Pasión de Cristo Enrique Rambal en Carne Viva
El sol de Iztapalapa caía como plomo derretido sobre la multitud apiñada en las calles empedradas. El olor a incienso se mezclaba con el sudor de miles de cuerpos apretujados, y el aire vibraba con cantos roncos y tambores que retumbaban en el pecho como latidos acelerados. Yo, María, una morra de veinticinco tacos bien puestos, con mi falda floreada pegada a las caderas por el calor agobiante, no podía quitarle los ojos de encima al hombre que encarnaba al Cristo. Enrique Rambal, el actor que todos decían era el más chingón para ese papel, caminaba con esa cruz pesada sobre los hombros anchos, el cuerpo semidesnudo brillando bajo el sol, marcado por látigos falsos que parecían reales.
Desde mi lugar en la primera fila, sentía el calor subirle por las piernas hasta el ombligo. Su piel morena, tensa sobre músculos que se contraían con cada paso, olía a hombre puro: tierra, sal y algo más, un aroma varonil que me hacía mojarme sin remedio. Qué rico se ve sufriendo así, pensé, mientras el público gritaba "¡Perdónanos!" y yo solo quería perderme en esa mirada atormentada que lanzaba al cielo. La Pasión de Cristo Enrique Rambal no era solo teatro; era un fuego que me quemaba por dentro, un deseo que me hacía apretar los muslos uno contra el otro para calmar el pulso entre mis piernas.
¿Por qué este wey me pone así? Es Cristo, carnal, pero se ve tan... comible.
La procesión avanzó, y cuando lo "azotaron" contra el poste, su espalda arqueada, el gemido que soltó –parte actuación, parte esfuerzo real– me erizó la piel. Sentí un cosquilleo en los pezones, duros como piedras bajo mi blusa de algodón. Alrededor, la gente lloraba, pero yo ardía. Quería lamer esas gotas de sudor que rodaban por su pecho, probar el salado de su piel, hundir las uñas en esa carne que prometía tanto placer.
Al final del Viacrucis, cuando lo bajaron de la cruz y la multitud se dispersó como hormigas, yo no me moví. Me colé por un callejón lateral, guiada por el instinto de una gata en celo. Ahí, detrás de las lonas improvisadas del escenario, lo encontré. Enrique Rambal, ya sin el disfraz completo, pero todavía con la túnica raída pegada al cuerpo sudoroso. Se secaba el rostro con una toalla vieja, el cabello negro revuelto, los ojos cafés profundos como pozos de tentación.
–Oye, morra, ¿qué haces aquí? Esto es zona de cuates, dijo con esa voz grave que había oído amplificada en la calle, pero ahora íntima, como un ronroneo.
Me acerqué, el corazón tronándome en las sienes. Olía a él de cerca: jabón rudo, sudor fresco y un toque de colonia barata que me mareaba. –Vine por la Pasión de Cristo Enrique Rambal, pero no la del libreto. La de verdad –le solté, con la voz temblorosa pero los ojos fijos en su boca carnosa.
Él sonrió, una curva pícara que no pegaba con el Cristo santo. –¿Y cuál crees que es la de verdad, reina?
Acto primero del nuestro: la chispa. Me tomó de la mano, su palma callosa rozando mi piel suave, y me jaló a una casucha abandonada al fondo del lote. Adentro, el aire era espeso, cargado de polvo y calor, pero fresco comparado con la calle. Se quitó la túnica de un tirón, quedando en boxers ajustados que no dejaban nada a la imaginación. Su verga se marcaba gruesa, semi-dura ya, y yo tragué saliva, sintiendo mi concha palpitar de anticipación.
–Eres preciosa, con esa mirada de pecadora arrepentida –murmuró, acercándose. Sus manos grandes subieron por mis brazos, erizándome la piel, hasta desabrochar mi blusa con dedos hábiles. Mis tetas saltaron libres, pezones oscuros y tiesos pidiendo atención. Los tomó en sus palmas, amasándolos suave al principio, luego pellizcando con justo el filo de dolor que me hacía gemir.
