Pasión y Poder Capítulo 19 El Fuego Prohibido
En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besaban los cristales de los rascacielos, Elena caminaba con paso firme hacia la torre de oficinas de Empresas Valdés. El aire nocturno traía el aroma a jazmín y asfalto caliente, mezclado con el perfume caro que siempre usaba para sentirse invencible. Llevaba un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas, como un arma secreta en esta guerra de negocios. Hacía meses que competía con Diego por el control de esa fusión millonaria, pero esta noche no era solo de números y contratos. Era Pasión y Poder Capítulo 19, como si su vida fuera una novela ardiente que ella misma escribía.
—Elena, qué gusto verte tan... puesta —dijo Diego al abrir la puerta de su penthouse oficina, su voz grave como un ronroneo que le erizaba la piel. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos que prometían pecados, Diego era el rey del acero en Monterrey hecho magnate en la Ciudad de México. Vestía camisa blanca arremangada, dejando ver antebrazos fuertes que hablaban de gimnasio y poder.
Elena sonrió, sintiendo el pulso acelerarse en su cuello.
¿Por qué carajos me afecta tanto este wey? Es mi rival, pero neta que su mirada me hace mojar las bragas, pensó mientras entraba, el clic de sus tacones resonando en el mármol. La sala era un templo de lujo: sofá de piel italiana, botella de tequila Don Julio abierta, y la ciudad extendida como un mar de luces bajo los ventanales.
—Vine por el contrato final, Diego. Nada de juegos —mintió ella, aunque su cuerpo gritaba lo contrario. Se sentó en el sofá, cruzando las piernas con deliberada lentitud, el roce de la tela contra su piel enviando chispas.
Él se acercó, sirviendo dos shots. El olor del tequila, ahumado y dulce, llenó el aire. —Salud por la pasión y el poder, carnal. Capítulo 19 de nuestra historia. —Brindaron, y al beber, sus labios se rozaron accidentalmente al chocar los vasos. El contacto fue eléctrico, un sabor salado en su boca que no era solo del licor.
La tensión creció como una tormenta. Hablaron de cifras, pero sus ojos se devoraban. Diego se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella. El calor de su cuerpo era magnético, el aroma de su colonia, madera y hombre, invadiendo sus sentidos. Elena sintió su pezón endurecerse bajo el vestido, traicionándola.
—Admítelo, Elena. Quieres más que un trato. —Su mano grande posó en su rodilla, subiendo despacio, enviando ondas de placer por su espina.
—Pinche arrogante... —susurró ella, pero no lo detuvo. En cambio, giró su rostro y lo besó. Fue un beso feroz, labios chocando con hambre, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Saboreó su tequila mezclado con su esencia masculina, mientras sus manos exploraban. Él la atrajo contra su pecho, duro como roca, y ella gimió contra su boca, el sonido ahogado por el rugido de su propia necesidad.
Se separaron jadeantes, miradas encendidas.
Neta que este hombre me va a volver loca. Su poder me excita tanto como su verga que siento presionando contra mí, pensó Elena, mientras Diego la levantaba en brazos como si no pesara nada. La llevó al escritorio, barriendo papeles con un gesto impaciente. La sentó allí, su vestido subiendo por sus muslos, exponiendo encaje negro.
—Eres fuego, reina —murmuró él, arrodillándose. Sus labios trazaron un camino por su interior de muslo, besos húmedos que olían a su excitación creciente. Elena arqueó la espalda, el aire fresco del AC contrastando con su calor. Cuando su lengua tocó su clítoris a través de la tela, gritó bajito, "¡Ay, cabrón!". Él rio, voz ronca, y la despojó de las bragas con dientes, el roce rasposo enviando temblores.
La lamió despacio al principio, saboreándola como un tequila añejo, su lengua experta girando, chupando. Elena se aferró al borde del escritorio, uñas clavándose en madera, mientras olas de placer la invadían. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con sus gemidos. Olía a sexo, a ella misma, almizcle dulce y salado.
Su boca es el paraíso, wey. Me tiene al borde ya.
Diego se puso de pie, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. Elena la miró con hambre, lamiéndose los labios. —Ven, chulo, fóllame como se merecen los poderosos —exigió, voz ronca.
Él la penetró de un solo empujón, llenándola por completo. Gritaron juntos, el estiramiento delicioso, su calor envolviéndola. Empezó a moverse, lento al inicio, cada embestida profunda rozando su punto G. El escritorio crujía bajo ellos, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores. Elena clavó uñas en su espalda, sintiendo músculos flexionar, sudor perlando su piel que ella lamió, salado y adictivo.
—Más fuerte, Diego... ¡Dame todo tu poder! —jadeó ella, y él obedeció, acelerando, sus caderas chocando con fuerza brutal pero consentida. El placer subía como lava, sus pechos rebotando, pezones rozando su camisa áspera. Olía a sudor, a sexo crudo, a ellos fusionados. Sus pensamientos eran un torbellino:
Este es mi hombre, mi igual. Pasión y poder en cada thrust.
Cambiaron posiciones; él la volteó, penetrándola por detrás. Elena se inclinó sobre el escritorio, viendo la ciudad testigo de su lujuria. Sus manos grandes amasaban sus nalgas, un dedo rozando su ano juguetón, pero sin invadir. Cada embestida la empujaba al abismo, su clítoris frotando la madera fría. —¡Me vengo, pinche rey! —gritó, el orgasmo explotando en estrellas blancas, contracciones ordeñando su verga.
Diego gruñó, embistiendo salvaje, y se derramó dentro de ella, chorros calientes llenándola. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Él la abrazó por detrás, besando su cuello, mientras el pulso de la ciudad latía afuera.
Minutos después, recostados en el sofá, un shot más en mano. Elena trazaba círculos en su pecho, sintiendo su corazón galopar. —Esto cambia todo, ¿verdad? Pasión y poder... Capítulo 19 sellado con fuego.
Él sonrió, besándola suave. —Somos imparables juntos, mi amor. El contrato es nuestro, y esto apenas empieza.
Elena cerró los ojos, el aroma de su unión aún en el aire, un afterglow que la envolvía como seda. Por primera vez, el poder no era solo negocio; era esto, esta conexión visceral, esta entrega mutua. Y sabía que el próximo capítulo sería aún más ardiente.