Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad El Fuego de la Pasión Parte 2 El Fuego de la Pasión Parte 2

El Fuego de la Pasión Parte 2

6462 palabras

El Fuego de la Pasión Parte 2

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo el mar de un azul turquesa que invitaba a perderse en sus olas. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa que compartíamos con Javier, mi amor de hace un año, ese pendejo encantador que me había dejado con el corazón latiendo como tambor en la primera parte de nuestra historia. Habíamos prometido no vernos por meses para que la llama no se apagara, pero aquí estábamos, solos en esta casa frente al mar, con el aroma salado del océano colándose por las ventanas abiertas.

Lo vi salir de la cocina, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que me deshacía las rodillas. Llevaba solo unos shorts ajustados que marcaban cada músculo de sus piernas morenas, el pecho desnudo brillando con gotas de sudor. Chingado, qué hombre. Mi cuerpo reaccionó al instante: un cosquilleo en el vientre, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera de algodón.

Esto es el fuego de la pasión parte 2, pensé, y no voy a dejar que se apague esta vez.

Vente para acá, ricura —me dijo con esa voz ronca, típica de los vallartenses, extendiendo la mano—. Te extrañé tanto que duele.

Me acerqué despacio, sintiendo la arena caliente bajo los pies descalzos, el viento juguetón levantando mi falda veraniega. Nuestras manos se tocaron y fue como una chispa: piel contra piel, cálida y áspera por el sol. Lo abracé, inhalando su olor a mar y hombre, ese perfume natural que me volvía loca. Sus labios rozaron mi cuello, suaves al principio, luego con más hambre, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja.

Estás cañón, Ana —murmuró, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con firmeza—. No sabes las noches que soñé con esto.

El comienzo de nuestra segunda ronda de pasión era puro fuego lento. Nos besamos en la terraza, con el rumor de las olas como banda sonora, el sol quemando nuestras espaldas. Mi lengua exploró su boca, saboreando la cerveza fría y el salitre. Él gemía bajito, un sonido gutural que vibraba en mi pecho, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna.

Entramos a la villa sin soltarnos, tropezando con los muebles, riendo como güeyes enamorados. La habitación principal era un paraíso: cama king size con sábanas blancas revueltas, ventiladores girando perezosamente, y el balcón abierto dejando entrar la brisa marina. Lo empujé contra la cama, montándome encima, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de la tela fina.

En el medio de todo, la tensión subía como la marea. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis senos libres, los pezones oscuros y erectos rogando su atención. Javier se incorporó, chupándolos con avidez, su lengua caliente y húmeda trazando círculos que me arrancaban jadeos. ¡Qué chido se siente esto! Mi mano bajó a sus shorts, liberando su verga gruesa y palpitante. La tomé, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, el calor irradiando como lava.

Quiero devorarlo entero, que me llene hasta el fondo, que me haga olvidar el mundo.

Súbete, mami —gruñó, ayudándome a quitarme la tanga empapada. El olor a excitación flotaba en el aire, mezclado con jazmín del jardín y sudor fresco. Me posicioné sobre él, rozando mi humedad contra su punta, torturándonos a los dos. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándome, llenándome por completo. Era perfecto, como si nuestros cuerpos hubieran sido tallados el uno para el otro.

Cabalgamos así un rato, mis caderas moviéndose en círculos lentos, sintiendo cada roce interno, el slap slap de piel contra piel resonando en la habitación. Javier agarraba mis tetas, pellizcando los pezones, su mirada clavada en la mía, llena de ese amor salvaje. Estás preciosa así, cabalgándome como reina, dijo entre dientes, y yo aceleré, el placer acumulándose en mi vientre como una tormenta.

Pero no era solo físico; había profundidad. Recordé nuestra primera vez, en esa fiesta en la Zona Romántica, cómo nos encontramos entre luces neón y ritmos de cumbia. Habíamos separado por trabajo —yo en la CDMX, él aquí—, pero las llamadas nocturnas, los mensajes calientes, habían avivado el fuego. Ahora, en este momento, luchaba internamente: ¿Y si duele de nuevo separarnos? ¿Vale la pena este éxtasis? Pero su mano en mi clítoris, frotando con maestría, borró todo pensamiento. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sudor chorreando por mi espina.

Cambiamos posiciones. Me puso de rodillas en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Entró por detrás, profundo y posesivo, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. El sonido era obsceno, húmedo, acompañado de mis gritos: ¡Más, Javier, no pares, cabrón! Él reía, azotando suavemente mis nalgas, el ardor delicioso sumándose al placer. Olía a sexo puro, a fluidos mezclados, a nosotros.

La intensidad crecía. Sus dedos encontraron mi clítoris de nuevo, mientras me penetraba con ritmo frenético. Sentía mi orgasmo acercándose, un nudo apretado listo para explotar. Ven conmigo, amor, jadeó, y lo hice: el mundo se volvió blanco, mi coño contrayéndose alrededor de él en oleadas imparables, gritando su nombre mientras temblaba. Él se corrió segundos después, caliente y abundante dentro de mí, rugiendo como animal, colapsando sobre mi espalda.

En el final, el afterglow fue puro terciopelo. Nos quedamos tendidos, enredados en las sábanas húmedas, el ventilador secando nuestro sudor. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. Besé su cabello revuelto, oliendo a sal y pasión gastada.

Esto es lo que quiero para siempre, Ana —susurró, trazando círculos en mi vientre—. No más separaciones. Quédate aquí conmigo.

Sonreí, sintiendo una paz profunda, el mar susurrando promesas afuera. El fuego de la pasión no se había apagado; ardía más fuerte, eterno como las olas. Mañana decidiríamos, pero esta noche, en sus brazos, todo era perfecto. Mi cuerpo zumbaba de satisfacción, la piel sensible a cada roce, el sabor de sus besos aún en mis labios.

Nos dormimos así, con la luna iluminando la habitación, sabiendo que esta parte 2 era solo el comienzo de algo más grande, más ardiente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.