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Pasión y Poder Capítulo 72 Fuego en las Venas

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Pasión y Poder Capítulo 72 Fuego en las Venas

Ana María se recargaba en el amplio ventanal de su penthouse en Polanco, con la ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes a sus pies. El aire nocturno traía un leve aroma a jazmín del jardín colgante, mezclado con el humo distante de los taquitos callejeros. Llevaba un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas generosas, la jefa implacable en el mundo de los negocios, pero esta noche su mente bullía con algo más primitivo. Diego, su amante secreto, el tipo que la desafiaba en las juntas y la volvía loca en la cama, había prometido llegar tarde. Pasión y poder, pensó, recordando cómo su relación era como esas novelas que devoraba de morbo, este sería el capítulo 72 de su saga privada, donde el control se invertía deliciosamente.

El sonido de la llave en la cerradura la hizo enderezarse, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Diego entró, alto y moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su torso. Olía a colonia cara y a la lluvia fresca que acababa de caer en Reforma. Sus ojos cafés la devoraron de inmediato, una sonrisa pícara curvando sus labios carnosos.

Buenas noches, reina —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel—. ¿Me extrañaste, o sigues pensando que mandas tú?

Ana se giró lentamente, sintiendo el roce sedoso del vestido contra sus muslos.

¿Mandar? Esta noche quiero que me domines, cabrón, pero no te lo voy a decir tan fácil
, pensó, mientras se acercaba con pasos felinos. Sus tacones resonaban en el mármol pulido del piso. Extendió una mano y rozó su pecho, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina.

—Ven aquí, pendejo —susurró ella, juguetona, tirando de su corbata para acercarlo—. Hoy cerré el trato con los gringos, pero tú... tú eres mi premio.

Diego la atrapó por la cintura, sus manos grandes y callosas —herencia de sus días en la construcción antes de escalar en la empresa— apretándola contra él. El contacto fue eléctrico; ella sintió su erección presionando contra su vientre, dura y prometedora. Inhaló su aroma masculino, a sudor limpio y deseo crudo. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con urgencia, saboreando el tequila que él había bebido antes. ¡Ay, Dios, este hombre me prende como mecha!

La llevó hacia el sofá de cuero italiano, sin soltarla. Ana se dejó caer, abriendo las piernas invitadoramente. Él se arrodilló entre ellas, subiendo el vestido por sus muslos suaves, besando cada centímetro de piel expuesta. El roce de su barba incipiente le provocó escalofríos deliciosos, como chispas en su carne sensible.

—Eres tan rica, Ana —murmuró contra su interior del muslo, su aliento caliente haciendo que su centro palpitara—. Déjame probarte.

La tensión inicial era palpable, un juego de poder donde ella fingía resistirse, arqueando la espalda pero empujando su cabeza más profundo. Sus dedos se enredaron en el cabello negro y ondulado de Diego, guiándolo. El sonido de su lengua lamiendo su humedad era obsceno, húmedo y rítmico, mezclado con sus gemidos ahogados. Olía a su excitación, almizclado y dulce, como miel caliente.

Esto es pasión y poder en su máxima expresión, reflexionó Ana en su mente nublada, mientras el placer subía en oleadas. Recordaba sus primeras noches, cuando él era solo un empleado ambicioso y ella la ejecutiva intocable. Ahora, en este capítulo 72 de su historia, se entregaban sin reservas.

Diego se incorporó, quitándose la camisa con un movimiento fluido. Sus músculos se tensaron bajo la luz tenue de las lámparas, pectorales firmes y abdomen marcado. Ana lo miró con hambre, extendiendo las manos para acariciar su piel salada. Lo jaló hacia abajo, montándose a horcajadas sobre él. El cuero del sofá crujió bajo su peso combinado. Desabrochó su pantalón, liberando su miembro grueso y venoso, que saltó palpitante. Lo tomó en su mano, sintiendo su calor pulsante, la piel aterciopelada sobre acero.

Chíngame ya, Diego —exigió ella, voz entrecortada, guiándolo hacia su entrada húmeda.

Él la penetró de un solo empujón profundo, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento exquisito haciendo que sus paredes internas lo apretaran. Comenzaron a moverse en sincronía, ella cabalgándolo con furia, caderas girando en círculos sensuales. El slap-slap de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, junto con sus respiraciones jadeantes y maldiciones cariñosas.

—¡Así, mi amor, rómpeme! —gimió ella, uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos.

La intensidad escalaba. Diego la volteó sin salir de ella, poniéndola de rodillas en el sofá. Ahora él mandaba, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada, una mano en su cadera, la otra enredada en su cabello largo y negro. Cada thrust profundo tocaba ese punto dulce dentro de ella, enviando descargas de éxtasis por su espina. Sudaban profusamente, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el perfume floral de ella. Ana sentía sus pechos rebotando, pezones duros rozando el cuero áspero.

En este momento, no hay juntas ni contratos, solo nosotros, puro fuego
, pensó, mientras el orgasmo se acercaba como una tormenta. Diego aceleró, gruñendo como animal, su mano bajando para frotar su clítoris hinchado en círculos precisos.

—Ven conmigo, cariño —la urgió, voz quebrada.

El clímax la golpeó como un rayo, su cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñando su polla en espasmos rítmicos. Gritó su nombre, visión nublada por estrellas. Él la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un rugido gutural, calor líquido inundándola.

Colapsaron juntos, exhaustos y satisfechos, cuerpos entrelazados en el sofá. Diego la besó en la nuca, suave ahora, mientras sus respiraciones se calmaban. Ana sintió su semen goteando por sus muslos, un recordatorio pegajoso y erótico. El pulso de la ciudad afuera parecía sincronizarse con sus corazones latiendo al unísono.

—Eres mi todo, Ana —susurró él, acariciando su vientre suave—. En este juego de pasión y poder, siempre ganamos los dos.

Ella sonrió, girándose para mirarlo a los ojos, esos ojos que la hipnotizaban. Capítulo 72 completado, pensó con picardía. Mañana volverían a las máscaras profesionales, pero esta noche, en el afterglow tibio, se sentían invencibles. El aroma a sexo y amor perduraba, prometiendo más capítulos en su interminable saga de deseo.

Se levantaron despacio, rumbo a la regadera de lluvia en el baño principal. Bajo el chorro caliente, jabón espumoso deslizándose por sus cuerpos, se lavaron mutuamente con ternura. Sus manos exploraron de nuevo, suaves caricias que avivaban brasas dormidas. Ana saboreó el agua cayendo en sus labios, mezclada con el sabor salado de su piel. Diego la enjabonó los senos, pulgares rozando pezones sensibles, provocándole suspiros.

—No te canses, guapo —bromeó ella, presionándose contra él—. Esto apenas empieza.

Pero esta vez fue lento, amoroso. Él la levantó contra la pared de azulejos fríos, penetrándola con gentileza, miradas clavadas. Movimientos pausados, profundos, construyendo otra ola de placer compartido. Gemidos suaves, besos interminables. Cuando llegaron al segundo orgasmo, fue como una marea suave, envolviéndolos en paz absoluta.

Envueltos en albornoz esponjoso, se tumbaron en la cama king size, con vistas al skyline iluminado. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.

Pasión y poder capítulo 72: el que nos une más
, reflexionó, mientras el sueño los reclamaba. Mañana, nuevos retos, pero su conexión era inquebrantable, un fuego que ardía eterno en las venas de ambos.

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