Abismo de Pasion Capitulo 105
La brisa salada del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la terraza de la villa. El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que parecían fuego líquido. Yo, Ana, había regresado después de meses en la ciudad, huyendo de la rutina que nos había separado a Diego y a mí. Pero esta noche, todo iba a cambiar. Lo sentía en el aire cargado de jazmín y sal, en el latido acelerado de mi corazón que retumbaba como tambores en una fiesta de pueblo.
¿Por qué carajos me fui? me pregunté mientras ajustaba el escote de mi vestido rojo ceñido, que se pegaba a mis curvas como una promesa pecaminosa. Diego me esperaba adentro, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Lo vi a través del vidrio: alto, moreno, con esa camiseta blanca que marcaba sus pectorales y unos jeans que abrazaban sus caderas. Ay, wey, qué chulo estaba. El aroma de su colonia, esa mezcla de madera y cítricos, ya flotaba hasta mí.
Entré y él se acercó, sus ojos cafés devorándome entera. "Mamacita, por fin llegaste. Te extrañé tanto que duele." Su voz grave, ronca, me erizó la piel. Me tomó de la cintura, su mano grande y cálida deslizándose por mi espalda baja. Sentí el calor de su palma a través de la tela fina, y un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los muslos. Lo miré, mordiéndome el labio. Esto es el abismo de pasión, capítulo 105 de nuestra historia loca, pensé, recordando cómo todo empezó como un amor prohibido en esta misma villa.
Nos sentamos a cenar en la mesa de la terraza, iluminados por velas que parpadeaban como estrellas traviesas. El mar rugía bajito de fondo, un sonido hipnótico que se mezclaba con el tintineo de las copas. Brindamos con tequila reposado, ese que quema la garganta y enciende el alma. "Por nosotros, carnala. Por no dejar que la vida nos joda más." Bebí un sorbo, saboreando el agave ahumado, y sentí su mirada clavada en mis labios. La tensión crecía, espesa como la humedad del trópico. Mi piel picaba por su toque, mis pezones se endurecían contra el encaje del brasier.
Después de la cena, pusimos música. Un corrido romántico con guitarra y acordeón, pero suave, sensual. Diego me jaló para bailar. Sus manos en mis caderas, guiándome en círculos lentos. Siento su verga dura presionando contra mi vientre, admití en mi mente, mientras el sudor nos perlaba la piel. Olía a él: sal, hombre, deseo crudo. Mi respiración se aceleraba, jadeos cortos que se perdían en su cuello. Lamí su piel ahí, salada y tibia, y él gruñó bajito. "Ana, me estás volviendo loco, pendeja hermosa."
El beso llegó como una ola. Sus labios carnosos aplastaron los míos, lengua invadiendo mi boca con hambre de lobo. Sabía a tequila y a menta, un sabor que me hacía gemir en su garganta. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas fuerte, levantándome contra él. Sentí su erección palpitante, dura como piedra, frotándose contra mi monte de Venus. Qué rico, qué chingón es esto. Mis uñas se clavaron en su espalda, rasguñando la tela de su camiseta.
Me cargó como si no pesara nada, adentro a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas y suaves. Me tiró con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó la camiseta, revelando ese torso esculpido por horas en el gym y el mar. Abdominales marcados, vello negro bajando hasta su ombligo. Me lamió los labios mientras yo me desabrochaba el vestido, dejándolo caer como una cascada roja. Quedé en lencería negra, tanga diminuta que apenas cubría mi panocha húmeda.
"Eres una diosa, mi reina." Se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mi vientre, bajando lento. Su aliento caliente sobre mi piel me hacía arquear la espalda. Olía mi excitación, ese almizcle dulce que lo volvía loco. Por favor, Diego, no pares. Sus dedos enganchados en la tanga, la deslizó, exponiendo mi chocha depilada, reluciente de jugos. Lamida mi muslo interno, mordisqueando suave. Luego, su lengua tocó mi clítoris, un latigazo de placer que me hizo gritar. "¡Ay, cabrón, sí!"
Chupaba con maestría, círculos lentos, succionando mi botón hinchado. Sentía cada roce como electricidad, mis caderas ondulando contra su boca. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, mis gemidos roncos mezclados con el mar lejano. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me deshacía. Me vengo, me vengo ya. El orgasmo me golpeó como tsunami, jugos salpicando su barbilla, cuerpo temblando incontrolable. Él lamió todo, bebiendo mi esencia con gruñidos de placer.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo la curva de mi espinazo. Sus manos separaron mis nalgas, lengua explorando mi ano con ternura juguetona. "Relájate, nena, te voy a comer completita." Gemí, empujando contra él. Luego, se quitó los jeans. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, cabeza morada brillante de precúm. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, palpitando. La masturbé lento, sintiendo su pulso acelerado. Él jadeaba, "Qué mano tan rica, Ana."
Me puse de rodillas, abriendo la boca. La tragué entera, garganta relajada por práctica. Sabía a sal y hombre, glande golpeando mi paladar. Chupé fuerte, lengua girando, bolas pesadas en mi mano. Él enredó dedos en mi pelo, follando mi boca con embestidas controladas. Lo amo así, dominante pero cariñoso. Saliva corría por mi barbilla, sonidos de arcadas suaves y placenteros.
No aguantó más. Me tumbó de espaldas, piernas sobre sus hombros. La punta de su verga rozó mi entrada, untándose de mis jugos. "¿La quieres adentro, mi amor?" "Sí, métemela toda, papacito." Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Llenándome hasta el fondo, útero besado por su glande. Gemí largo, uñas en su culo urgiéndolo. Empezó a bombear, lento al inicio, piel chocando piel con palmadas húmedas.
El ritmo creció, feroz. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Olía a sexo puro: almizcle, semen próximo, mi excitación. Sus bolas golpeaban mi perineo, pezones rozando su pecho. Soy suya, en este abismo de pasión capítulo 105, donde nos perdemos mutuamente. Besos salvajes, mordidas en hombros. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Senos rebotando, pelo azotando su cara. Él amasaba mis tetas, pellizcando pezones duros.
El clímax se acercaba. "Me vengo, Ana, agárrate." Aceleré, chocha apretándolo como puño. Gritamos juntos, su leche caliente inundándome, chorros potentes que me llevaban al éxtasis otra vez. Ondas de placer me sacudían, visión borrosa, solo sensaciones: su verga latiendo adentro, mi concha ordeñándolo, cuerpos pegados temblando.
Colapsamos, enredados. Su peso sobre mí, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, satisfechos. El mar susurraba arrullo. Esto es amor, wey. El abismo de pasión no nos traga, nos eleva. Diego me miró, ojos tiernos. "Te amo, mi vida. No te vayas más." Sonreí, trazando su mandíbula. "Nunca, carnal. Somos eternos."
Nos quedamos así, pieles enfriándose, corazones sincronizados. La noche nos envolvía, promesa de más capítulos en este abismo nuestro.