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La Actriz de Leyendas de Pasión en Mis Brazos

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La Actriz de Leyendas de Pasión en Mis Brazos

En el bullicio del foro de Coyoacán, donde las luces de neón parpadeaban como estrellas coquetas, vi por primera vez a ella. La actriz de Leyendas de Pasión, esa morra que había visto en la tele tantas noches, con su melena negra cayendo en ondas salvajes y unos ojos cafés que prometían pecados deliciosos. Yo era solo un carnal cualquiera, un fotógrafo freelance que cubría el evento de fans, pero cuando sus miradas se cruzaron, sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Olía a jazmín y a algo más profundo, un aroma femenino que me erizaba los vellos de la nuca.

Neta, pensé, ¿por qué una diosa como ella me miraría a mí? Me acerqué con mi cámara, pretextando una foto, y le dije: "Oye, güey, ¿me das chance de capturarte en tu mejor ángulo?" Ella rio, una carcajada ronca que vibró en mi pecho, y posó con esa curva de cadera que volvía locos a medio México. "Claro, carnal, pero solo si me prometes no venderla en la deep web", contestó con guiño pícaro. Su voz era miel caliente, y de cerca, su piel brillaba como mantequilla fresca bajo el sol poniente.

La charla fluyó como tequila reposado. Hablamos de la telenovela, de cómo Leyendas de Pasión la había catapultado a la fama, pero también de lo sola que se sentía entre flashes y guiones falsos. Yo le conté de mis sueños rotos en la ciudad, de noches en el Roma buscando inspiración en rooftops. El deseo empezó como un fuego lento en mi vientre, viendo cómo sus labios se movían, rojos y jugosos, imaginando su sabor. Ella se acercó más, su aliento cálido rozando mi oreja: "¿Sabes qué? Hoy quiero algo real, no un set de filmación". Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo como tamborazo zacatecano.

La llevé a mi depa en la Condesa, un loft chido con vistas al Parque México. En el taxi, su muslo rozaba el mío, una fricción deliberada que me ponía la verga tiesa bajo los jeans.

¿Esto está pasando de veras? La actriz de Leyendas de Pasión en mi carro, oliendo a deseo puro
, me dije, mientras mis dedos trazaban círculos inocentes en su rodilla. Ella suspiró, un sonido suave como seda rasgándose, y murmuró: "Tócame más, no seas pendejo tímido".

Al entrar, la besé contra la puerta. Sus labios eran fuego líquido, sabían a chicle de tamarindo y a promesas rotas. Gemí contra su boca, mis manos explorando la curva de su cintura, sintiendo el calor de su piel a través del vestido ajustado. Ella se arqueó, clavando las uñas en mi espalda, un pinchazo placentero que me hizo gruñir. "Quítamelo todo", ordenó, su voz ronca de necesidad. Le bajé el vestido despacio, revelando pechos firmes, pezones duros como chiles habaneros, y la devoré con la mirada. El aroma de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, como miel de maguey.

La cargué al sillón de cuero, que crujió bajo nuestro peso. Mis labios bajaron por su cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando esa clavícula que tanto admiraba en la tele. Ella jadeaba, "¡Sí, cabrón, así!", mientras sus manos desabrochaban mi camisa, arañando mi pecho. Sentí su concha húmeda contra mi pierna cuando la abrí de piernas, mis dedos deslizándose por sus muslos suaves como pétalos de cempasúchil. La toqué ahí, despacio al principio, círculos en su clítoris hinchado, y ella se convulsionó, un gemido gutural escapando de su garganta. Su calor me quema, neta es una diosa, pensé, mientras introducía un dedo, luego dos, sintiendo sus paredes apretarme como un puño de terciopelo.

Pero no quería apresurar el clímax. La puse de rodillas en la alfombra persa, su culo redondo alzado como ofrenda. Le comí el coño desde atrás, lengua hurgando en sus pliegues jugosos, saboreando su néctar ácido y adictivo. Ella empujaba contra mi cara, gritando: "¡No pares, pinche amor, me vas a matar de gusto!" El sonido de su placer era música, chapoteos húmedos y respiraciones entrecortadas. Mi verga palpitaba, goteando pre-semen, rogando atención, pero la hice esperar, lamiendo hasta que sus piernas temblaron.

Me incorporé, quitándome los pantalones con prisa. Ella se volteó, ojos brillantes de lujuria, y me miró como si fuera su trofeo. "Dámela, quiero sentirte todo", suplicó, guiándome a su entrada. La penetré de un solo empujón, su coño envolviéndome como guante caliente y resbaloso. ¡Chingada madre! El roce era exquisito, cada embestida un estallido de fricción divina. Nos movíamos al unísono, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de cuerpos chocando resonando en la habitación. Sus tetas rebotaban hipnóticas, y las chupé, mordiendo pezones que se endurecían en mi boca.

La volteé boca arriba, piernas sobre mis hombros, profundizando cada estocada. Ella clavaba las uñas en mis nalgas, urgiéndome: "¡Más fuerte, hazme tuya!" Sudábamos como en sauna de temazcal, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sentí su orgasmo venir primero, su coño contrayéndose en espasmos rítmicos, un grito agudo rompiendo el silencio: "¡Me vengo, ay wey!" Eso me llevó al borde, mi verga hinchándose, bolas apretadas. Me corrí dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola, nuestro placer fusionándose en éxtasis compartido.

Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. Acaricié su cabello húmedo, oliendo a vainilla y pasión gastada. "Neta, carnal, eso fue legendario", murmuró ella, besando mi piel salada. Yo sonreí, pensando en cómo la actriz de Leyendas de Pasión había convertido mi noche en una telenovela erótica real. No hubo promesas, solo ese afterglow tibio, cuerpos entrelazados bajo la luna de la Condesa.

Al amanecer, mientras preparaba café de olla, ella se vistió con gracia felina. "Vuelve cuando quieras, mi fotógrafo pendejo", dijo con guiño, dejando su número en una servilleta. Salí a la terraza, el sol calentando mi piel aún sensible, recordando cada roce, cada gemido. La vida es chida cuando las leyendas se hacen carne, reflexioné, sabiendo que esa noche había cambiado algo en mí para siempre.

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