Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Torbellino de Pasiones Torbellino de Pasiones

Torbellino de Pasiones

6428 palabras

Torbellino de Pasiones

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a jazmín silvestre, con el rumor de las olas rompiendo contra la arena como un susurro constante que me erizaba la piel. Yo, Ana, acababa de llegar de la CDMX, harta de la rutina y buscando un poco de ese fuego que me habían apagado en mi última relación. El antro playero estaba a reventar de weyes bailando cumbia y banda, con luces de neón parpadeando sobre cuerpos sudados. Pedí un michelada bien fría, el limón picante explotando en mi lengua, y ahí lo vi: Javier, moreno, con músculos tallados por el sol y el surf, sonrisa de pendejo encantador que me clavó los ojos como si ya supiera mis secretos.

Órale, qué tipo tan chido, pensé, mientras él se acercaba con una cerveza en la mano, oliendo a protector solar y a hombre de mar. "Qué onda, morra, ¿vienes a conquistar la playa o nomás a verte rica?", me dijo con esa voz ronca que vibraba en mi pecho. Reí, sintiendo el calor subir por mis muslos. "A ver qué pasa, güey, pero no creas que soy tan fácil". Charlamos de la vida, de las olas que rompen el alma, de cómo el mar siempre regresa lo que se lleva. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía evitar rozar su brazo con el mío, la piel áspera por la sal contra mi suavidad, enviando chispas directas a mi entrepierna.

La banda tocaba un son bien prendido, y él me jaló a la pista. Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, el sudor mezclándose, su aliento caliente en mi cuello. Este wey me va a volver loca, me dije, mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta rozar mis nalgas, apretándome justo lo suficiente para que mi clítoris palpitara. "Estás cañón, Ana", murmuró, y yo respondí mordiéndome el labio, "Tú tampoco estás tan pendejo". El deseo crecía como una ola, un torbellino de pasiones que nos envolvía, pero me contuve, saboreando la tensión, el roce accidental que no era tan accidental.

Salimos a caminar por la playa, la arena tibia aún bajo los pies descalzos, la luna plateada pintando el agua de misterios. El viento jugaba con mi falda ligera, levantándola para mostrar mis piernas bronceadas. Javier me tomó de la mano, sus dedos fuertes entrelazados con los míos, y nos sentamos en una duna apartada. "Cuéntame de ti, preciosa", dijo, su voz como terciopelo. Le hablé de mis sueños ahogados en el tráfico de Insurgentes, de cómo necesitaba sentirme viva. Él compartió historias de surfear tormentas, de perseguir la adrenalina. Nuestras miradas se fundieron, y entonces pasó: sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando, luego hambrientos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y sal. Gemí bajito, mis pezones endureciéndose contra su pecho firme.

Esto es un torbellino, Ana, no lo sueltes, déjate llevar por este remolino de fuego que te quema por dentro.

Sus manos exploraban, subiendo por mis muslos, deteniéndose en el borde de mis panties húmedas. "¿Quieres que pare?", preguntó con los ojos ardiendo. "Ni madres, sigue, cabrón", respondí jadeando, jalándolo hacia mí. Nos besamos como posesos, su erección dura presionando contra mi vientre, prometiendo éxtasis. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta, su lengua trazando círculos en mis senos, chupando mis pezones hasta que arqueé la espalda, gimiendo al viento. Olía a su excitación, ese almizcle macho mezclado con el océano, y yo bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga gruesa latiendo bajo la tela.

Caminamos a su cabaña cercana, una choza rústica con hamaca y velas titilando. Adentro, el aire estaba cargado de anticipación, el sonido de las olas como banda sonora perfecta. Me desnudó con reverencia, sus ojos devorando mis curvas: tetas firmes, cintura estrecha, culo redondo que él apretó gimiendo "Qué ricura, morra". Yo le arranqué la ropa, admirando su torso esculpido, la V que bajaba a su miembro erecto, venoso y listo. Nos tumbamos en la cama de sábanas frescas, piel contra piel, el calor de nuestros cuerpos encendiendo el aire.

Empezó lento, besos por mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por mi ombligo hasta mi concha empapada. "Estás chorreando, Ana", dijo con voz ronca, y hundió la lengua en mí, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando mis labios hinchados. Grité, mis manos enredadas en su pelo negro, caderas moviéndose contra su boca, el placer subiendo como lava. ¡Pinche paraíso, este wey sabe lo que hace! Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, frotando mi punto G mientras succionaba, y yo exploté en su cara, orgasmos ondas que me sacudían, jugos salados en su lengua.

Pero no paró. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, su verga rozando mi entrada. "¿Lista, preciosa?" "¡Dámela toda, Javier!" Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, el roce de su pubis contra mi culo, sus bolas golpeando rítmicamente. Aceleró, manos en mis caderas, follándome profundo, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos. Sudábamos, olía a sexo puro, a pasiones desatadas en ese torbellino que nos consumía. Me giró, piernas sobre sus hombros, penetrándome más hondo, sus ojos en los míos, "Eres mía esta noche". "Sí, cabrón, hazme tuya", respondí, clavándole las uñas.

El clímax nos alcanzó juntos: yo apretándolo con mi concha convulsionando, él gruñendo al vaciarse dentro, chorros calientes inundándome. Colapsamos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas. Me acurruqué en su pecho, su corazón galopando contra mi oreja, el sabor de su piel en mis labios. "Eso fue un torbellino de pasiones, ¿verdad?", murmuró riendo bajito. Asentí, besándolo suave. "El mejor de mi vida, güey".

La madrugada nos encontró entrelazados, el sol naciente filtrándose por las cortinas, pintando nuestra piel de dorado. No era solo sexo; era liberación, un remolino que barría mis dudas, dejando paz y promesas. Javier me preparó café de olla, dulce y humeante, y nos sentamos en la hamaca, planeando surfear juntos. Quizá esto sea el comienzo de algo chingón, pensé, mientras el mar cantaba aprobación. En ese torbellino de pasiones, encontré no solo placer, sino a mí misma, renovada, lista para olas más grandes.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.