Abismo de Pasion Capitulo 12
Ana caminaba por la playa de Puerto Vallarta con el sol poniéndose detrás de las olas, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. El viento salado le revolvía el cabello negro y largo, pegándoselo a la piel bronceada que asomaba bajo su vestido ligero de algodón mexicano, ese que compró en el mercado de Gringas. Hacía calor, pero no tanto como el fuego que le ardía en el pecho desde la pelea del día anterior con Marco. ¿Por qué carajos siempre terminaban así? pensó, mientras sus pies hundiéndose en la arena tibia la llevaban directo a la villa de él, esa casona con palmeras y piscina infinita que gritaba lujos de narco chic sin serlo.
Él la esperaba en la terraza, con una cerveza fría en la mano y los ojos clavados en el horizonte. Vestía una guayabera blanca que marcaba sus hombros anchos y pantalón de lino, descalzo como siempre en su paraíso privado. Cuando la vio, su sonrisa se ensanchó, esa que la derretía como manteca en comal caliente. —Órale, nena, ya llegaste. Pensé que me ibas a dejar plantado como pendejo, dijo con voz ronca, levantándose para abrazarla. Su olor a colonia fresca mezclada con sal marina la invadió, y Ana sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas.
—No mames, Marco, ¿tú crees que soy tan fácil de espantar? —respondió ella, riendo bajito mientras se apretaba contra su pecho firme. El roce de sus cuerpos era eléctrico, como si el abismo de pasión que los unía desde el primer beso en la boda de su carnal hace un año estuviera a punto de tragárselos de nuevo. Habían pasado once capítulos de locuras: celos en la playa, noches de tequila en cantinas de la Zona Romántica, escapadas a las sierras de Jalisco. Este, el doce, prometía ser el más intenso.
Se sentaron en los cojines de la terraza, con vista al Pacífico rugiendo suave. Marco le sirvió un mezcal ahumado, el humo del copita subiendo como sus deseos reprimidos. Hablaron de la bronca: él celoso por el wey del gym que la miró demasiado, ella harta de sus inseguridades. Pero las palabras se volvían miel mientras sus manos se rozaban.
Esto es nuestro abismo de pasión capítulo 12, pensó Ana, y no hay vuelta atrás.El mezcal calentaba su garganta, saboreando a agave quemado y limón fresco, y pronto sus labios se encontraron en un beso lento, explorador.
Las lenguas danzaban con urgencia contenida, saboreando el licor en la boca del otro. Marco la jaló a su regazo, y Ana sintió su verga endureciéndose contra su nalga, dura como tronco de mezquite. —Qué chingón se siente tenerte así, mi reina, murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel salada. Ella gimió bajito, arqueando la espalda mientras sus manos bajaban por el pecho velludo de él, desabotonando la guayabera con dedos temblorosos. El aire nocturno traía olor a jazmín de los jardines y marisma, mezclándose con el aroma almizclado de su excitación creciente.
La llevó adentro, a la recámara king size con sábanas de hilo egipcio y velas de coco encendidas que parpadeaban sombras sensuales en las paredes de adobe blanco. Ana se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga de encaje rojo y nada más. Sus tetas firmes, con pezones oscuros ya duros como piedras de obsidiana, se mecían con cada paso. Marco la devoraba con la mirada, quitándose la ropa como si quemara. Su cuerpo era un templo moreno, marcado por horas en el gym y surfeando olas gigantes. Cayó de rodillas frente a ella, besando su ombligo, bajando hasta lamer el borde de la tanga.
—Te voy a comer viva, Ana, hasta que grites mi nombre al mar —gruñó, arrancándole la prenda con los dientes. Ella jadeó cuando su lengua caliente tocó su panocha húmeda, hinchada de necesidad. El sabor salado y dulce de ella lo enloqueció; lamía despacio, chupando el clítoris con succiones expertas que la hacían temblar. Ana agarró su cabeza, enredando dedos en el cabello negro revuelto. Sonidos húmedos llenaban la habitación, mezclados con sus gemidos ahogados: —Ay, wey, no pares... qué rico, cabrón. El roce de su barba incipiente raspaba sus muslos internos, enviando chispas de placer que subían por su espina.
Pero quería más. Lo empujó a la cama, montándose sobre él como amazona en rodeo. Su verga gruesa, venosa, apuntaba al techo como bandera izada. La tomó en mano, guiándola a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba hasta el fondo. —Chingada madre, qué prieta estás, jadeó Marco, clavando uñas en sus caderas anchas. Ana empezó a cabalgar, tetas botando al ritmo de sus embestidas. El sudor perlaba sus pieles, oliendo a sexo crudo y pasión desbocada. Cada choque de pelvis era un ¡plaf! húmedo, eco en la noche.
La tensión crecía como ola gigante. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas con vista al balcón abierto. El viento fresco lamía sus nalgas expuestas mientras Marco la penetraba desde atrás, profundo y salvaje. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando ondas de éxtasis. Ana gritaba sin pudor: —¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!. Él obedecía, una mano en su pelo jalándolo suave, la otra frotando su botón hinchado. Internamente, Ana luchaba con el torbellino:
Este wey me tiene loca, neta que es mi abismo, mi capítulo eterno de pasión.El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el salitre del mar que entraba por la puerta.
La intensidad subía, pulsos latiendo como tambores de mariachi en fiesta. Marco aceleraba, gruñendo como fiera: —Me vengo, nena, agárrate. Ana sintió el primer espasmo de él dentro, caliente y espeso, detonando su propio orgasmo. Olas de placer la barrieron, contrayendo su panocha alrededor de su verga en espasmos interminables. Gritó su nombre al viento, cuerpo convulsionando mientras lágrimas de puro gozo rodaban por sus mejillas. Él se derrumbó sobre ella, protegiéndola con su peso, besando su espalda empapada.
Quedaron tendidos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones jadeantes calmándose al unísono con el romper de las olas lejanas. Marco le acariciaba el cabello, oliendo a vainilla de su shampoo. —Te amo, mi chula, perdóname por el pedo de ayer, susurró. Ana sonrió, girando para besarlo suave, saboreando el sudor salado en sus labios. El abismo de pasión capítulo 12 había sido su redención, un clímax que borraba rencores y avivaba el fuego eterno. Afuera, la luna llena bendecía su unión, prometiendo más capítulos de éxtasis en este paraíso mexicano. Se durmieron así, piel con piel, con el corazón latiendo al ritmo del mar.