Eres increíble, Ana", murmuró, besando mi piel. Yo sonreí, lágrimas de emoción en los ojos. No era solo fysico; era conexión, almas chocando. Hablamos bajito de sueños, de mudarnos juntos quizás, de viajes a la playa en Puerto Vallarta.
Escena final diario de una pasion. Pero ¿final? Neta, esto es solo el principio. Marco es mi todo ahora.
Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre cuerpos exhaustos pero felices. Jabón resbalando por curvas, sus manos masajeando mi espalda, risas compartidas. Salimos a desayunar en un café cercano, tortas de chilaquiles y café de olla, manos entrelazadas sobre la mesa. La ciudad bullía a nuestro alrededor, pero nosotros en nuestra burbuja.
Ahora, de vuelta en mi depa en la Narvarte, escribo esto con el cuerpo aún zumbando. Siento su semen secándose entre mis muslos, un recordatorio dulce. Esta escena final no lo es; es la culminación de meses de anhelo, el pico de una pasión que apenas empieza. Marco me mandó un whatsapp: "Te extraño ya, reina. Mañana te recojo." Sonrío, el corazón lleno. Diario, gracias por guardar mis secretos. Esta pasión es mía, nuestra, eterna.