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Pasión de Gavilanes Capítulo 55 Deseos Desatados

7359 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 55 Deseos Desatados

La noche caía suave sobre la casa en las afueras de Guadalajara, con el aroma de jazmines flotando en el aire cálido. Gabriela se recostó en el sofá de la sala, las piernas cruzadas sobre las almohadas mullidas, mientras el televisor iluminaba la penumbra con sus colores vibrantes. A su lado, Mateo, su esposo de ojos oscuros y sonrisa pícara, sostenía una cerveza fría, el sonido del hielo tintineando contra el vidrio. Habían planeado una noche tranquila, solo ellos dos, después de un día largo en el rancho familiar. Pasión de Gavilanes era su guilty pleasure, esa telenovela colombiana que los enganchaba con sus dramas intensos y pasiones desbordadas.

Órale, carnal, murmuró Gabriela con esa voz juguetona que siempre lo hacía reír, este capítulo 55 promete fuego. Mateo la miró de reojo, notando cómo su blusa ligera se adhería a sus curvas por el calor de la noche, el escote dejando entrever el valle suave de sus senos. El episodio empezó, y la pantalla cobró vida con la tensión entre los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo. Los besos robados, las miradas cargadas de promesas, el roce accidental que encendía chispas.

Gabriela sintió un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera espesado.

¿Por qué esta novela siempre me pone así? Esas miradas, esos cuerpos chocando con rabia y deseo... Ay, Dios, si Mateo supiera lo que me imagino.
Se mordió el labio inferior, el sabor salado de su propia anticipación humedeciendo su boca. Mateo dejó la cerveza en la mesita, su mano grande y callosa rozando casualmente el muslo de ella. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y firme. En la tele, un abrazo apasionado entre los protagonistas hacía que Gabriela contuviera la respiración.

El calor subía por su vientre, un pulso lento y profundo que la hacía apretar las piernas. Mateo lo notó, siempre atento a sus señales. Mamacita, susurró cerca de su oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y a hombre, ¿ya te estás calentando con esta novela? Ella giró la cabeza, sus ojos chocolate encontrándose con los de él, brillando con picardía. ¿Y tú qué, pendejo? ¿No sientes lo mismo? respondiendo con esa risa ronca que lo volvía loco.

La mano de Mateo ascendió despacio, trazando círculos en su muslo desnudo bajo la falda corta. El roce de sus dedos ásperos contra la suavidad de su piel enviaba ondas de placer que se acumulaban en su centro. En la pantalla, Pasión de Gavilanes capítulo 55 avanzaba hacia un clímax dramático: un beso bajo la lluvia torrencial, cuerpos empapados presionándose con urgencia. Gabriela jadeó suavemente, imaginándose a sí misma en esa escena, pero con Mateo como su galán implacable.

No puedo más, pensó ella, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. Se volvió hacia él, capturando sus labios en un beso hambriento. Sus bocas se fundieron, lenguas danzando con sabor a cerveza y a deseo puro. Las manos de Mateo se colaron bajo su blusa, palmas calientes cubriendo sus senos plenos, pulgares rozando los pezones que se endurecían al instante como botones de fuego. Gabriela gimió en su boca, el sonido vibrando entre ellos, mientras sus caderas se mecían instintivamente contra su muslo musculoso.

Se separaron solo para quitarse la ropa con prisa febril. La blusa de ella voló al piso, revelando sus senos libres, oscuros pezones erectos suplicando atención. Mateo gruñó de aprobación, bajando la cabeza para lamer uno, succionándolo con avidez. ¡Qué rico sabes, nena! El sabor salado de su piel, mezclado con el leve sudor de la noche, lo embriagaba. Gabriela enredó los dedos en su cabello negro revuelto, tirando suavemente, arqueando la espalda mientras oleadas de placer la recorrían desde el pecho hasta el sexo palpitante.

Él la recostó en el sofá, besando un sendero ardiente por su vientre, inhalando el aroma almizclado de su excitación que lo volvía animal. La falda subió, revelando sus bragas de encaje húmedas. Mira cómo estás de mojada por mí, dijo con voz ronca, deslizando un dedo por la tela empapada. Gabriela tembló, el tacto enviando chispazos directos a su clítoris hinchado. Sí, güey, tócame ya, suplicó, las palabras saliendo entrecortadas.

Mateo apartó la prenda, exponiendo su panocha rosada y reluciente. Su lengua se hundió primero, lamiendo con lentitud tortuosa el pliegue sensible, saboreando su néctar dulce y salado. Gabriela gritó bajito, las caderas elevándose para presionar contra su boca. El sonido húmedo de su lengua chupando, los gemidos ahogados de ella, el latido de su propia verga dura contra los pantalones... todo se mezclaba en una sinfonía de lujuria.

Es como si estuviéramos en esa telenovela, pero real, nuestro fuego propio
, pensó ella mientras sus uñas se clavaban en sus hombros.

La tensión crecía como una tormenta. Gabriela lo jaló hacia arriba, desabrochando su jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando con presemen. Te quiero dentro, cabrón, ordenó ella, guiándolo a su entrada resbaladiza. Mateo empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes calientes lo apretaban como un guante de terciopelo. Ambos jadearon al unísono, el estiramiento delicioso, el llenado completo que la hacía sentir poseída y poderosa a la vez.

Empezaron a moverse, un ritmo pausado que pronto se volvió frenético. El sofá crujía bajo ellos, piel sudorosa chocando con palmadas resonantes. Gabriela clavaba las uñas en su espalda, oliendo su sudor masculino mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana abierta. Cada embestida rozaba su punto dulce, enviando espirales de éxtasis que la acercaban al borde. Más fuerte, amor, ¡rómpeme! gritaba, perdida en el placer.

Mateo la volteó, poniéndola a cuatro patas, admirando el vaivén de sus nalgas redondas. Entró de nuevo, profundo, una mano en su cadera y la otra bajando a frotar su clítoris hinchado. El doble asalto la deshizo. ¡Voy a venirme! anunció ella, el cuerpo tensándose como un arco. El orgasmo la golpeó como un rayo, contracciones pulsantes ordeñando su verga, jugos calientes empapando sus bolas. Mateo rugió, prolongando su placer con embestidas salvajes hasta que su propia liberación estalló, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. El televisor seguía murmurando el final de Pasión de Gavilanes capítulo 55, pero ellos ya estaban en su propio epílogo. Mateo la besó en la frente, suave ahora, Te amo, mi reina. Gabriela sonrió, el corazón lleno, sintiendo su semilla tibia adentro como una promesa.

Esta noche, la pasión fue nuestra, más real que cualquier novela
.

Se quedaron así, envueltos en el afterglow, el aire cargado de su aroma compartido, mientras la noche los arrullaba con su paz sensual. Mañana sería otro día en el rancho, pero esta memoria ardiente perduraría, un capítulo propio en su historia de amor.

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