Eres Mi Pasión Reparto Ardiente
El sol de la Ciudad de México se colaba por las ventanas del foro en Televisa San Ángel, bañando el set con una luz dorada que hacía brillar los muebles de la hacienda ficticia. Yo, Ana López, era la protagonista de Eres mi pasión, la telenovela que tenía a medio país enganchado con sus dramas de amor imposible. Cada día llegaba con mi maquillaje impecable, mi vestido ceñido que realzaba mis curvas, y el corazón latiéndome fuerte por él. Marco Ruiz, el galán del reparto, el wey que interpretaba a mi amante en la pantalla. Alto, moreno, con esos ojos cafés que te desnudan con una mirada. Neta, desde el primer ensayo, sentía esa chispa, como si el guion se hubiera escrito para nosotros en la vida real.
—Corten —gritó el director, y el set se llenó de murmullos y risas. Marco se acercó, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su camisa blanca pegada al pecho musculoso olía a colonia cara mezclada con ese aroma masculino que me ponía la piel de gallina.
¿Por qué carajos me afecta tanto este pendejo? Es solo trabajo, Ana, contrólate, me dije mientras recogía mi libreto. Pero cuando su mano rozó mi brazo al pasar, un escalofrío me recorrió la espalda. Nuestras escenas de besos eran intensas, pero fingidas. O eso creía yo.
La tensión crecía con cada capítulo grabado. En el reparto, todos bromeaban sobre las chispas entre nosotros. "¡Eres mi pasión en serio, Ana!", me decía Marco guiñando el ojo en los breaks, y yo reía, pero por dentro ardía. Una noche, después de una escena de celos donde lo abofeteaba —con todo el drama que se espera en una telenovela—, quedamos solos en el camerino. El aire estaba cargado del olor a café y delineador, y el zumbido de los aires acondicionados era el único sonido.
—Oye, Ana, ¿neta crees que nuestro personaje termina juntos? —preguntó él, apoyado en la puerta, su voz grave como un ronroneo.
Me giré, mi blusa desabotonada lo justo para dejar ver el encaje de mi brasier. —En la pantalla, quién sabe. Pero tú... tú eres mi pasión, Marco. Del reparto y de aquí afuera.
Sus pupilas se dilataron, y en dos pasos estuvo frente a mí. Su aliento cálido contra mi cuello, oliendo a menta y deseo puro. —Eres mi pasión tú, mamacita. Desde que te vi en el casting.
Nuestros labios se encontraron en un beso que no era de guion. Sus manos grandes me tomaron la cintura, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, y un gemido se me escapó. Lenguas danzando, saboreando el salado de su piel, el dulce de su boca. Me levantó sobre la mesa del maquillaje, y mis piernas se enredaron en su cadera. El roce de su barba incipiente en mi mejilla era áspero, delicioso, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, acariciando mis muslos suaves y húmedos ya de anticipación.
Pero nos detuvimos, jadeantes. —No aquí, wey. Vamos a algún lado —susurré, mordiéndome el labio.
Salimos del foro como ladrones, riendo nerviosos en su camioneta negra. La noche mexicana nos envolvía con sus luces neón y el tráfico caótico de Insurgentes. Llegamos a un hotel discreto en Polanco, uno de esos con habitaciones elegantes y vistas al skyline. Apenas cerramos la puerta, la ropa voló. Su camisa al suelo, revelando un torso tatuado con un águila que parecía cobrar vida bajo mis uñas. Yo me quité el vestido, quedando en lencería roja que compré pensando en él.
Qué chingón se ve desnudo. Esa verga gruesa, palpitante, lista para mí. Soy yo la que manda aquí, pensé mientras lo empujaba a la cama king size. Las sábanas de algodón egipcio crujieron bajo su peso. Me subí encima, mis senos rozando su pecho, pezones endurecidos como piedritas. Olía a su sudor fresco, a feromonas que me volvían loca. Bajé besando su cuello, lamiendo el hueco de su clavícula, saboreando la sal. Sus manos amasaban mis nalgas, separándolas, un dedo juguetón rozando mi entrada húmeda.
—Qué rica estás, Ana. Tu panocha ya chorreando por mí —gruñó, y yo me reí, empoderada.
—Cállate y fóllame ya, cabrón —le ordené, guiando su verga hacia mí. La cabeza bulbosa se abrió paso, estirándome deliciosamente. Lentamente al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El sonido húmedo de mi coño tragándoselo entero era obsceno, excitante. Gemí cuando toqué fondo, su pubis raspando mi clítoris hinchado.
Cabalgué despacio al inicio, mis caderas ondulando como en un baile de salsa. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. Él se incorporó, chupando mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que arqueé la espalda. ¡Ay, qué rico! El calor subía, mi vientre contraído, nervios disparándose.
Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus embestidas fuertes, controladas, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. —¡Más duro, Marco! ¡Chíngame como en el reparto, pero de verdad! —grité, uñas clavadas en su espalda. Olía a sexo puro, a jugos mezclados, a sábanas revueltas. Su aliento en mi oreja, gruñendo mi nombre.
La tensión crecía como una tormenta. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo. Él aceleró, bolas golpeando mi culo, y sentí el orgasmo venir como un tren. —¡Me vengo, pendejo! —aullé, explotando en espasmos, chorros calientes empapándonos. Él siguió, unos empujones más, y se corrió dentro, llenándome con su leche caliente, pulsos interminables.
Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa y brillante. El aire acondicionado zumbaba, pero el calor de nuestros cuerpos era abrasador. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, besos suaves en la sien.
—Esto no fue un error, ¿verdad? —murmuró.
—Neta que no. Eres mi pasión, Marco. Y el mejor del reparto.
Nos quedamos así, escuchando el pulso del otro calmarse, la ciudad zumbando afuera. Sabíamos que mañana volveríamos al set, fingiendo otra vez. Pero ahora, cada mirada, cada roce, sería real. Nuestra propia telenovela, ardiente y sin fin.