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Novelas de Angelique Boyer Abismo de Pasion Erótica

7328 palabras

Novelas de Angelique Boyer Abismo de Pasion Erótica

Alejandra se recostó en el mullido sofá de su departamento en Polanco, el aire cargado con el aroma dulce de las gardenias que adornaban la mesa de centro. La pantalla del televisor iluminaba su rostro perfecto, idéntico al de Angelique Boyer en sus novelas, esa belleza morena y ardiente que tanto la fascinaba. Estaba viendo Abismo de Pasión, una de sus favoritas entre las novelas de Angelique Boyer, donde la pasión se desbordaba como un río bravo en temporada de lluvias. El corazón le latía fuerte mientras observaba la escena de los amantes robándose besos prohibidos bajo la luna de La Bonita.

¿Por qué carajos no llega Marco ya? Me estoy mojando solo de ver esto, neta
, pensó, sintiendo el calor subirle por el vientre, sus pezones endureciéndose bajo la blusa de seda fina.

El sonido del timbre la sacó de su trance. Se levantó de un brinco, el roce de sus muslos uno contra el otro enviando chispas de anticipación. Abrió la puerta y ahí estaba él, Marco, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que la volvía loca. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales duros, ganados en el gym de las Lomas. ¡Órale, qué chulo se ve el güey! Olía a colonia fresca, a hombre listo para devorarla.

Mi reina, murmuró él, entrando y cerrando la puerta con el pie. La atrajo hacia sí, sus manos grandes posándose en su cintura, el calor de su piel traspasando la tela. Ella inhaló profundo, ese olor masculino mezclado con el suyo propio, ya perfumado de deseo.

—Llevo rato viendo novelas de Angelique Boyer, le dijo ella con voz ronca, guiándolo al sofá. Abismo de Pasión me tiene caliente como infernal. Esos besos... ay, Marco, me dan ganas de ti.

Él rio bajito, un sonido grave que vibró en el pecho de ella. —¿Y qué esperas, pendeja? —bromeó, tirándola suavemente sobre los cojines. Sus labios capturaron los de ella en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y a la promesa de noches sin fin. Alejandra gimió suave, el roce áspero de su barba incipiente raspando deliciosamente su barbilla, mientras sus dedos se enredaban en el cabello oscuro de él.

La televisión seguía murmurando diálogos apasionados de fondo, pero ya nadie prestaba atención. Las manos de Marco subieron por sus muslos, levantando la falda corta, exponiendo la piel suave y bronceada. Su tacto es fuego puro, pensó ella, arqueándose cuando rozó el encaje de sus panties ya empapadas. —Estás chorreando, amor, susurró él contra su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. El olor a sexo incipiente llenaba la habitación, almizclado y embriagador.

Acto a acto, la tensión crecía como en las mejores novelas de Angelique Boyer. Primero, besos lentos, explorando cada rincón de la boca, saboreando el dulzor de sus labios hinchados. Luego, él desabotonó su blusa con dedos temblorosos de impaciencia, liberando sus senos plenos, coronados por pezones oscuros y erectos. Los tomó en sus palmas callosas, masajeándolos con gentileza al principio, luego pellizcando lo justo para arrancarle jadeos.

¡Qué rico se siente su boca en mí, como si me comiera viva!
La lengua de Marco trazó círculos húmedos alrededor de uno, succionando con fuerza, el sonido obsceno de succión mezclándose con sus gemidos ahogados.

Alejandra no se quedó atrás. Sus uñas arañaron la espalda de él a través de la camisa, bajando hasta el cinturón. Lo desabrochó con maestría, liberando su verga dura como piedra, palpitante y caliente en su mano. ¡Madre mía, qué pedazo de verga tiene el cabrón! La piel aterciopelada sobre el acero, venas marcadas que ella recorrió con la yema del dedo, sintiendo el pulso acelerado. Él gruñó, un sonido animal que la hizo mojar más, el jugo resbalando por sus muslos.

Chúpamela, mi amor, pidió él, voz ronca de necesidad. Ella se arrodilló entre sus piernas, el piso alfombrado suave bajo sus rodillas. El olor almizclado de su excitación la golpeó, embriagador como tequila añejo. Abrió la boca y lo tomó, lengua plana lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Marco jadeó, manos enredadas en su melena, guiándola sin forzar, solo acompañando el ritmo. Se siente tan llena mi boca, tan poderosa al tenerlo así, pensó ella mientras lo tragaba más profundo, el glande rozando su garganta, lágrimas de esfuerzo en los ojos pero placer en cada fibra.

La intensidad escalaba. Él la levantó, la volteó sobre el sofá boca abajo, falda arremangada, panties bajados de un tirón. El aire fresco besó su concha expuesta, hinchada y reluciente. Marco se arrodilló detrás, separando sus nalgas con reverencia. —Eres tan hermosa aquí, tan mojada para mí. Su aliento caliente la erizó, y entonces su lengua atacó, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando cada gota. Alejandra gritó, ¡Ay, sí, no pares, pendejo!, caderas moviéndose solas contra su cara, el sonido chapoteante de su lengua en su humedad llenando el aire. El sabor de ella, dulce y salado, lo volvía loco, dedos hundiéndose en sus caderas mientras la devoraba.

Pero querían más, el abismo de pasión los llamaba.

Lo necesito dentro, ya no aguanto
. Ella se giró, ojos vidriosos de lujuria. —Cógeme, Marco, métemela toda. Él no se hizo rogar. La penetró de un empujón lento pero firme, su verga estirándola deliciosamente, llenándola hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente, como si me partiera en dos de placer! El roce interno, cada vena frotando sus paredes sensibles, el choque de pelvis contra pelvis, piel sudorosa pegándose con palmadas húmedas.

Se movieron en sincronía perfecta, como amantes de telenovela elevada a lo erótico. Él embistió profundo, ella clavando uñas en su espalda, gimiendo palabras sucias: ¡Más duro, cabrón, hazme tuya! El sudor chorreaba, mezclando olores a sexo crudo y perfume caro. Sus pechos rebotaban con cada estocada, pezones rozando el pecho velludo de él. El clímax se acercaba, tensión enredada como resorte. Marco aceleró, gruñendo su nombre, Alejandra, mi vida, mientras ella contraía alrededor de su verga, ordeñándolo.

Explotaron juntos. Ella primero, un grito largo y gutural, concha convulsionando, jugos empapando sus bolas. Él la siguió, verga hinchándose al correrse dentro, chorros calientes pintando sus entrañas. Es como caer al abismo, puro éxtasis. Colapsaron, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes sincronizadas. El televisor aún susurraba el final de Abismo de Pasión, pero su propia novela acababa de alcanzar el clímax perfecto.

En la afterglow, Marco la besó suave, saboreando el sudor salado de su sien. —Eres mi Angelique Boyer personal, murmuró. Ella rio bajito, dedos trazando patrones en su pecho.

Esto es mejor que cualquier novela, neta. Un abismo de pasión solo para nosotros
. Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas más tarde en la cama, el aroma a sexo persistiendo, promesas de más noches ardientes flotando en el aire tibio de la noche mexicana.

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