Yo no me quedé atrás. Le bajé los boxers, liberando esa polla morena, venosa, que se paró dura como la cruz que cargó. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre la rigidez de acero. –Qué chingona está, mi rey, le dije, arrodillándome para lamerla desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, como néctar prohibido.
Él jadeó, enredando los dedos en mi pelo. –Sigue así, María, que me vas a volver loco. Su voz era un gruñido bajo, vibrando en mi clítoris sin tocarlo siquiera.
Pero no era solo carne; había algo más. Mientras lo chupaba, succionando con hambre, él me confesó: –Cada año hago esta pasión, y cada vez siento el fuego de verdad. Tú lo viste en mis ojos, ¿verdad? Ese Cristo que quiere pecar.
Yo levanté la vista, con su verga brillando de mi saliva. –Sí, y yo quiero ser tu Magdalena, la que te lava los pies... y todo lo demás.
La tensión crecía como tormenta en el DF. Me puso de pie, me quitó la falda y las chonas de un jalón. Desnuda, mi cuerpo curvilíneo expuesto, piel canela sudada, él me devoró con los ojos. Me recargó contra la pared áspera, que raspaba mi espalda pero avivaba el placer. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas como los azotes de la obra. Chupó mis tetas, lengua girando en los pezones, tirando suave hasta que grité bajito.
¡Ay, cabrón, no pares! Esto es mejor que cualquier misa.
Sus dedos bajaron, abriendo mis labios húmedos, metiéndose dos de golpe en mi coño empapado. Entraban y salían con sonidos chapoteantes, rozando ese punto que me hacía arquearme. –Estás chorreando, nena, tan lista para mí –gruñó, mientras yo le clavaba las uñas en los hombros anchos.
Lo empujé al suelo polvoriento, sobre una cobija vieja que sacó de quién sabe dónde. Me subí encima, frotando mi panocha contra su verga dura, lubricándola con mis jugos. El roce era eléctrico, piel contra piel resbalosa, olores mezclados: mi almizcle femenino, su macho intenso, el polvo seco de la casucha.
–Métemela ya, Enrique, no aguanto –supliqué, y él obedeció. Agarrándome las caderas, me empaló de un solo empujón. Su polla gruesa me llenó hasta el fondo, estirándome delicioso, golpeando mi cervix con cada embestida. Cabalgué como loca, tetas rebotando, sudor goteando de mi frente a su pecho. Él subía las caderas, clavándosela más hondo, sus bolas chocando contra mi culo con palmadas húmedas.
El ritmo se aceleró, jadeos sincronizados, cuerpos chocando en un slap-slap frenético. Sentía su pulso en mi interior, mi clítoris rozando su pubis piloso. –¡Más fuerte, Cristo mío, chíngame como al mundo! –grité, y él rio ronco, volteándome para ponerme a cuatro.
Desde atrás, era bestial. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, verga entrando y saliendo como pistón. El sonido de carne mojada, nuestros gemidos ecoando en la casucha, el olor a sexo crudo impregnando todo. Me metió un dedo en el culo, girándolo suave, y exploté. El orgasmo me sacudió como rayo, coño contrayéndose alrededor de su polla, jugos chorreando por mis muslos. –¡Sí, así, María, apriétame! –rugió él, y se vino segundos después, llenándome de chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos derrumbamos, enredados, piel pegajosa de sudor y semen. Su aliento caliente en mi nuca, manos acariciando mi vientre suave. El sol se colaba por las rendijas, tiñendo todo de dorado. –Esto fue la verdadera Pasión de Cristo Enrique Rambal, mi Magdalena –susurró, besándome el hombro.
Yo sonreí, saciada, el cuerpo pesado de placer. Afuera, los ecos de la procesión seguían, pero nosotros habíamos encontrado nuestra redención en la carne. Me giré, besándolo lento, saboreando el afterglow. –Vuelve el próximo año, carnal. Trae la cruz... y nada más.
Él rio, y en ese momento supe que esta pasión no acababa ahí. El fuego de Iztapalapa nos había marcado para siempre.