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En el Corazón la Espina de una Pasión

6320 palabras

En el Corazón la Espina de una Pasión

La noche en el corazón de la Roma, en ese bar escondido con luces tenues y el olor a mezcal ahumado flotando en el aire, me encontré cara a cara con esa sensación que llevaba meses royéndome por dentro. Yo, Ana, treinta y tantos, con mi trabajo de diseñadora que me pagaba las cuentas pero no llenaba el vacío, había salido con las amigas para desquitarme un poco. Neta, wey, pensé, ya mero me da algo si no suelto esta tensión. El DJ ponía cumbia rebajada, ese ritmo que te hace mover las caderas sin querer, y el sudor de la gente mezclándose con el perfume barato y el humo de los cigarros electrónicos.

Ahí estaba él, Javier, recargado en la barra con una cerveza en la mano, camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y una sonrisa pícara que me clavó de inmediato. Nuestras miradas se cruzaron mientras pedía mi tequila reposado, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Me acerqué, pretextando pedir un limón, y él se giró con esa naturalidad mexicana que desarma.

Órale, qué guapa, ¿vienes seguido por acá?

respondí con una risa, no tanto, pero esta noche se ve chida. Hablamos de tonterías: el tráfico infernal de la CDMX, lo caro que está el mole en las fondas, pero debajo de las palabras había algo más. Sus ojos cafés profundos me escaneaban, y yo notaba cómo su voz grave vibraba en mi pecho. En el corazón tenía la espina de una pasión, una de esas que no se van, del ex que me dejó hecha mierda hace un año, y ahora Javier parecía el remedio perfecto para sacarla.

Bailemos, me dijo, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera de quien trabaja con las manos, quizás en construcción o algo creativo. El contacto envió una oleada de calor directo a mi entrepierna. Nos movimos al ritmo, cuerpos rozándose accidentalmente al principio: su muslo contra el mío, mi nalga rozando su paquete endurecido. Olía a jabón fresco mezclado con sudor masculino, ese aroma que te hace agua la boca. ¿Por qué carajos siento esto tan intenso? me preguntaba en silencio, mientras mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

Salimos a la calle, el fresco de la medianoche contrastando con el bochorno del bar. Caminamos hasta su depa a unas cuadras, riéndonos de pendejadas, pero la tensión crecía. En el elevador, solo nosotros dos, se acercó y me besó. Sus labios suaves pero firmes, lengua explorando con hambre contenida. Gemí bajito, probando el sabor salado de su boca, mezcal y deseo puro. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.

Adentro, su lugar era un oasis urbano: plantas colgantes, posters de Frida y Diego, luz suave de lámparas de sal. Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, inhalando mi perfume de vainilla. Estás rica, Ana, neta que me tienes loco, murmuró contra mi piel, y yo respondí arqueándome, entonces haz algo al respecto, cabrón. Sus manos grandes cupieron mis senos, pulgares rozando los pezones ya duros como piedras. El roce era eléctrico, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Me desvistió completamente, admirando mi cuerpo curvilínea con ojos hambrientos. Mírate, mamacita, perfecta para cogerte toda la noche. Me abrió las piernas con gentileza, besando el interior de mis muslos, lamiendo despacio hasta llegar a mi panocha húmeda. Su lengua experta jugaba con mis labios mayores, succionando el clítoris hinchado. Gemí fuerte, ¡ay, wey, qué chido!, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sabor de mi propia excitación en su aliento cuando subía a besarme, salado y dulce, me volvía loca.

Yo quería más, lo volteé y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre la dureza. Qué pinga tan rica tienes, le dije juguetona, y empecé a mamarla despacio, lengua girando en la cabeza, saboreando el gusto almendrado. Él gruñía, manos en mi pelo, sigue así, mi reina, me vas a hacer venir. Pero no lo dejé, quería sentirlo dentro.

Me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué apretadita estás! jadeó, y yo respondí empujando hacia atrás, cógeme duro, Javier, quítame esta espina que traigo. Empezó a bombear, ritmo creciente, piel contra piel chocando con sonidos húmedos y jadeos. Sudor resbalando por su pecho al mío cuando me volteó boca arriba, piernas en sus hombros. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle y fluidos mezclados. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes internas, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas.

Mi análisis de esa pasión clavada en el corazón se deshacía con cada embestida. En el corazón tenía la espina de una pasión análisis, pensé fugazmente, recordando esa frase de un viejo poema que leí en la uni, pero ahora era real, visceral. Javier me besaba mientras follábamos, susurros de te quiero, estás increíble, y yo respondía con uñas en su espalda, no pares, cabrón, dame todo. La tensión subía como volcán, mis músculos contrayéndose alrededor de él, pechos rebotando con cada thrust.

El clímax llegó como tsunami. Grité su nombre, mi coño apretándolo en espasmos, jugos chorreando por mis muslos. Él se vino segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, olor a hombre satisfecho envolviéndome.

Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la ventana, viendo las luces de la ciudad parpadear. Me acariciaba el pelo, ¿qué espina era esa que mencionaste?. Sonreí, besándolo suave. Una del pasado, pero tú la sacaste, mi amor. Neta, qué noche chingona. En mi corazón, la espina se había convertido en rosa plena, pasión liberada. No sabía si sería algo más, pero esa noche, éramos perfectos el uno para el otro.

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