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Abismo de Pasión Capítulo 90

7204 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 90

Ana se recargaba en la barandilla de la terraza, el viento fresco de la noche en Condesa revolviendo su cabello negro largo. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban abajo como un mar de estrellas caídas, y el aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el humo lejano de unos tacos al pastor que algún taquero preparaba en la calle. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa, y su piel morena brillaba bajo la luz tenue de las velas que Javier había encendido antes de salir a comprar el tequila. Hacía una semana que no se veían, una semana de mensajes calientes y llamadas jadeantes que la tenían al borde. ¿Cuánto más aguantaría esta hambre? pensó, mordiéndose el labio.

Este abismo de pasión capítulo 90 va a ser el que nos trague del todo, Javier. No mames, cómo te extraño tu calor adentro de mí.

El sonido de la puerta corredera la hizo voltear. Ahí estaba él, alto, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado con un águila mexicana estilizada. Javier traía dos botellas de tequila reposado y una sonrisa pícara que le aceleraba el pulso. Órale, mi rey, murmuró ella para sí, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

—Nena, ¿me extrañaste? —dijo él con esa voz ronca que parecía acariciar su piel, acercándose con pasos lentos, como si supiera el efecto que causaba.

—Más de lo que crees, pendejo —rió Ana, girándose para enfrentarlo. Sus ojos chocolate se clavaron en los de él, verdes como el tequila que vertía en los vasos—. Esta semana fue un pinche infierno sin ti.

Chocaron los vasos, el cristal tintineando como un preludio. El tequila bajó ardiente por su garganta, calentándola por dentro, y Javier la jaló por la cintura. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, explorando, saboreando el licor en la boca del otro. Ana sintió su lengua, juguetona, y un gemido se le escapó. El olor de su colonia, madera y especias, la envolvió, y sus manos subieron por la espalda de él, arañando ligeramente la tela.

La tensión crecía como una tormenta. Javier la levantó sin esfuerzo, sentándola en la mesa de la terraza, rodeada de macetas con buganvilias que perfumaban el aire. Sus dedos bajaron el tirante del vestido, exponiendo un hombro, y besó ahí, mordisqueando la piel salada. Ana arqueó la espalda, el roce de sus labios enviando chispas por su espina dorsal.

—Te ves cañón con ese vestido, mamacita —susurró él contra su cuello, inhalando su aroma a vainilla y deseo—. Quiero comerte entera.

Ella rio bajito, tirando de su cabello para besarlo más profundo. Sus lenguas danzaban, húmedas y urgentes, mientras las manos de Javier subían por sus muslos, empujando el vestido hasta la cadera. Ana sintió el aire fresco en sus piernas desnudas, y el calor de sus palmas contrastando. Qué rico se siente esto, pensó, abriendo las piernas para invitarlo.

El beso se volvió feroz, dientes chocando, respiraciones entrecortadas. Javier deslizó una mano entre sus muslos, encontrando la tanga de encaje húmeda. Rozó con los dedos, lento, torturándola. Ana jadeó, el sonido ahogado por su boca.

—Estás empapada, mi amor —gruñó él, separándose para mirarla a los ojos, esa mirada que la desnudaba más que cualquier prenda.

—Es por ti, cabrón —respondió ella, desafiante, y lo jaló para desabotonar su camisa del todo. Sus uñas recorrieron el pecho velludo, bajando hasta el cinturón. El sonido del metal desabrochándose fue como un trueno lejano.

Se levantaron, tambaleantes de deseo, y entraron al departamento. La música de fondo, un bolero suave de José Alfredo Jiménez, flotaba desde los altavoces, envolviéndolos en nostalgia romántica. Javier la empujó contra la pared del pasillo, el yeso fresco en su espalda contrastando con el fuego de sus cuerpos. Besos en el cuello, chupetones que dejarían marcas, manos explorando sin prisa pero con hambre.

Ana lo guió al cuarto, la cama king size con sábanas de algodón egipcio esperándolos. Lo tumbó y se subió encima, el vestido ahora un estorbo. Se lo quitó de un jalón, quedando en bra y tanga negra. Javier la devoraba con los ojos, su erección presionando los pantalones.

—Quítate todo, quiero verte —ordenó ella, voz ronca, y él obedeció, quitándose camisa, pantalón, boxers. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando a ella. Ana salivó, el olor almizclado de su excitación llegando a su nariz.

Se inclinó, besando su abdomen, lamiendo el sudor salado. Bajó más, hasta tomar la punta en su boca, saboreando el precum salado. Javier gimió fuerte, ¡Ay, carajo!, sus caderas moviéndose. Ella chupó lento, lengua girando, manos masajeando las bolas pesadas. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos.

Esto es el abismo de pasión capítulo 90, donde me pierdo en ti, Javier. No pares, mi vida.

Él la detuvo, jalándola arriba. —Ahora tú, nena. Quiero saborearte.

La volteó, quitándole la tanga con dientes. Ana se abrió de piernas, expuesta, el aire fresco en su coño mojado. Javier besó sus muslos internos, mordiendo suave, subiendo hasta el clítoris hinchado. Lo lamió plano, lento, y ella gritó, ¡Sí, así, pinche rico! Su lengua entraba y salía, chupando jugos dulces, dedos curvándose dentro para tocar ese punto que la volvía loca. El olor de su arousal, almizcle y miel, lo enloquecía. Ana se retorcía, uñas en su cabello, caderas empujando contra su cara.

La tensión subía, sus cuerpos sudados pegándose. Javier se posicionó, verga rozando su entrada húmeda. —Dime que me quieres adentro —pidió, ojos fijos en los de ella.

—Métemela ya, amor. Fóllame duro —suplicó Ana, envolviendo piernas en su cintura.

Entró de un empujón suave, llenándola centímetro a centímetro. Ambos gimiendo, el estiramiento perfecto. Se movieron lento al principio, sintiendo cada vena, cada contracción. El slap de piel contra piel, sudor goteando, respiraciones sincronizadas. Javier aceleró, embistiendo profundo, sus tetas rebotando. Ana clavaba uñas en su espalda, ¡Más fuerte, cabrón!

Cambiaron posiciones, ella a cuatro patas, él atrás, jalando su cabello como riendas. El espejo al frente les devolvía la imagen obscena: ella con boca abierta, él sudado y concentrado. El clítoris frotándose en sus embestidas, orgasmos construyéndose.

—Me vengo, Javier... ¡No pares! —gritó Ana, el mundo explotando en olas de placer, coño apretando su verga como un puño.

Él gruñó, ¡Yo también, nena!, corriéndose dentro, chorros calientes llenándola. Colapsaron, jadeantes, cuerpos temblando en afterglow.

Minutos después, envueltos en sábanas, Javier la besaba la frente, oliendo a sexo y tequila. —Esto fue épico, mi reina. Capítulo 90 del abismo de pasión, ¿no?

Ana sonrió, trazando su pecho con dedo. —El mejor, mi amor. Y hay más por venir.

El viento traía ecos de la ciudad, pero en ese cuarto, solo existían ellos, saciados, conectados en el abismo eterno de su pasión.

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