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Pasión Cap 85 El Fuego que Nos Consume

7261 palabras

Pasión Cap 85 El Fuego que Nos Consume

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena mientras caminaba por la playa, el arena caliente quemándome las plantas de los pies. Hacía semanas que no veía a Carlos, mi carnal, mi todo. Él había estado en la Ciudad de México por negocios, y yo aquí, en nuestra casita frente al mar, contando los días como una pendeja enamorada. Pero hoy era diferente. Hoy era el día en que volveríamos a encender esa pasión cap 85 que tanto nos definía, esa que documentábamos en nuestro diario secreto, capítulo tras capítulo de deseo puro.

Lo vi de lejos, saliendo del mar como un dios azteca, el agua chorreando por su pecho ancho y tatuado. Sus ojos cafés me buscaron de inmediato, y sentí ese cosquilleo familiar en el estómago, el que sube hasta el pecho y se instala entre mis piernas. Órale, Ana, cálmate, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba mis órdenes. Llevaba un pareo rojo ceñido a mis curvas, el viento jugaba con él, revelando mis muslos suaves y el bikini diminuto que apenas contenía mis pechos llenos.

Mi reina —murmuró al llegar, su voz ronca por el salitre, rodeándome con brazos fuertes que olían a océano y hombre.

Lo besé con hambre, probando la sal en sus labios carnosos, mi lengua danzando con la suya en un saludo que prometía más. Sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra su dureza creciente, y un gemido se me escapó, ahogado por las olas rompiendo a lo lejos.

Entramos a la casa tomados de la mano, el aire acondicionado nos golpeó con su frescura, contrastando el calor de fuera. La sala estaba bañada en luz dorada del atardecer, las cortinas blancas ondeando como velos de novia. Saqué el diario de pasión cap 85 del cajón, ese librito gastado donde escribíamos nuestras noches locas.

—Hoy escribimos el siguiente capítulo, ¿verdad, wey? —le dije, sentándome en el sofá de mimbre, cruzando las piernas para que viera el brillo en mis ojos.

Él sonrió, pillo, quitándose el short mojado. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, ya medio parada solo por verme. Neta, este carnal me vuelve loca, pensé, mordiéndome el labio mientras el aroma de su excitación empezaba a llenar el aire, mezclado con el jazmín del jardín.

Acto primero: la anticipación. Nos sentamos uno frente al otro, yo con el diario en las manos, él con una cerveza fría que chupaba despacio, sus labios húmedos invitándome. Leí en voz alta el resumen del capítulo anterior, mis palabras cargadas de sensualidad: su piel contra la mía, el sudor perlando nuestros cuerpos mientras él me penetraba con furia contenida. Cada sílaba avivaba el fuego. Sentía mi clítoris hincharse, palpitando contra la tela del bikini, y mis pezones endureciéndose como piedritas bajo el pareo.

Carlos se acercó gateando, como un jaguar, sus rodillas hundiéndose en la alfombra suave. Me quitó el pareo con dientes, rozando mi piel con su aliento caliente. Qué rico se siente su boca tan cerca. Besó mi ombligo, bajando lento, torturándome. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el zumbido de las cigarras afuera, y yo arqueé la espalda, enterrando los dedos en su cabello negro y húmedo.

—No tan rápido, pendejo —le susurré, riendo bajito, empujándolo suave para que se recostara. Era mi turno de jugar. Me subí a horcajadas sobre sus muslos, sintiendo su calor irradiar hacia mí. Mi mano bajó a su miembro, envolviéndolo en un puño firme. Estaba tan duro, tan caliente, latiendo en mi palma como un corazón salvaje. Lo masturbé despacio, viendo cómo sus ojos se nublaban de placer, su pecho subiendo y bajando con jadeos roncos.

El olor de su pre-semen era embriagador, salado y almizclado, y no pude resistir: bajé la cabeza y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando esa gota perlada. ¡Ay, Dios, qué chido sabe mi hombre! Él gruñó, agarrándome el pelo, pero yo controlaba el ritmo, chupando con labios suaves, mi lengua girando alrededor del glande hinchado.

La tensión crecía como una tormenta en el Pacífico. Sus manos exploraban mis senos, pellizcando los pezones hasta que dolió rico, enviando descargas eléctricas directo a mi centro. Me quité el bikini, quedando desnuda ante él, mi piel brillando con sudor fino. Monté su cara, bajando mi coño húmedo sobre su boca ansiosa. Su lengua me invadió al instante, lamiendo mis labios hinchados, succionando mi clítoris con maestría. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras el mar rugía afuera como testigo.

Esto es el paraíso, wey, pensé, moliéndome contra su rostro, mis jugos empapándolo todo. Él bebía de mí como sediento, sus dedos abriéndose paso dentro, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El placer subía en oleadas, mi vientre contrayéndose, pero no lo dejé acabar ahí. Quería más, quería todo.

Me giré, poniéndome a cuatro patas en el sofá, mi culo en pompa invitándolo. Carlos se colocó detrás, frotando su verga contra mis nalgas, untándola con mis fluidos. El roce era eléctrico, piel contra piel resbaladiza, el aire cargado de nuestro aroma compartido: sudor, sexo, mar.

Dame duro, mi rey —le rogué, y él obedeció. Entró de un empujón lento pero firme, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! Tan grueso, estirándome perfecta. Empezó a bombear, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras, el sofá crujiendo bajo nosotros. Cada embestida rozaba mi punto G, haciendo que mis paredes se apretaran alrededor de él, ordeñándolo.

Nos movíamos en sincronía perfecta, como si fuéramos uno. Volteé la cabeza para verlo: su cara de éxtasis, venas hinchadas en el cuello, sudor goteando de su frente al hueco de mi espalda. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, mis uñas clavándose en su pecho. El clímax se acercaba, un volcán a punto de erupción. Sentía el orgasmo construyéndose en mi útero, mis muslos temblando, mi respiración entrecortada.

Vente conmigo, Ana, neta —gruñó él, sus manos en mis caderas guiándome más rápido. Y explotamos juntos. Mi coño se convulsionó en espasmos violentos, chorros de placer saliendo de mí, empapándolo todo. Él se hinchó dentro, disparando chorros calientes que pintaban mis paredes internas. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro, el sonido de mi voz mezclándose con su rugido animal.

Colapsamos, jadeantes, su verga aún palpitando dentro de mí, nuestros cuerpos pegajosos de semen y sudor. El afterglow nos envolvió como una manta tibia, el sol ya oculto dejando la habitación en penumbras suaves. Besos lentos, caricias perezosas en la piel sensible. Tomé el diario y escribí las primeras líneas de pasión cap 85: El fuego que nos consume, capítulo ochenta y cinco, donde el deseo renace más fuerte que nunca.

—Te amo, carnal —murmuré contra su cuello, inhalando su esencia post-sexo, ese olor que me hace suya para siempre.

Él me apretó más, su risa vibrando en mi pecho. Afuera, las olas susurraban promesas de más noches así, en esta vida de pasión infinita.

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