Las Pasiones Desatadas de Sor Juana
En el corazón del convento de San Jerónimo, en la bulliciosa Ciudad de México del siglo XVII, yo, Sor Juana Inés de la Cruz, pasaba mis días entre libros polvorientos y pergaminos que susurraban secretos del mundo. El aire estaba cargado del aroma dulce del copal quemándose en los altares, mezclado con el olor terroso de la tierra mojada por las lluvias torrenciales que azotaban el valle. Mis dedos, manchados de tinta, trazaban versos que nadie más entendería, versos que hablaban de las pasiones de Sor Juana, esas que ardían en mi pecho como brasas ocultas bajo el hábito negro.
Era una tarde de esas en que el sol se colaba perezoso por las rejas, tiñendo de oro las paredes de piedra. Ahí llegó ella, Sor Isabel, la nueva novicia llegada de Puebla. Alta, de piel morena como el chocolate de Oaxaca, con ojos negros que brillaban como obsidianas pulidas. Su voz, suave como el maíz recién molido, me saludó con un Buenas tardes, madre Juana
, pero en su mirada había algo más, un fuego que me hizo apretar los muslos bajo la mesa del scriptorium.
¿Qué es esto que siento? Este calor que sube desde mi vientre, como si mi cuerpo despertara de un largo sueño. Neta, Sor Juana, ¿tú, que lees a los filósofos, vas a caer en tentaciones de carne?
Le ofrecí un asiento y hablamos de poesía. Sus labios carnosos se movían con gracia, y yo no podía dejar de imaginar su sabor, dulce como el atole de vainilla que preparaban las hermanas en la cocina. Tus versos me quitan el aliento, hermana
, me dijo, rozando mi mano con la suya. Ese toque fue eléctrico, como un rayo que recorre la sierra. Mi piel se erizó bajo la tela áspera del hábito, y un jadeo escapó de mis labios. Ella sonrió, pícara, y supe que no era la única con pasiones contenidas.
Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. En los rezos del atardecer, su mirada se clavaba en mi nuca, y yo sentía su aliento cálido imaginario en mi oreja. El convento olía a jazmines del jardín claustral, pero para mí, todo se impregnaba de su esencia: un perfume almizclado, femenino, que me hacía mojar las enaguas. Por las noches, en mi celda austera, me tocaba pensando en ella. Mis dedos resbalaban por mi monte de Venus, húmedo y palpitante, mientras murmuraba las pasiones de Sor Juana, como un rezo profano.
Una noche de luna llena, cuando el silencio del convento era roto solo por el canto de los grillos y el lejano ladrido de perros callejeros, toqué a su puerta. Entra, Isabel
, susurró ella al verme, su voz ronca de deseo. La celda era diminuta, iluminada por una vela que parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes encaladas. Se acercó, su hábito rozando el mío, y el calor de su cuerpo me envolvió como una manta de lana en invierno.
Te he deseado desde que te vi, Sor Juana
, confesó, sus manos temblorosas desatando los lazos de mi toca. Su aliento olía a menta fresca, y cuando sus labios tocaron los míos, fue como beber el néctar de los dioses aztecas. Nuestras lenguas danzaron, húmedas y urgentes, saboreando el salado de la piel y el dulce de la saliva compartida. Gemí contra su boca, mis pezones endureciéndose como piedras bajo la tela.
¡Órale, qué chingón se siente esto! Mi cuerpo, este templo que creí dedicado solo al espíritu, ahora clama por ser profanado con amor.
Nos despojamos de los hábitos con prisa, como si el mismísimo diablo nos apurara. Su cuerpo desnudo era una visión: senos plenos, redondos como tamales de elote, con pezones oscuros y erectos. Su cintura curva, caderas anchas que prometían éxtasis. La toqué, mis palmas recorriendo su piel suave, cálida, oliendo a sudor limpio y aros de cebolla del rancho de donde venía. Ella suspiró, arqueándose, y sus uñas se clavaron en mis hombros, enviando chispas de placer-dolor por mi espina.
La tumbé en el catre de paja, que crujió bajo nuestro peso. Besé su cuello, lamiendo el hueco de su clavícula, saboreando la sal. Bajé a sus senos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, Juana, qué rico!
, gritó bajito, tapándose la boca para no alertar a las demás. Su coño –perdón, su panocha, jugosa y depilada como la de una virgen de Xochimilco– me llamó. La abrí con los dedos, admirando los labios hinchados, rosados, brillando de miel. Olía a almizcle, a deseo puro mexicano.
Metí la lengua, lamiendo despacio, saboreando su néctar ácido-dulce. Ella se retorcía, sus muslos apretando mi cabeza, gimiendo Más, neta, no pares
. Mi clítoris palpitaba, hinchado, rogando atención. Me froté contra su pierna, sintiendo la fricción deliciosa, el calor subiendo como tequila en las venas. La penetré con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía jadear como coyote en celo. ¡Me vengo, Sor Juana, me vengo!
, susurró, su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando mi mano.
Ahora era su turno. Me recostó, besando mi vientre plano, marcado por años de ayuno y estudio. Sus dedos abrieron mis labios vaginales, expuestos y ansiosos. Eres hermosa, como una diosa tlahuana
, murmuró antes de devorarme. Su lengua era mágica, girando alrededor de mi clítoris, chupando con succiones que me hacían ver estrellas. Olía mi aroma, fuerte y femenino, y gemía de placer. Introdujo un dedo, luego dos, follándome con ritmo experto. Mi corazón latía como tambores de fiesta patronal, el sudor nos unía, resbaloso y pegajoso.
Esto son las pasiones de Sor Juana, las que ningún virrey ni obispo podrá encerrar. ¡Chíngame más, Isabel, hazme tuya!
El clímax llegó como tormenta en el Popo: ondas de placer desde mi centro, explotando en gritos ahogados. Mi panocha se contrajo alrededor de sus dedos, leche caliente saliendo en espasmos. Colapsamos, jadeantes, piel contra piel, el aire espeso de nuestros olores mezclados con el humo de la vela moribunda.
En el afterglow, nos abrazamos bajo la sábana raída. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Esto es nuestro secreto, Juana. Las pasiones que el convento no puede apagar
, dijo, besando mi hombro. Yo sonreí en la oscuridad, sintiendo una paz profunda, como después de confesar pecados que no eran tales.
Desde esa noche, nuestras miradas en el refectorio eran promesas. En mis escritos, ahora fluían versos de amor carnal, de cuerpos entrelazados bajo hábitos. Las pasiones de Sor Juana no eran pecado, sino vida, pulso mexicano en vena de monja rebelde. Y mientras el mundo allá fuera bullía con mercados y fiestas, nosotras teníamos nuestro paraíso claustral, donde el deseo era rezo y el orgasmo, oración.
El sol salió, tiñendo el cielo de rosa y naranja, como mejillas sonrojadas de amantes. Me vestí, el hábito ahora cómplice, no cárcel. Isabel me guiñó el ojo al pasar por el claustro, y supe que volveríamos a desatarnos esa misma noche. Porque en este convento, las pasiones no mueren; arden eternas.