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Fuego y Pasion Sentidos Opuestos Letra

6687 palabras

Fuego y Pasion Sentidos Opuestos Letra

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo dulce de las fogatas en la playa. El sonido de las olas rompiendo contra la arena negra era como un ritmo constante, un bum-bum que te hacía sentir viva por dentro. Tú, con tu vestido ligero de algodón que se pegaba a tu piel por el calor húmedo, caminabas descalza, sintiendo la arena tibia entre los dedos de los pies. Habías venido sola, huyendo del ajetreo de la Ciudad de México, buscando algo que te encendiera el alma. Neta, necesitabas sentirte deseada, tocada de verdad.

Ahí lo viste. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que las luces de los antros cercanos. Estaba sentado en una palapa, guitarra en mano, rasgueando una melodía que te erizó la piel. Sus ojos te atraparon al instante, oscuros como el café de olla que te prepara tu abuelita. Te acercaste, el corazón latiéndote fuerte, como si ya supieras que esa noche iba a cambiar todo.

—Órale, güerita, ¿vienes a pedirme una rola o nomás a mirarme? te dijo con esa voz ronca, juguetona, mientras sus dedos seguían danzando sobre las cuerdas.

Te reíste, sentándote a su lado en la esterita. Olía a él: sudor limpio, mezcal y un toque de mar. —Tócame algo que prenda fuego, wey. Algo de pasión pura.

Él sonrió, pendejo encantador, y empezó a cantar bajito. "Fuego y pasión, sentidos opuestos, letra que quema el alma..." La letra de esa rola desconocida te caló hondo. Hablaba de dos almas que chocan como opuestos —uno de fuego, el otro de hielo— pero que se funden en un deseo que no para. Sus palabras te rozaron como una caricia, y sentiste un cosquilleo en el vientre, bajando lento hasta tus muslos.

Se llamaba Diego, originario de Guadalajara, pero con el alma tapatía puesta en la costa. Charlaron horas, riendo de tonterías, bebiendo chelas frías que sabían a limón y chile. Él era todo vista: te devoraba con los ojos, describiendo cómo tu piel brillaba bajo la luna, cómo tus labios rojos pedían ser besados. Tú, en cambio, eras tacto puro —necesitabas sentir, oler, probar. Sentidos opuestos, como decía la letra que no paraba de tararear.

La tensión creció cuando su mano rozó tu rodilla por "accidente". El calor de su palma te quemó, y no te apartaste.

¿Y si lo beso ya? ¿Y si dejo que me lleve a su cabaña? Neta, mi cuerpo lo pide a gritos.
Pensaste, mientras el pulso te martilleaba en las sienes.

El primer acto de esa noche terminó cuando te levantó en brazos, riendo. —Vamos a mi rincón, carnala. Ahí canto la letra completa. Caminaron por la playa, el viento lamiendo tu cuello, sus músculos firmes contra tu cuerpo. La cabaña era sencilla, de madera, con velas parpadeando y una hamaca que crujía suave.

Adentro, el aire estaba cargado de jazmín y deseo. Te sentó en la cama, sus labios rozando tu oreja. —Tú eres fuego, yo soy el opuesto, pero esta letra nos une. Sus besos empezaron suaves, explorando tu boca con sabor a tequila y menta. Gemiste bajito cuando su lengua jugó con la tuya, un sonido húmedo que llenó la habitación. Sus manos, callosas de tanto tocar guitarra, subieron por tus muslos, arrugando el vestido hasta dejarlo en el piso.

Te quitó la ropa lento, como si saboreara cada centímetro de piel expuesta. El roce de sus dedos en tus pezones duros fue eléctrico —un pinchazo de placer que te arqueó la espalda. Olías su excitación, ese almizcle macho que te mojó entre las piernas. —Qué chingona estás, güera. Tu piel sabe a miel. Murmuró, lamiendo tu cuello, bajando al valle entre tus senos. Su boca caliente chupó un pezón, tirando suave con los dientes, mientras su mano se colaba en tus bragas, encontrándote empapada.

—Diego... no pares, pendejo... jadeaste, clavando las uñas en su espalda ancha. Él rió contra tu piel, ese vibrar ronco que te hizo temblar. Sus dedos juguetearon con tu clítoris, círculos lentos que aceleraban tu respiración. Sentías cada roce como fuego líquido, extendiéndose por tus venas. Él se desnudó rápido, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por ti. La tocaste, suave al principio, sintiendo el calor pulsante, el sabor salado cuando la lamiste de abajo arriba.

La escalada fue brutal. Te puso de rodillas en la cama, su lengua hurgando tu sexo como si fuera el manjar más rico. Lamer, chupar, morder suave... Cada lamida era un estallido: el sonido chapoteante de su boca en ti, el olor a tu propia excitación mezclada con su sudor, el gusto que él gemía al probarte. Tus caderas se movían solas, empujando contra su cara barbuda.

Esto es la letra viva, fuego y pasión chocando en sentidos opuestos. Yo siento todo, él ve mi rendición.

Pero querías más. Lo empujaste a la cama, montándolo como una reina. Su verga entró en ti de un solo golpe, llenándote hasta el fondo. El estirón delicioso te arrancó un grito. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus paredes internas, el slap-slap de piel contra piel. Él te agarraba las nalgas, amasándolas fuerte, sus ojos clavados en tus tetas rebotando. —¡Cárgate, chula! ¡Dame todo! gruñía, mientras acelerabas, el sudor chorreando entre los dos.

El clímax se acercaba como una ola gigante. Cambiaron posiciones: él encima, embistiéndote profundo, sus bolas golpeando tu culo. Cada thrust era un trueno —duro, posesivo, pero con esa ternura en sus ojos. Tus sentidos explotaban: el crujir de la cama, el olor a sexo puro, el sabor de su beso salvaje, el toque de su pecho peludo contra tus pechos. Fuego y pasión, sentidos opuestos, letra que nos quema... canturreó él entre jadeos, y eso te llevó al borde.

Explotaste primero, un orgasmo que te sacudió entera. Tus paredes lo ordeñaron, gritando su nombre mientras veías estrellas. Él siguió, unos thrusts más, y se corrió dentro, caliente y espeso, llenándote con un rugido gutural. Colapsaron juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El afterglow fue puro paraíso: sus dedos trazando patrones en tu espalda, el sonido de las olas lejanas, el olor a nosotros dos fundidos.

Neta, güerita, esa letra se hizo realidad. Dijo, besándote la frente.

Tú sonreíste, acurrucada en su pecho. Sentidos opuestos, pero el fuego y la pasión los habían unido. La noche no terminó ahí; amaneció con más rondas lentas, explorando cada rincón. Al final, cuando el sol tiñó el mar de oro, supiste que esto era más que un polvo. Era una letra escrita en vuestros cuerpos, eterna.

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