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Pasión Prohibida Capítulo 11 Llamas Ocultas

7833 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 11 Llamas Ocultas

La noche en Guadalajara se sentía pesada, como si el aire mismo supiera que algo prohibido estaba a punto de estallar. Yo, Ana, estaba sola en la casa que compartía con mi esposo Marco, un tipo trabajador pero distante, siempre metido en su chamba de contador. Él se había ido a un viaje de negocios a Monterrey, dejándome con el eco de mis propios pensamientos. ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar esta vida sin fuego? me preguntaba mientras me ponía un vestido ligero de algodón, negro, que se pegaba a mi piel sudada por el calor de mayo.

El timbre sonó como un trueno lejano. Abrí la puerta y ahí estaba él: Luis, el carnal menor de Marco, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas desde la primera vez que lo vi en la boda familiar. Alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido bajo la luz del porche. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Órale, Ana, contrólate, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba, con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano.

—¡Ey, cuñada! ¿Qué onda? Marco me dijo que andaba solo por aquí y vine a checar si necesitabas algo —dijo con esa voz ronca, oliendo a colonia fresca mezclada con el sudor de la calle, un aroma que me hacía mojada sin remedio.

Lo invité a pasar, sintiendo cómo el roce accidental de su mano en mi cintura enviaba chispas por mi espina. Nos sentamos en la sala, con cervezas frías de la nevera. Hablamos de la familia, de la chamba, pero el aire estaba cargado de lo no dicho. Sus ojos se clavaban en mis labios, en el escote donde mis chichis subían y bajaban con cada respiro agitado.

Esta es mi pasión prohibida, capítulo 11 en mi diario secreto. Cada vez que Luis aparece, el deseo crece como lumbre en mezquite seco.

En el principio, todo era inocente: miradas robadas en las posadas navideñas, abrazos que duraban un segundo de más. Pero ahora, con Marco lejos, la tensión era un nudo en mi vientre, apretado y caliente.

La plática derivó a lo personal. —Neta, Ana, siempre te he visto como la mujer más chingona del mundo. Marco no te merece, wey —soltó de repente, su rodilla tocando la mía bajo la mesita de centro.

Mi piel se erizó al instante. El sonido de su respiración se aceleró, y yo sentí el calor de su pierna contra la mía, dura como roble. —No digas pendejadas, Luis. Somos familia —mentí, pero mi voz salió temblorosa, traidora.

Se acercó más, su mano grande cubriendo la mía. Olía a hombre, a tierra mojada después de lluvia, a deseo puro. —¿Familia? Esto no es familia, cuñada. Esto es pasión prohibida. Lo sabes tan bien como yo.

Acto uno cerrado: el beso llegó como tormenta. Sus labios carnosos aplastaron los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y menta. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro, ondulado. El mundo se redujo a ese sofá, a su cuerpo presionando el mío, su verga ya dura contra mi muslo.

Nos levantamos tambaleando, besándonos por el pasillo hacia mi recámara. El suelo de loseta fría contrastaba con el fuego que nos consumía. Cerré la puerta con llave, el clic metálico como un juramento. Lo empujé a la cama king size, montándome encima. Sus manos expertas bajaron el vestido por mis hombros, liberando mis tetas grandes, morenas, con pezones duros como piedras de obsidiana.

—¡Qué ricas, mamacita! —gruñó, chupando uno con hambre, su lengua girando, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo como loca. El sonido de su boca húmeda, el pop al soltar mi pezón, me volvía loca. Mi coño palpitaba, empapando mis panties de encaje.

Le quité la camisa, lamiendo su pecho velludo, salado, bajando hasta su ombligo. Sus abdominales se contrajeron bajo mi lengua. Desabroché sus jeans, liberando esa polla gruesa, venosa, de cabeza rosada brillando de precum. ¡Madre santa, es más grande que la de Marco! La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, masturbándola lento mientras él jadeaba.

La escalada era imparable. Me quitó las panties, sus dedos explorando mi rajita depilada, resbaladiza de jugos. —Estás chorreando, Ana. Todo por mí —dijo triunfante, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G. El squish squish de mi humedad llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados. Olía a sexo, a almizcle femenino, a su sudor masculino.

Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mi culo redondo. Su lengua en mi ano me hizo gritar de placer prohibido. ¡Simón, ahí, carnal! Luego, su boca en mi clítoris, lamiendo como si fuera el mejor elote de la feria. Chupaba, mordisqueaba suave, sus dedos follando mi panocha al ritmo de mi cadera que se movía sola.

Capítulo 11 de esta pasión prohibida: el momento en que cedo por completo, sin remordimientos.

El clímax se acercaba en oleadas. Lo volteé, queriendo devorarlo. Monté su cara, restregando mi coño en su boca barbuda, sus manos amasando mis nalgas. Vine primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, chorros de squirt mojando su cara, su risa ronca vibrando en mi carne sensible.

Ahora el centro del acto dos: penetración. Me puse a gatas, ofreciéndole mi culo alto. Él se colocó atrás, frotando su verga en mi entrada. —¿Quieres que te coja, cuñada? Dime —exigió, su voz un rugido.

—¡Sí, pendejo! Fóllame duro —rogué, empujando contra él.

Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso, su pubis chocando mis nalgas con palmadas rítmicas. El sonido era obsceno: slap slap slap, mis jugos chorreando por sus huevos peludos. Sudábamos, piel resbalosa, su pecho contra mi espalda mientras me jalaba el pelo suave.

Cambié de posición: misionero, piernas en sus hombros, para que me diera profundo. Sus ojos en los míos, conexión alma con alma. —Te amo, Ana. Esto es nuestro —confesó entre thrusts potentes. Yo clavaba uñas en su espalda, lamiendo su cuello salado, mordiendo su oreja.

La intensidad psicológica crecía: flashes de Marco, pero ahogados por el placer puro. Esto es real, esto es vivo. Él aceleró, sus bolas apretadas, gruñendo como fiera. Yo sentí el segundo orgasmo, paredes contrayéndose alrededor de su polla, ordeñándola.

—¡Me vengo! —anunció, saliendo para eyacular chorros calientes en mi vientre, pintándome blanca y pegajosa. El olor a semen fresco, su peso colapsando sobre mí, pulsos sincronizados.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos abrazados, piel pegada, respiraciones calmándose. Besos suaves, caricias perezosas. El cuarto olía a sexo consumado, sábanas revueltas. Afuera, grillos cantaban, la luna filtrándose por las cortinas.

—Esto no puede acabar aquí, mi amor —murmuró, trazando círculos en mi tetas sensibles.

Sonreí, saboreando su piel en mis labios. Pasión prohibida, capítulo 11. Pero habrá más, porque esto es adictivo como tequila añejo. El conflicto interno se resolvía en paz: éramos adultos, consintiendo este fuego secreto. Marco regresaría, pero Luis y yo tendríamos noches robadas, empoderándonos en el deseo mutuo.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando pecados, manos explorando de nuevo. Salimos envueltos en toallas, riendo como chavos. Él se fue al alba, un beso final en la puerta, promesa en los ojos.

Yo me quedé sola, pero llena. El espejo reflejaba una mujer radiante, empoderada por haber tomado lo que quería. La pasión prohibida no destruye; enciende.

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