Baile y Pasión Película Completa
El ritmo de la salsa retumbaba en el antro de Polanco como un corazón acelerado, luces neón parpadeando sobre cuerpos sudorosos que se movían al compás. Tú entraste esa noche con tus cuates, el aire cargado de humo dulce de cigarros y perfume barato mezclado con el olor terroso del tequila derramado. Órale, qué chido lugar, pensaste, mientras tus ojos barrían la pista. Ahí estaba él, el instructor de baile que todas las morras murmuraban: alto, moreno, con una sonrisa que prometía pecados envueltos en ritmo.
Él se llamaba Diego, y cuando sus miradas se cruzaron, sentiste un cosquilleo en la nuca, como si el aire se hubiera espesado. Te invitó a bailar con un guiño juguetón, su mano grande y cálida envolviendo la tuya. ¿Qué no mames? te dijiste, pero tus pies ya seguían el son, cadera contra cadera. Su pecho rozaba el tuyo con cada giro, el calor de su piel traspasando la tela fina de tu blusa. Olías su colonia fresca, con notas de madera y limón, mezclada con el salado de su sudor fresco.
La música era baile y pasión pura, esa que te hace olvidar el mundo. Diego te guiaba con maestría, sus dedos firmes en tu cintura, bajando apenas lo suficiente para que el pulso se te acelerara.
Esto es como ver una baile y pasión película completa, pero en vivo, en mis brazos, pensaste, mientras su aliento caliente te rozaba la oreja. Reías nerviosa, el corazón latiéndote en la garganta, cada paso un roce eléctrico que subía por tus muslos.
Al final de la canción, no te soltó. —Neta, bailas chingón, princesa. ¿Quieres una clase privada? Su voz ronca, con ese acento chilango juguetón, te erizó la piel. Asentiste, el deseo ya ardiendo bajo tu falda corta. Salieron del antro tomados de la mano, el bullicio quedando atrás mientras subían a su coche, un vocho tuneado con bocinas que tronaban cumbia sonidera bajita.
En su depa en la Roma, todo era luz tenue y posters de salsa en las paredes. Te sirvió un trago de mezcal ahumado, el cristal frío contra tus labios, el líquido quemándote la garganta como preludio. —Vamos a ver algo chido, dijo, sacando un DVD viejo: Baile y Pasión Película Completa. Lo puso en la tele, pero ninguno prestaba atención real. Se sentó a tu lado en el sofá de piel gastada, su muslo presionando el tuyo, el calor irradiando como fuego lento.
La pantalla mostraba parejas danzando con furia pasional, pero tus ojos estaban en él. Diego te jaló hacia su regazo con una risa pícara. —Así se baila de verdad, güey, murmuró, y tus caderas comenzaron a ondular sobre las suyas, siguiendo el ritmo imaginario. Sentías su dureza crecer bajo ti, dura y palpitante contra tu entrepierna, el roce enviando chispas por tu espina. Tus manos exploraban su pecho ancho, uñas arañando suave la camisa que se desabotonaba sola.
El beso llegó como tormenta: labios hambrientos devorándote, lengua danzando en tu boca con sabor a mezcal y deseo puro. Gemías bajito, el sonido ahogado por su boca, mientras sus manos subían por tus muslos, arrugando la falda hasta exponer tu tanga húmeda. Estás empapada, nena, susurró contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible, oliendo a vainilla de tu loción mezclada con tu aroma almizclado de excitación.
Te recostó en el sofá, su cuerpo cubriendo el tuyo como una manta viva. Desnudó tu blusa con dedos impacientes, liberando tus pechos que él lamió con devoción, lengua girando en los pezones endurecidos.
¡Ay, cabrón, no pares!gritaste en tu mente, arqueándote, el placer punzante bajando directo a tu clítoris hinchado. Tus piernas se abrieron instintivas, invitándolo, y él bajó lento, besando cada centímetro de tu vientre tembloroso.
Cuando su boca llegó ahí, fue éxtasis. Lengua experta lamiendo tu humedad salada, chupando con succiones que te hacían jadear. —Sabes a gloria, princesa, gruñó, dedos hundiéndose en ti, curvándose para tocar ese punto que te hacía ver estrellas. El sofá crujía bajo tus movimientos, el DVD olvidado tronando bailes lejanos, pero esto era la película completa: tus jugos en su barbilla, sus gemidos vibrando contra tu piel sensible.
No aguantaste más. —Métemela ya, pendejo, exigiste con voz ronca, tirando de su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que lamiste con gusto salado. La tragaste profunda, garganta acomodándose a su tamaño, sus manos enredadas en tu pelo guiándote con ritmo de baile. ¡Qué chingona chupas! jadeó, caderas empujando suave, el sabor de él llenándote la boca.
Te levantó como pluma, caminando al cuarto con tu cuerpo envuelto en él. La cama king size te recibió, sábanas frescas oliendo a él. Te puso a cuatro patas, primero, entrando de un solo empujón húmedo que te llenó por completo. ¡Sí, así! gritaste, el slap de piel contra piel resonando como tambores. Sus bolas chocaban tu clítoris con cada estocada profunda, manos apretando tus nalgas, un dedo rozando tu ano para más placer.
Cambiaron posiciones como en una coreografía perfecta: tú encima, cabalgando su polla con furia, pechos rebotando, sudor goteando de tu frente al pecho de él. Sus ojos clavados en los tuyos, —Te quiero toda, neta, murmuró, pulgares en tu clítoris girando hasta que explotaste. El orgasmo te sacudió como terremoto, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus muslos.
Él se volteó encima, embistiéndote misionero, piernas en sus hombros para penetrarte más hondo. El roce de su pubis contra tu clítoris era fuego constante, gemidos mezclándose en un coro pasional. —Me vengo, nena, avisó, y lo sentiste hincharse, chorros calientes llenándote, su peso colapsando sobre ti en éxtasis compartido.
Después, yacían enredados, piel pegajosa enfriándose al aire nocturno que entraba por la ventana. Su dedo trazaba círculos en tu espalda, besos suaves en tu sien. —Eso fue la baile y pasión película completa, ¿no? rió bajito, y tú asentiste, el corazón aún latiendo al ritmo de esa noche. El deseo no se apagó del todo; era solo el principio de más bailes, más pasión, en esta ciudad que nunca duerme.