Marea de Pasiones Capitulo 1
El sol de Puerto Vallarta se hundía en el Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas perezosas de la playa. Ana caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano suave rozando la planta de sus pies, mientras el salitre del mar le llenaba las fosas nasales con ese olor fresco y salado que siempre le aceleraba el pulso. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a su piel morena por la brisa húmeda, marcando las curvas de sus caderas y el swell de sus senos. Hacía meses que no se sentía tan viva, tan pendeja por la vida, lista para dejarse llevar por lo que viniera.
La fiesta en la playa ya estaba en su apogeo. Música de cumbia rebajada retumbaba desde los altavoces, mezclándose con las risas de la gente y el romper constante de las olas. Ana se sirvió un michelada en el bar improvisado, el limón fresco explotando en su lengua junto al picor de la chile y la espuma fría de la cerveza. Sus ojos escanearon la multitud hasta que lo vio: él. Alto, con piel bronceada por el sol mexicano, cabello negro revuelto por el viento y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Vestía una camisa guayabera abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que bajaba hacia unos abdominales marcados. Órale, qué chulo, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.
Se acercó sin pensarlo dos veces, balanceando las caderas con ese andar coqueto que las morras de Guadalajara perfeccionan desde chavas. Él la miró de arriba abajo, sus ojos cafés deteniéndose en sus labios carnosos.
—Qué onda, preciosa —dijo él con voz grave, como ron miel, extendiendo la mano—. Soy Marco, de aquí de la costa.
—Ana, de la perla tapatía —respondió ella, apretando su mano firme y cálida, notando cómo sus dedos callosos rozaban su palma enviando chispas por su espina—. ¿Y tú qué, andas pescando algo en esta marea?
Él rio, un sonido profundo que vibró en el pecho de Ana. Pidieron otra ronda y se sentaron en una banca de madera junto al mar. Hablaron de todo: de las pozas azules de Marietas, de tacos al pastor con piña derretida que sabe a gloria, de cómo la vida en la playa te obliga a soltar amarras. Marco olía a loción de coco mezclada con sudor masculino, un aroma que le hacía agua la boca. Ana sentía su propia piel erizándose cada vez que él se inclinaba para susurrarle al oído, su aliento caliente rozando su lóbulo.
Este wey me va a volver loca, pensó ella. Siento como si una marea de pasiones estuviera subiendo dentro de mí, arrastrándome sin remedio.
La noche avanzaba y la tensión crecía como las olas que lamían la orilla. Bailaron bajo las luces de neón, cuerpos pegados, sus caderas moviéndose al ritmo de la banda. Las manos de Marco se posaron en la cintura de Ana, bajando despacio hasta el borde de sus glúteos, apretando con justo la presión que la hacía jadear. Ella giró, presionando su trasero contra la dureza que crecía en los pantalones de él, sintiendo el calor palpitante a través de la tela. El sudor les perlaba la piel, salado al gusto cuando ella lamió el cuello de Marco, saboreando su esencia marina y viril.
—Ven conmigo —murmuró él contra su boca, los labios rozándose sin besarse aún, prometiendo más.
Ana asintió, el corazón latiéndole como tambor en el pecho. Caminaron tomados de la mano hacia su cabaña en el resort, el camino iluminado por antorchas que proyectaban sombras danzantes. Dentro, el aire acondicionado era un alivio fresco contra su piel ardiente, pero no duró. Marco cerró la puerta y la acorraló contra la pared de adobe fresco, sus cuerpos chocando con urgencia contenida.
El beso fue una explosión: lenguas enredándose con hambre, dientes mordisqueando labios hinchados, el sabor a cerveza y limón mezclándose en un elixir embriagador. Ana metió las manos bajo la guayabera de él, palpando los músculos tensos de su espalda, arañando ligeramente con las uñas mientras él gemía en su boca. Qué rico se siente esto, pensó ella, como si mi cuerpo gritara por más.
Marco la levantó en brazos, sus piernas envolviéndolo por instinto, y la llevó a la cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio suaves como caricia. La dejó caer con gentileza, quitándole el vestido en un movimiento fluido. Quedó en bragas de encaje negro, sus pezones endurecidos apuntando al techo, el vientre plano subiendo y bajando con respiraciones agitadas. Él se desvistió despacio, torturándola con la vista de su pecho amplio, el camino de vello que bajaba hasta unos bóxers abultados.
—Eres una diosa, Ana —susurró, arrodillándose entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos. Su aliento caliente la hizo arquearse, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación.
Ella enredó los dedos en su cabello, guiándolo hacia su centro. La lengua de Marco trazó círculos lentos sobre la tela húmeda de las bragas, luego las apartó con los dientes. El primer lametón directo a su clítoris fue eléctrico: un relámpago de placer que la hizo gritar ¡ay cabrón!. Él lamió con devoción, saboreando sus jugos dulces y salados, chupando el botón hinchado mientras dos dedos gruesos se hundían en ella, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. Ana se retorcía, las caderas elevándose, el sonido de succiones obscenas mezclándose con sus gemidos roncos.
—Más, mi rey, no pares —jadeó ella, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.
Pero Marco se detuvo, subiendo para capturar sus labios en un beso que sabía a ella misma, intenso y prohibido. Ana lo volteó con fuerza juguetona, montándolo como amazona. Bajó sus bóxers, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que ella lamió con deleite, saboreando el precum salado. Lo tomó en la mano, bombeando despacio mientras él gruñía, las venas del cuello hinchadas.
Esto es el principio de mi marea de pasiones, capítulo 1 de algo que me va a cambiar, reflexionó Ana en medio del torbellino.
Se posicionó sobre él, frotando la cabeza contra su entrada resbaladiza, torturándolos a ambos. Bajó de golpe, empalándose hasta la base, el estiramiento glorioso llenándola por completo. ¡Qué chingón! gritó internamente, comenzando a cabalgar con ritmo salvaje. Los pechos rebotaban, Marco los atrapó con manos ávidas, pellizcando pezones sensibles que enviaban descargas directas a su núcleo. El slap de piel contra piel resonaba, sudor goteando, mezclándose en el valle de sus cuerpos unidos.
Él la volteó sin salir, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Cada thrust profundo golpeaba su punto G, sus bolas chocando contra su clítoris. Ana enterró la cara en la almohada, oliendo a lavanda fresca, gritando en muffle mientras el placer la desarmaba. Marco aceleró, una mano en su cadera, la otra bajando a frotar su botón hinchado.
—Vente conmigo, nena —gruñó él, voz quebrada.
El clímax la golpeó como la marea alta: olas de éxtasis convulsionándola, paredes internas apretando su verga en espasmos rítmicos, jugos chorreando por sus muslos. Marco se corrió segundos después, llenándola con chorros calientes que la prolongaron en el paraíso, rugiendo su nombre.
Colapsaron enredados, pieles pegajosas enfriándose al aire, corazones galopando al unísono. Marco la besó en la frente, suave, mientras ella trazaba círculos perezosos en su pecho.
—Esto fue solo el comienzo —murmuró él.
Ana sonrió, sintiendo una paz profunda mezclada con anhelo por más. La luna entraba por la ventana, bañándolos en plata, mientras las olas lejanas susurraban promesas. Marea de pasiones, capítulo 1, pensó, sabiendo que el mar siempre trae más sorpresas.