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Pasión Según la Biblia Carnal

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Pasión Según la Biblia Carnal

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento de la Roma, tiñendo todo de un dorado suave que olía a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, acababa de llegar de la oficina, con el cuerpo pesado pero el alma inquieta. Javier, mi carnal de toda la vida, el wey que me hacía vibrar con solo una mirada, estaba esperándome en el sofá, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas.

Órale, qué chido verte así de fresca, me dijo mientras me quitaba la chamarra con manos lentas, rozando mis hombros. Su aliento cálido contra mi cuello traía ese olor a tabaco y aftershave que me ponía la piel chinita. Nos conocíamos desde la uni, pero últimamente la cosa se había puesto intensa, como si el deseo acumulado explotara en cada roce. Ese día, en la mesita de centro, había un librito viejo que encontré en una tiendita de antigüedades en el Centro: Pasión Según la Biblia. Lo compré por curiosidad, pensando que era una versión picante de las escrituras, llena de pecados que tentaban al alma.

—Mira lo que traigo, amor —le dije, sentándome a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo ya la dureza de él presionando contra mí a través de la tela—. Es como la biblia, pero de la buena, la que habla de pasiones prohibidas.

Javier levantó una ceja, sus ojos cafés clavados en los míos, y tomó el libro. Sus dedos gruesos pasaron las páginas amarillentas, y de pronto soltó una carcajada ronca que me erizó los vellos de la nuca.

—Neta, Ana? Esto parece escrito por un cura cachondo. Vamos a leerlo juntos, a ver qué nos inspira.

El corazón me latía fuerte, un tambor en el pecho que resonaba en mis oídos. Empezamos por el principio, yo recostada contra su torso ancho, su mano descansando en mi muslo, subiendo despacito, trazando círculos que me hacían morder el labio. La voz de Javier era grave, como un ronroneo, leyendo versos que hablaban de cuerpos entrelazados en el Jardín del Edén, de Eva tentada no por la manzana, sino por el tacto ardiente de Adán.

En el principio era el deseo, y el deseo era con Dios, y el deseo era Dios.

Sentí un calor húmedo entre las piernas, el aroma de mi propia excitación mezclándose con el suyo, ese musk masculino que me volvía loca. Sus dedos se colaron bajo mi falda, rozando la rendija de mis panties, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito.

—Sigue leyendo, Javier, no pares —susurré, mi voz temblorosa, mientras mis caderas se movían solas contra su palma.

La tensión crecía como una tormenta en el DF, lenta pero imparable. Cada palabra del libro era un fuego que nos lamía la piel. Él dejó el libro a un lado y me besó el cuello, lamiendo la sal de mi sudor, mordisqueando suave hasta que jadeé. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis chichis que saltaron ansiosos, los pezones duros como piedras esperando su boca.

En el medio del relajo, mi mente daba vueltas. ¿Por qué carajos me excita tanto esto? La biblia, pero en versión carnal, como si Dios mismo aprobara este desmadre. Javier chupaba un pezón, succionando con fuerza que mandaba chispas directo a mi clítoris, mientras su otra mano se hundía en mis panties, encontrando mi humedad resbalosa. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas.

—Estás chorreando, mi reina —gruñó contra mi piel, su aliento caliente como el tequila que nos tomamos anoche—. Pasión según la Biblia, ¿eh? Esto es el verdadero evangelio.

Yo reí entre gemidos, empujando contra su mano, el sonido húmedo de mis jugos llenando la habitación junto al zumbido del ventilador. Lo desvestí con urgencia, arrancándole la playera para lamer su pecho moreno, saboreando el salado de su piel, bajando hasta el ombligo donde olía a hombre puro, a deseo crudo. Su verga saltó libre cuando bajé el zipper, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él maldijo bajito, pinche Ana, me vas a matar.

Nos movimos al piso, alfombra suave bajo mis rodillas mientras lo mamaba con ganas, la lengua girando alrededor de la cabeza, tragándomela hasta la garganta. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo acompañando el ritmo que yo marcaba. El sabor salado me inundaba la boca, mezclado con pre-semen que anunciaba lo cerca que estaba. Pero no lo dejé acabar; lo quería dentro, llenándome hasta el fondo.

Me recostó boca arriba, separando mis piernas con reverencia, como si fuera un altar. Sus ojos devoraban mi coño depilado, hinchado y brillante. Se hincó y lamió despacio, desde el ano hasta el clítoris, chupando mis labios mayores como si fueran frutos maduros. Grité, las uñas clavadas en la alfombra, el placer subiendo en oleadas que me tensaban los músculos.

—Javier, ya, métemela, por favor —supliqué, la voz ronca de necesidad.

Se posicionó, la punta rozando mi entrada, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulgada invadiéndome, hasta que sus bolas chocaron contra mi culo. Empezamos a follar con ritmo pausado al principio, mirándonos a los ojos, sudados y jadeantes. El slap slap de piel contra piel, el olor a sexo impregnando el aire, sus gruñidos graves mezclados con mis chillidos agudos.

La intensidad subió como el volcán Popo en erupción. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas con fuerza, embistiéndome profundo, tocando mi cervix con cada estocada. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, más duro, carnal, dame todo. Sus manos bajaron a mi clítoris, frotando en círculos mientras me taladraba, y el orgasmo me golpeó como un rayo, contrayendo mi vagina alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, hinchándose dentro, y sentí los chorros calientes llenándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos, el pecho subiendo y bajando al unísono. Javier me besó la frente, suave, mientras yo trazaba patrones en su espalda con las yemas húmedas.

—Esa fue la pasión según la biblia más chingona que he leído —murmuró, riendo bajito.

Yo sonreí contra su piel, el corazón lleno, el cuerpo saciado pero ya soñando con la próxima página. En ese momento, supe que nuestra historia era el verdadero texto sagrado, escrito en gemidos y caricias, bendecido por el dios del placer que vive en nosotros.

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