Diario de una Pasion Libro
Querido diario de una pasion libro, hoy todo cambió. Me llamo Ana, tengo treinta y dos años y vivo en esa Condesa tan chida de la Ciudad de México, donde las calles huelen a café recién molido y jazmines en flor. Trabajo en una agencia de diseño, rodeada de creativos locos que siempre andan en su rollo. Pero anoche, en una fiesta en casa de mi cuate Laura, conocí a Diego. Neta, wey, el tipo es un chulo completo. Alto, moreno, con ojos cafés que te miran como si ya supieran todos tus secretos. Llevaba una camisa blanca que se le pegaba al pecho por el sudor del calor capitalino, y olía a colonia fresca con un toque de tabaco.
Estábamos en el balcón, con la ciudad brillando allá abajo como un mar de luces. La música ranchera moderna retumbaba bajito, esa de Christian Nodal que te pone el alma a vibrar. Me ofreció un mezcal ahumado, y cuando nuestros dedos se rozaron, sentí un chispazo. ¿Qué pedo con este calor que me sube por las nalgas? pensé. Hablamos de todo: de lo pendejo que es el tráfico en Insurgentes, de tacos al pastor que extrañamos cuando viajamos, de sueños locos como largarnos a la playa en Puerto Vallarta. Su voz grave me erizaba la piel, y cada risa suya era como un roce suave en mi cuello.
Nota para mí misma: Mañana lo invito a cenar. No aguanto más esta comezón.
Acto uno completo, diario de una pasion libro. Ahora el dos. Lo invité a mi depa, pretexto de una cena casera. Preparé enchiladas suizas con mole de olla, el aroma del chile guajillo y el chocolate llenando el aire como un abrazo picante. Diego llegó puntual, con una botella de tequila reposado y flores silvestres que compró en el mercado de Coyoacán. Qué romántico el cabrón, me dije mientras lo veía quitarse la chamarra, revelando brazos fuertes de tanto gym.
Cenamos en la terraza, con velitas titilando y el sonido lejano de los cláxones como banda sonora urbana. Hablamos de pasiones ocultas: él confesó que ama bailar salsa en antros escondidos de la Roma, yo admití que escribo estos relatos en ti, mi diario de una pasion libro, para soltar lo que no le digo a nadie. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, y el roce fue eléctrico. Sentí mi concha humedecerse solo con su mirada fija en mis labios. Ya párale, Ana, no seas desesperada, me regañé, pero el deseo ardía como chile en la lengua.
Después de la cena, pusimos música: una playlist de Natalia Lafourcade que nos envolvió en su melancolía sensual. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, mi cabeza en su hombro. Olía a sudor limpio y deseo crudo. Sus caderas se movían contra las mías, y órale, sentí su verga endureciéndose contra mi vientre. Qué rica dureza. Me besó el cuello, mordisqueando suave, y un gemido se me escapó como traidor. "Diego, no mames, me vas a volver loca", le susurré al oído, mi aliento caliente contra su piel salada.
Lo llevé a mi cuarto, la luz tenue de las lámparas de sal rosa del Himalaya pintando sombras juguetonas en las paredes. Nos desvestimos despacio, saboreando cada capa. Su pecho ancho, pectorales firmes que lamí con la lengua, saboreando el salitre de su piel. Él me quitó el brasier con dientes, liberando mis chichis que se pararon de emoción. "Eres preciosa, Ana, neta", murmuró mientras succionaba un pezón, enviando ondas de placer directo a mi clítoris palpitante.
Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Sus manos exploraron mi cuerpo: dedos ásperos de artista tatuador trazando mi curva de cadera, bajando hasta mi tanga empapada. La olió, sonriendo pícaro. "Qué rico hueles a mujer en calor", dijo, y metió la lengua ahí mismo. Lamidas lentas, circulares, chupando mi jugo dulce como nectar de mango maduro. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en su nuca. Esto es el paraíso, wey.
Pero no solté todo aún. Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza rosada brillando de precum. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado como tamborazo zacatecano. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y almizclada. "Sí, mámamela así, mamacita", gruñó él, enredando dedos en mi pelo. La tragué profunda, garganta relajada por práctica solitaria, mientras mis dedos jugaban con sus huevos pesados.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Él me puso a cuatro patas, admirando mi culo redondo. "Qué nalgas tan perfectas", dijo, azotando suave, el sonido seco retumbando en el cuarto. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón, qué llenadera! Empujó rítmico, piel contra piel chapoteando húmedo, sus bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro: sudor, jugos mezclados, feromonas locas. Grité su nombre, él el mío, mientras el colchón crujía bajo nosotros.
Cambié posiciones, montándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros. Cabalgaba fuerte, mi concha apretándolo como guante caliente. Sentía cada vena frotando mis paredes internas, el placer acumulándose en espiral. "Me vengo, Diego, no pares!", jadeé. Él aceleró embistes desde abajo, y exploté: olas de éxtasis sacudiéndome, chorros calientes mojando su pubis. Él rugió, llenándome de leche espesa, pulsos calientes inundando mi interior.
Acto tres, mi fiel diario de una pasion libro. Colapsamos enredados, pieles pegajosas relucientes de sudor. Su corazón latía contra mi oreja como tambor vivo, aliento entrecortado calmándose. Besos perezosos en la boca, lenguas danzando lento, saboreando restos de placer. El cuarto olía a orgasmo compartido, sábanas revueltas testigos mudos.
Diego me abrazó fuerte, susurrando "Esto apenas empieza, Ana. Eres mi pasión mexicana favorita". Reí bajito, trazando tatuajes en su brazo con el dedo. Neta, encontré mi fuego. Mañana planeamos un fin en Valle de Bravo, kayaks y más noches así. Por ahora, duermo en sus brazos, el cuerpo lánguido y satisfecho, alma plena.
Fin de entrada. Pero no de la pasión. ¿Qué sigue, vida?
Gracias por guardarme estos secretos, diario de una pasion libro. Eres mi confidente en esta locura deliciosa.