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Pasión de Gavilanes con Mario Cimarro en Carne Viva

6986 palabras

Pasión de Gavilanes con Mario Cimarro en Carne Viva

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro los campos de agave y haciendo que el aire oliera a tierra caliente y flores silvestres. Yo, Ana, de treinta años bien vividos, me recostaba en la hamaca del porche, con el sudor perlando mi piel morena y el ventilador zumbando perezoso sobre mi cabeza. La televisión portátil estaba prendida en Pasión de Gavilanes, esa telenovela que me tenía clavada como espina de nopal. Mario Cimarro, con esos ojos verdes que traspasaban la pantalla y ese cuerpo de vaquero indomable, era mi debilidad. ¡Ay, Diosito! Cada vez que Franco Reyes aparecía, sentía un cosquilleo en el vientre, como si su mirada me desnudara ahí mismo.

¿Por qué un tipo como Mario Cimarro no existe en la vida real? —pensé, mientras me abanicaba con la revista—. Me lo imagino llegando a la hacienda, oliendo a cuero y sudor fresco, tomándome por la cintura...

Justo entonces, el motor de una camioneta retumbó en el camino de grava. Bajé los pies de la hamaca y entrecerré los ojos contra el brillo. De la caja saltó un hombre alto, moreno, con camisa ajustada que marcaba pectorales duros como rocas y jeans que abrazaban muslos fuertes. Su rostro... ¡Madre mía! Era idéntico a Mario Cimarro en Pasión de Gavilanes. Pelo negro revuelto, barba incipiente, sonrisa lobuna. Mi corazón dio un brinco, y un calor traicionero se extendió entre mis piernas.

—Buenas tardes, jefa —dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar—. Soy Javier, el nuevo capataz que mandó don Raúl. Vengo a echarle una mano con los caballos.

Tragué saliva, notando cómo el sol hacía brillar gotas de sudor en su cuello. Olía a jabón rudo y a hombre de campo, un aroma que me mareaba más que el tequila de la noche anterior.

—Pasa, Javier. Soy Ana. Qué gusto —respondí, extendiendo la mano. Su palma era callosa, áspera, y al tocarla, una corriente eléctrica me subió por el brazo. Lo miré fijo, buscando similitudes. Es él, es Mario Cimarro en carne y hueso.

Pasamos la tarde juntos, revisando los establos. Cada roce accidental —su brazo contra mi hombro al sacar un fardo de heno, sus dedos rozando los míos al pasar la rienda— avivaba el fuego en mi interior. Hablábamos de todo: de la tierra, de las fiestas rancheras, de amores pasados. Javier reía con esa carcajada profunda que vibraba en mi pecho, y yo no podía dejar de imaginarlo como el galán de Pasión de Gavilanes.

¿Será casualidad? ¿O el universo me mandó mi fantasía viva? —me preguntaba, mientras el sol se ponía y el cielo se teñía de rosa—. Quiero probar si sabe tan bueno como luce.

La tensión crecía con cada mirada. Sus ojos verdes me devoraban, y yo sentía mis pezones endurecerse bajo la blusa ligera. ¡No seas pendeja, Ana! Acércate.

Al anochecer, la hacienda bullía con la fiesta patronal. Mariachis tocaban El Rey a todo pulmón, el aroma de carnitas chisporroteando en la comal se mezclaba con el de mezcal y jazmines. Javier me sacó a bailar. Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, guiándome en el ritmo de la cumbia rebajada. Nuestros cuerpos se pegaban, sudor con sudor, y yo sentía su dureza presionando contra mi vientre. ¡Carajo, qué prieto está el carnal!

—Estás cañona esta noche, Ana —murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a tequila y menta—. Me traes loco desde que te vi.

—Tú tampoco te quedas atrás, papacito —le contesté coqueta, mordiéndome el labio—. Me recuerdas a Mario Cimarro en Pasión de Gavilanes. Ese Franco que no se rinde por nada.

Él rio bajito, apretándome más. —Pues si soy tu Franco, déjame demostrarte mi pasión.

Nos escabullimos entre los matorrales, hacia el granero viejo. La luna plateaba todo, y el aire nocturno traía el eco lejano de las guitarras. Adentro, el olor a heno seco y madera vieja nos envolvió. Javier me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a sal y deseo puro, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo mientras él me levantaba la falda, acariciando mis muslos con palmas rudas.

Esto es mejor que cualquier telenovela. Su piel quema, su aliento me enciende...

—Dime que lo quieres, nena —gruñó, mordisqueando mi cuello, enviando chispas por mi espina.

—Sí, Javier, te quiero adentro. Hazme tuya —jadeé, desabrochando su camisa para lamer su pecho salado, sintiendo el latido acelerado de su corazón.

La intensidad subió como fiebre. Me quitó la blusa con delicadeza feroz, sus labios bajando por mi clavícula, chupando mis pechos hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. El roce de su barba en mi piel sensible era tortura deliciosa. Sus dedos encontraron mi humedad, deslizándose con maestría, haciendo que mis caderas se movieran solas. ¡Qué dedos tan sabios, cabrón! El sonido húmedo de mi excitación llenaba el granero, mezclado con nuestros jadeos y el crujir del heno bajo nosotros.

Lo empujé al suelo, montándolo como yegua salvaje. Desabroché sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y las venas hinchadas, y la guié a mi entrada. Lentamente, me hundí en él, gimiendo ante la plenitud que me llenaba. Olía a sexo crudo, a nuestros jugos mezclados. Empecé a moverme, arriba y abajo, sus manos en mis nalgas guiándome, apretando hasta dejar marcas.

¡Qué chingón te sientes, Ana! —rugió, embistiéndome desde abajo, sus caderas chocando contra las mías con palmadas sonoras.

El clímax se acercaba como tormenta. Sudor nos pegaba, piel resbaladiza contra piel. Sus dedos en mi clítoris me llevaron al borde. Grillé su nombre, mi cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo mientras ondas de placer me desgarraban. Él me siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que prolongaron mi éxtasis.

Nos quedamos unidos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El granero olía a nosotros, a pasión gastada. Javier me besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando círculos en mi espalda.

—Eres mi Pasión de Gavilanes, Ana. Como si Mario Cimarro te hubiera mandado a mí —susurró, riendo bajito.

Yo sonreí, acurrucada en su pecho ancho, escuchando su corazón volver a ritmo normal.

Esto no es fantasía. Es real, es nuestro. Y quiero más noches así, con mi vaquero de ojos verdes.

Salimos del granero tomados de la mano, la fiesta aún rugiendo a lo lejos. La luna nos guiaba, y en mi alma, la pasión ardía eterna, como en esa telenovela que unió nuestros destinos.

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