Dibujos de Pasión
En mi taller de Coyoacán, el aire olía a óleo fresco y trementina, con ese toque terroso que me ponía creativa. Yo, Ana, llevaba semanas sin sacar un trazo decente. Mis lienzos seguían en blanco, como mi inspiración. Neta, qué chinga, pensaba mientras removía los pinceles en un vaso de agua turbia. Afuera, el bullicio de la colonia me recordaba que la vida seguía fluyendo, pero yo estaba atascada.
Entonces llegó él. Luis, el carnal nuevo del edificio de al lado, con esa sonrisa pícara que te hace mojarte de solo verla. Venía con una chela en la mano, preguntando si sabía de algún plomero.
«¿Qué onda, vecina? ¿Me ayudas con este pedo?»dijo, y su voz grave me erizó la piel. Lo invité a pasar, qué más da, y mientras charlábamos, vi en él la musa que necesitaba. Sus hombros anchos, la forma en que su camiseta se pegaba al pecho sudado por el calor mexa. Órale, este wey es perfecto para mis dibujos.
Le conté de mi rollo artístico, y él se rió, quitándose la playera sin pena.
«¿Quieres que pose para ti? Neta, hazme famoso». Simón, pensé, esto es el arranque. Le pedí que se parara junto a la ventana, luz natural, y empecé a trazar. El lápiz rasgaba el papel con un sonido seco, como un susurro ansioso. Su piel morena brillaba, oliendo a jabón y hombre, y mis ojos bajaban sin querer a la curva de sus abdominales, bajito, donde el pantalón marcaba promesa.
El primer acto fue puro fuego lento. Dibujaba sus contornos, pero la tensión crecía. Él platicaba de su chamba en una taquería del centro, de cómo el chile le picaba en la lengua igual que el deseo. Yo asentía, pero mi mente volaba: quiero lamer ese sudor que te resbala por el pecho, carnal. Cada trazo era una caricia virtual, el grafito suave contra el papel imitando mi antojo de tocarlo. Sudaba yo también, el calor del taller se mezclaba con el de mi entrepierna, un pulso caliente que me hacía apretar los muslos.
Al rato, el dibujo tomó forma: un torso desnudo, músculos tensos, ojos que miraban directo al lector. Dibujos pasión, murmuré, nombrando la serie en mi cabeza. Él se acercó, curioso, y su aliento cálido rozó mi cuello.
«Está chingón, Ana. Me ves como si ya me hubieras comido». Reí nerviosa, pero mi cuerpo gritaba sí. Nuestras manos se rozaron al pasar el papel, electricidad pura, piel contra piel áspera por el trabajo manual. Olía a él, a sal y testosterona, y mi boca se secó de pura sed.
El medio acto explotó cuando le pedí que se quitara todo.
«¿En serio? ¿Sin broncas?»preguntó, y yo asentí, empoderada en mi arte. Se desabrochó el cinturón con lentitud, el sonido metálico del cierre me puso la piel de gallina. Su verga saltó libre, dura ya, venosa, apuntando al techo como un desafío. No mames, qué pinga tan rica, pensé, mientras trazaba febril. Él gemía bajito al sentir mis ojos devorándolo, y yo sentía mi panocha hincharse, húmeda, goteando en mis calzones.
Dejé el lápiz. No aguantaba más. Me paré, mi blusa pegajosa de sudor, y lo besé. Sus labios sabían a chela y chile, ásperos, hambrientos. Lenguas enredadas, saliva compartida, el ruido chuposo llenando el taller. Sus manos grandes me amasaron los pechos por encima de la tela, pezones duros como piedras.
«Te quiero, Ana, neta me traes loco»gruñó contra mi boca. Le arranqué la ropa que quedaba, piel contra piel, calor abrasador. Olía a sexo inminente, a feromonas mexicanas puras.
Lo empujé al catre del fondo, donde guardo bocetos. Caímos enredados, su peso delicioso sobre mí. Lamí su cuello salado, bajé a sus tetas firmas, mordí suave hasta que jadeó. Él me quitó el short, dedos explorando mi concha empapada. Qué chido sus dedos gordos, metiéndose y saliendo, rozando mi clítoris hinchado. Gemí alto,
«¡Sigue, wey, no pares!». El taller vibraba con nuestros jadeos, el crujir de la lona bajo nosotros, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con su sudor.
La intensidad subió. Me puse a cabalgata, su verga gruesa abriéndome, llenándome hasta el fondo. Cada embestida era un latido compartido, piel chocando con palmadas húmedas. Sentía sus bolas contra mi culo, resbalosas, mientras rebotaba, pechos saltando libres. Él me agarraba las nalgas, guiándome,
«¡Qué rica tu panocha, Ana, apriétame!». Sudor nos unía, resbaloso, salado al lamerlo de su pecho. Mi mente era un torbellino: esto es pasión pura, mis dibujos pasión cobrarán vida con este recuerdo.
Cambié de posición, él encima, misionero chingón. Piernas enredadas, sus caderas martillando, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Gritos ahogados,
«¡Me vengo, carnal!», y exploté, contracciones ordeñándolo, jugos chorreando. Él rugió, llenándome de leche caliente, pulsos profundos que sentía en las entrañas. Colapsamos, pegajosos, respirando entrecortado, el aire cargado de nuestro olor a sexo satisfecho.
El final fue puro afterglow. Yacíamos en silencio, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Tomé un lápiz cercano y, aún temblando, tracé en su espalda sudorosa: un dibujo rápido de nosotros unidos. Dibujos pasión, susurré, y él rió bajito.
«Eres una diosa, Ana. Mañana ¿más sesiones?». Asentí, sabiendo que esto no era fin, sino principio de una serie infinita.
Después, solos en la penumbra del taller, reflexioné. La pasión no está en el papel solo; vive en la piel, en los gemidos compartidos, en el sabor de la entrega mutua. Mis lienzos ya no estarían vacíos. Luis se fue con un beso largo, prometiendo volver. Yo, sonriente, empecé otro dibujo, el pulso aún latiendo entre mis piernas, el eco de su tacto en mi cuerpo. Qué chingonería la vida cuando fluye así.