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La Pasion Pelicula en Nuestra Carne

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La Pasion Pelicula en Nuestra Carne

La noche en nuestro depa de la Roma era perfecta, con esa brisa ligera que se colaba por la ventana entreabierta trayendo olor a jacarandas y tacos de la esquina. Yo, Mariana, me acurruqué contra Diego en el sofá de piel suave, mis piernas desnudas rozando las suyas. Habíamos cenado unas enchiladas suizas bien chidas que preparó él, y ahora, con un par de chelas frías en la mano, decidimos ver algo que nos pusiera el ambiente. Órale, carnal, le dije riendo, vamos a ver La Pasion Pelicula, esa que tanto ruido armó en el cine.

Diego sonrió con esa mirada pícara que me derretía, sus ojos cafés brillando bajo la luz tenue del proyector. Era alto, moreno, con músculos marcados de tanto jugar fut en el parque, y olía a esa colonia barata que me volvía loca, mezclada con su sudor fresco del día. Pulsó play y la pantalla se iluminó con escenas de amantes en una playa mexicana, besos intensos bajo el sol poniente. El sonido de las olas rompiendo y gemidos suaves llenó la sala, haciendo que mi piel se erizara de anticipación.

Al principio, solo nos reíamos bajito, comentando lo cursi que era el diálogo. Mira nomás a ese pendejo, murmuró Diego, apretando mi muslo con su mano grande y cálida. Pero conforme avanzaba la película, la tensión creció. En la pantalla, la protagonista se quitaba el vestido rojo, revelando curvas que me recordaban las mías, y el galán la devoraba con besos hambrientos. Sentí un calor subir por mi vientre, mi chichi endureciéndose contra la blusa ligera. Diego lo notó, porque su respiración se aceleró, y su mano subió despacio por mi pierna, rozando el borde de mis panties de encaje.

¿Por qué carajos esta película me pone así de caliente?, pensé, mientras mi mente divagaba en fantasías prohibidas. Neta, Diego siempre había sido el rey en la cama, pero esta noche La Pasion Pelicula parecía avivar un fuego que no controlábamos.

El acto uno de nuestra propia historia acababa de empezar. Me giré hacia él, mis labios buscando los suyos en un beso que empezó tierno pero se volvió feroz. Saboreé la cerveza en su lengua, salada y fresca, mientras sus manos me recorrían la espalda, desabotonando mi blusa con urgencia. Te ves más rica que la de la peli, mami, gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible que olía a mi perfume de vainilla. El sofá crujió bajo nuestro peso cuando me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga ya dura presionando contra mí a través de los jeans.

Apagamos la tele a medias, porque ya no importaba la pantalla; nuestra pasión era real, palpitante. Diego me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al cuarto donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio revueltas. Me dejó caer suave, sus ojos devorándome mientras se quitaba la playera, revelando el pecho velludo y tatuado con un águila azteca que tanto me gustaba lamer. El aire se llenó del aroma de nuestra excitación, ese almizcle dulce que precede al sexo bueno.

En el medio de la noche, la escalada fue brutal. Me quité el resto de la ropa despacio, provocándolo, dejando que viera mis tetas firmes, mis caderas anchas de morra mexicana bien formada. Ven, wey, no te hagas, lo reté, abriendo las piernas para mostrarle lo mojada que estaba. Diego se arrodilló entre mis muslos, su aliento caliente rozando mi clítoris hinchado. Cuando su lengua tocó ahí, un rayo de placer me atravesó, haciendo que arqueara la espalda y gimiera fuerte, ¡Ay, cabrón, qué rico! Lamía con maestría, chupando mis labios vaginales, metiendo la lengua profundo mientras sus dedos jugaban con mis pezones duros como piedras.

Dios mío, esto es mejor que cualquier La Pasion Pelicula, pensé jadeando, mis uñas clavándose en su cabeza, tirando de su pelo negro. Cada lamida era un latido en mi coño, el sonido húmedo de su boca mezclándose con mis quejidos y el zumbido lejano del tráfico en Insurgentes.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Diego se desabrochó el cinturón con prisa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. La froté contra mi entrada, lubricándonos mutuamente, gimiendo al sentir su calor. Te quiero adentro, ya, mi amor, le supliqué, y él empujó lento al principio, estirándome deliciosamente. Sentí cada centímetro, el roce de sus bolas contra mi culo, el peso de su cuerpo cubriéndome. Empezamos a movernos en ritmo, lento al inicio, construyendo la tensión como en la peli que habíamos dejado atrás.

Sus embestidas se aceleraron, el slap-slap de piel contra piel resonando en el cuarto. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando todo, salado y animal. Yo clavaba mis talones en su espalda, urgiéndolo más profundo, mis paredes internas apretándolo como un puño. ¡Más duro, Diego, rómpeme!, gritaba, perdida en el éxtasis. Él gruñía como bestia, mordiendo mi hombro, sus manos amasando mis nalgas. Cambiamos posiciones: yo arriba, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando con cada bajada, su polla golpeando mi G-spot perfecto.

La intensidad psicológica era igual de fuerte. Recordaba nuestras primeras veces, torpes en el auto de su carnal, y cómo habíamos crecido juntos en esta pasión que no se apagaba. Eres mía, Mariana, toda mía, jadeaba él, y yo respondía Siempre, pendejito, fóllame como en tus sueños. El clímax se acercaba, mis músculos tensándose, el calor acumulándose en mi bajo vientre como lava.

En el final explosivo, todo estalló. Diego me volteó a cuatro patas, penetrándome desde atrás con furia, su mano en mi clítoris frotando rápido. ¡Me vengo, amor!, chillé, el orgasmo partiéndome en dos, ondas de placer sacudiendo mi cuerpo, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos interminables. Él rugió segundos después, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, el corazón latiéndonos como tambores aztecas.

El afterglow fue puro paraíso. Nos quedamos abrazados, sus dedos trazando círculos perezosos en mi espalda, mi cabeza en su pecho escuchando el latido calmarse. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. Neta, esa La Pasion Pelicula fue el detonante perfecto, murmuró Diego besándome la frente. Yo sonreí, saboreando el beso salado en sus labios. Pero lo nuestro es mejor, wey. Siempre lo será.

Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con la luna colándose por la ventana y el eco de nuestra pasión lingering en el aire. Mañana sería otro día en esta ciudad loca, pero esta noche, habíamos escrito nuestra propia película, cruda, real y eternamente ardiente.

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