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Victoria Camacho Pasión y Poder

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Victoria Camacho Pasión y Poder

Yo soy Victoria Camacho, la reina indiscutible de los negocios en la Ciudad de México. En las altas torres de vidrio de Polanco, mi nombre es sinónimo de pasión y poder. Esa noche, en la gala de la Cámara de Comercio, el aire olía a Chanel No 5 mezclado con el humo sutil de cigarros cubanos. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como una promesa pecaminosa, tacones de aguja que resonaban como latidos en el mármol del salón. La gente me miraba, susurraba, pero yo solo buscaba un desafío digno de mi fuego interior.

Ahí estaba él, Diego Salazar, el nuevo tiburón de la competencia. Alto, moreno, con ojos negros que perforaban como navajas y una sonrisa que gritaba pendejo confiado. Se acercó con un tequila en la mano, el cristal helado goteando condensación que reflejaba las luces de cristal. "Órale, Victoria, ¿siempre tan letal?", dijo con voz grave, ronca como el tráfico de Reforma al atardecer. Su colonia, un aroma amaderado con toques de cuero, me invadió las fosas nasales, despertando un cosquilleo traicionero en mi vientre.

Yo sonreí, juguetona, rozando su brazo con las yemas de mis dedos pintados de rojo sangre. "Neta, Diego, el poder no se regala, se conquista". Nuestras miradas chocaron, chispas invisibles cargando el aire entre nosotros. Sentí mi pulso acelerarse, el calor subiendo por mi cuello. ¿Por qué este cabrón me ponía así? Yo controlaba imperios, pero su presencia me hacía cuestionar mis reglas. Hablamos de fusiones, de mercados, pero cada palabra era un coqueteo disfrazado, un roce accidental de rodillas bajo la mesa que enviaba descargas eléctricas a mi entrepierna.

La noche avanzaba, el jazz suave de la banda se mezclaba con risas falsas y el tintineo de copas. Mi mente bullía:

¿Y si dejo que me gane esta batalla? Solo por esta noche, que su poder se funda con el mío en algo salvaje.
Le propuse ir a mi penthouse en Lomas, "para discutir números en privado". Él aceptó con un guiño, su mano en mi cintura guiándome al valet, el tacto firme quemándome a través de la tela fina.

En el elevador privado, el silencio era espeso, cargado de promesas. Su aliento cálido rozaba mi oreja mientras murmuraba: "Victoria Camacho, pasión y poder, eso eres tú, ¿verdad?". Mi corazón tronó, el eco rebotando en las paredes metálicas. Presioné el botón de emergencia, el ding agudo cortando la tensión. Me volteé, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, hambriento, saboreando a tequila y deseo puro. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con fuerza posesiva. Gemí contra su boca, el sonido vibrando en mi garganta como un ronroneo felino.

El elevador se detuvo en mi piso, pero no importó. Lo arrastré al interior del penthouse, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas celosas a través de los ventanales. El aroma de mi vela de vainilla ardía en el aire, mezclándose con nuestro sudor incipiente. Lo empujé contra la pared de vidrio, mordiendo su labio inferior hasta saborear un leve metálico de sangre. "Quítate la camisa, cabrón", ordené, mi voz ronca de autoridad. Él obedeció, revelando un torso esculpido, músculos tensos bajo piel morena salpicada de vello oscuro. Lo recorrí con las uñas, dejando surcos rojos que lo hicieron gruñir, un sonido gutural que me mojó al instante.

Caímos en el sofá de piel italiana, suave y fresco contra mi piel ardiente. Sus dedos desabrocharon mi vestido con maestría, exponiendo mis senos plenos, pezones endurecidos como balas. Los lamió, succionó, el calor húmedo de su lengua enviando ondas de placer que me arquearon la espalda. Olía a su excitación, almizcle masculino puro, y yo respondí bajando mi mano a su entrepierna, sintiendo su verga dura como hierro bajo el pantalón. "Chíngame con todo tu poder", susurré, liberándola. Era gruesa, venosa, palpitante en mi palma, la piel aterciopelada caliente como lava.

Mi mente giraba en espiral:

Esto es pasión y poder, Victoria. No rindes, dominas. Pero Dios, cómo anhelo su rendición dentro de mí.
Me arrodillé, tomándolo en mi boca con avidez. El sabor salado de su pre-semen inundó mi lengua, su gemido resonando como trueno en la habitación. Lo chupé profundo, garganta relajada, saliva goteando por mi barbilla mientras él enredaba dedos en mi cabello negro largo, tirando con fuerza deliciosa. "¡Pinche diosa!", jadeó, caderas embistiendo con ritmo creciente.

Pero yo no era de las que se someten del todo. Lo empujé al suelo, montándolo como una amazona. Mi coño empapado lo engulló centímetro a centímetro, estirándome con un ardor exquisito. El roce interno era eléctrico, cada vena frotando mis paredes sensibles. Cabalgaba con furia, senos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él respondía desde abajo, embistiendo arriba, nuestras pelvis chocando con palmadas húmedas, el sonido obsceno amplificado por el silencio de la noche. Sudor perlaba su frente, goteaba salado en su boca abierta, y yo lo lamí, saboreando su esencia.

La tensión crecía como una tormenta, mi clítoris hinchado rozando su pubis con cada bajada. Sentía el orgasmo acechando, un nudo apretado en mi bajo vientre. "Más fuerte, Diego, dame todo", exigí, mi voz quebrada. Él volteó las tornas, poniéndome de espaldas en la alfombra persa, piernas sobre sus hombros. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi punto G con precisión brutal. El placer era cegador, luces explotando tras mis párpados cerrados. Olía nuestro sexo mezclado, almizcle, sudor, vainilla quemada. Sus bolas azotaban mi culo, el slap-slap rítmico como un tambor chamán.

Mi interior se contraía, espasmos inminentes.

¡Sí, esto es poder! Mi cuerpo manda, mi pasión explota.
Gritó mi nombre, "¡Victoria!", mientras yo explotaba, jugos calientes empapándonos, paredes vaginales ordeñándolo en oleadas. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, el pulso de su eyaculación prolongando mi éxtasis. Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

Después, en la cama king size con sábanas de hilo egipcio frescas contra nuestra piel febril, fumamos un cigarro mentolado, el humo danzando perezoso hacia el techo. Su dedo trazaba círculos en mi muslo, suave ahora, tierno. "Eres fuego puro, Victoria Camacho", murmuró, besando mi sien. Yo sonreí, saciada, poderosa. La ciudad dormía abajo, pero en mí ardía una llama nueva, equilibrada entre dominio y entrega.

Al amanecer, el sol tiñó el skyline de oro, y él se fue con una promesa de más batallas. Yo me quedé en la ducha, agua caliente lavando rastros de la noche, pero no el recuerdo. Pasión y poder, mi lema, ahora tenía carne, sabor, tacto. Y sabía que volvería por más.

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