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Pasión Cristiana Desatada

7293 palabras

Pasión Cristiana Desatada

Ana entró a la iglesia de la Virgen de Guadalupe con el corazón latiéndole fuerte, como si presintiera que ese domingo cambiaría todo. El aroma a incienso y flores frescas la envolvió, mezclado con el murmullo de las oraciones y el eco de los pasos sobre el piso de cantera. Vestida con un vestido floreado sencillo, ceñido a sus curvas generosas, se arrodilló en la banca de madera pulida, sintiendo la frescura contra sus rodillas. Neta, Diosito, ¿por qué me siento tan inquieta hoy? pensó, mientras sus ojos pardos recorrían el altar dorado.

Ahí estaba él, Luis, el wey que ayudaba al padre en las misas. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que contrastaba con su camisa bien planchada y el crucifijo colgando del cuello. Sus brazos fuertes cargaban las velas, y Ana no pudo evitar fijarse en cómo la tela se tensaba sobre sus pectorales. ¡Ay, Ana, contrólate, pendeja! se regañó, pero su piel ya hormigueaba, imaginando el calor de esas manos sobre su cuerpo. La pasión cristiana que siempre había sentido en las homilías ahora se retorcía en su vientre como un fuego prohibido.

Al final de la misa, cuando todos salían, Luis se acercó. —Órale, Ana, ¿qué onda? ¿Te quedas a ayudar con los niños del catecismo? Su voz grave, con ese acento chilango puro, le erizó la nuca. Ella asintió, sonriendo coqueta sin querer. —Claro, carnal, aquí ando pa’ lo que se necesite. Mientras arreglaban las bancas, sus manos se rozaron accidentalmente al pasar una Biblia. Un chispazo eléctrico la recorrió, y olió su colonia fresca, como madera y cítricos, que la mareó un poquito.

El sol de la tarde caía tibio sobre la plaza afuera de la iglesia, con el bullicio de los vendedores de elotes y tamales. Caminaron juntos hacia un cafecito cercano, platicando de la fe, de cómo la pasión cristiana los había traído ahí. —Sabes, Ana, a veces siento que Dios nos pone pruebas pa’ que sintamos más vivo el alma, dijo él, mirándola fijo a los ojos. Ella tragó saliva, notando cómo su mirada bajaba un segundo a sus labios carnosos. ¿Y si esta prueba es tentarme a ti? pensó, mientras el vapor del café caliente subía, mezclándose con el olor dulce de sus churros.

La plática fluyó como agua de manantial. Luis confesó que era viudo, que la iglesia lo salvó de la soledad. Ana, soltera por elección divina, sintió un tirón en el pecho.

Esta pasión cristiana que me quema por dentro, ¿será señal tuya, Señor? ¿O es puro deseo carnal?
Sus rodillas se tocaron bajo la mesa, y ninguno se apartó. El roce era como seda contra su piel morena, enviando ondas de calor hasta su entrepierna.

Al atardecer, la invitó a su depa en la colonia Roma, un lugar chido con balcón y vista a los jacarandas. —Neta, Ana, no quiero que te vayas sin que pruebes mi mole casero, dijo juguetón. Ella rio, el corazón galopando. —Pos órale, pero no me hagas pecar de gorda. Entraron, y el olor a chocolate y chiles la invadió, pero pronto fue opacado por su aroma masculino, más intenso ahora.

En la cocina, mientras él molía especias, ella se acercó por detrás, abrazándolo juguetona. —Déjame ayudarte, wey. Sus pechos se presionaron contra su espalda ancha, y sintió su dureza crecer contra sus caderas. Luis se giró despacio, sus ojos oscuros ardiendo. —Ana, esto no es juego. Si seguimos, no me detengo. Ella lo miró, el pulso retumbando en sus oídos como tambores de fiesta. Sí quiero, susurró, y sus labios se unieron en un beso hambriento.

La boca de Luis sabía a café y promesas, su lengua explorando la suya con urgencia devota. Ana gimió bajito, el sonido ahogado por el beso, mientras sus manos subían por su nuca, enredándose en su pelo negro. Él la levantó sobre la mesa, las nalgas firmes contra la madera fría, y le subió el vestido, exponiendo sus muslos suaves. —Eres una diosa, mamacita, murmuró, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Ella arqueó la espalda, oliendo su excitación, ese almizcle terroso que la volvía loca.

Las manos de Luis eran fuego vivo, desabrochando su brasier con destreza, liberando sus senos plenos. Los chupó con devoción, la lengua girando en los pezones duros como piedras preciosas. Ana jadeaba, ¡Ay, Dios, qué rico!, sintiendo el calor líquido entre sus piernas.

Esta pasión cristiana se ha vuelto pasión de carne, y la bendigo
. Le quitó la camisa, arañando su pecho velludo, bajando hasta el cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, venosa como una ofrenda.

Luis la bajó de la mesa, girándola contra la encimera. —Quiero comerte entera, gruñó, arrodillándose. Separó sus nalgas redondas, besando la piel tersa, y su lengua encontró su clítoris hinchado. Ana gritó de placer, el sonido rebotando en las paredes, mientras él lamía y succionaba, bebiendo sus jugos dulces como néctar. ¡Más, pendejo, no pares! rogaba, las piernas temblando, el olor de su arousal llenando el aire. Sus dedos entraron en ella, curvándose, tocando ese punto que la hacía ver estrellas.

El clímax la golpeó como un rayo, oleadas de éxtasis sacudiéndola, el corazón latiéndole en la garganta. ¡Sí, Luis, carajo! chilló, mientras él se ponía de pie, frotando su polla contra su entrada mojada. —Dime que sí, Ana. Quiero fundirme contigo. Ella empujó hacia atrás, guiándolo. ¡Entra ya, amor!

La penetró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron, el sonido gutural y animal. El calor de su verga la llenaba, pulsando dentro, chocando contra su cervix con cada embestida. Sudaban, piel resbaladiza contra piel, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus jadeos. Ana se tocaba el clítoris, acelerando el ritmo, mientras él la agarraba de las caderas, clavando los dedos en su carne suave.

Cambiaron a la sala, sobre el sofá mullido. Ella encima, cabalgándolo como una amazona, sus tetas botando al ritmo frenético. Luis las amasaba, pellizcando pezones, mirándola con adoración. —Eres mi Virgen ardiente, jadeó. Ana reía entre gemidos, ¡Y tú mi santo pecador! El olor a sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión cruda. Sintió otro orgasmo venir, apretándolo con sus paredes internas, ordeñándolo.

Luis se tensó, gruñendo como fiera. —Me vengo, ricura. Ella aceleró, queriendo sentirlo explotar. Chorros calientes la inundaron, mezclándose con sus jugos, goteando por sus muslos. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos entrelazados en un charco de placer.

Después, en la cama con sábanas frescas, se acurrucaron bajo la luz tenue de la luna. Ana trazaba círculos en su pecho, oliendo su piel salada.

Esta pasión cristiana no es pecado, es milagro
, pensó, besando su hombro. Luis la abrazó fuerte. —Quédate conmigo, Ana. Hagamos de esto nuestro evangelio. Ella sonrió, el corazón pleno, sabiendo que la fe y el deseo podían danzar juntos. El mundo afuera zumbaba indiferente, pero en ese nido, todo era perfecto, eterno.

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