Pasión Cap 3 El Fuego que Nos Une
Era la tercera vez que Marco y yo nos perdíamos en esta vorágine de deseo puro. Pasión cap 3, como lo anotaba en mi diario secreto, porque cada encuentro superaba al anterior en intensidad y calor. La primera noche había sido un torbellino de besos robados en un bar de la Condesa; la segunda, un maratón de caricias en su cama hasta el amanecer. Ahora, esta tercera cita me tenía temblando de anticipación mientras subía las escaleras de su departamento en Polanco, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi.
El elevador abrió sus puertas con un ding suave, y ahí estaba él, esperándome en el pasillo con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Marco, alto, moreno, con esos ojos cafés que prometían travesuras. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que abrazaban sus caderas de forma pecaminosa. Olía a su colonia favorita, una mezcla de sándalo y cítricos que me hacía salivar.
Órale, Ana, no te pongas nerviosa, pensé. Esta noche vas a ser la reina que él adora.
—Ven acá, chula —me dijo con esa voz ronca, jalándome hacia él para plantar un beso en mi frente—. Neta, te extrañé todo el pinche día.
Su abrazo fue cálido, fuerte, y sentí su pecho subir y bajar contra el mío. El roce de su barba incipiente en mi piel me erizó los vellos. Entramos al depa, iluminado por luces tenues y velas que parpadeaban como estrellas coquetas. En la mesa, una botella de tequila reposado Don Julio, limones frescos y guacamole casero. Salsa romántica sonaba bajito de fondo, algo de Maná que nos hacía mover las caderas sin querer.
Nos sentamos a cenar, pero la comida era solo pretexto. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada sorbo de tequila quemaba mi garganta, avivando el fuego en mi vientre. Hablamos de todo y nada: del tráfico caótico de Reforma, de esa película chida que vimos la semana pasada, pero nuestros ojos decían otra cosa. Los suyos bajaban a mis labios pintados de rojo, a mis tetas que asomaban por el escote de mi vestido negro ceñido.
—Estás riquísima esta noche, Ana —murmuró, pasando un dedo por mi mano—. Me dan ganas de comerte aquí mismo.
Mi piel ardía donde me tocaba. El aire olía a limón y a algo más, un aroma almizclado que salía de mí, señal de que ya estaba mojadita solo de verlo.
Acto seguido, la tensión explotó. Me paré, rodeé la mesa y me senté en su regazo. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando la tela del vestido. Lo besé con hambre, saboreando el tequila en su lengua. Era un beso profundo, húmedo, con mordiditas que nos arrancaban gemidos. Sentí su verga endureciéndose contra mi nalga, dura como piedra, palpitante. ¡Qué chingón!
—Vamos a la recámara, mamacita —jadeó él, cargándome como si no pesara nada.
La habitación era un nido de placer: sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, una brisa ligera que entraba por la ventana abierta trayendo olor a jazmín del jardín abajo. Lluvia fina empezó a caer, repiqueteando en el tejado como un ritmo erótico. Me tendió en la cama y se quitó la camisa despacio, dejando ver su torso esculpido, sudoroso ya por la excitación. Sus músculos se contraían con cada movimiento, y yo lamí mis labios imaginando su sabor salado.
Esto es pasión cap 3, el capítulo donde me entrego por completo, sin reservas, pensé mientras él se arrodillaba entre mis piernas.
Marco subió mi vestido hasta la cintura, besando mi ombligo, mi vientre tembloroso. Sus labios eran fuego líquido, dejando huellas húmedas que se enfriaban al instante con mi piel caliente. Bajó mis calzones de encaje negro, inhalando profundo.
—Hueles a miel y pecado, carnal —gruñó, y su lengua encontró mi clítoris hinchado.
¡Ay, Dios! El placer fue un rayo. Lamía despacio al principio, círculos suaves que me hacían arquear la espalda. El sonido de su succión era obsceno, chup-chup mezclado con mis jadeos. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. Mi concha chorreaba jugos, empapando sus dedos, y el olor a sexo llenaba la habitación, espeso y adictivo. Mis manos se enredaron en su pelo negro, jalándolo más cerca.
—Sí, así, wey, no pares... ¡Me vas a hacer correr!
Él aceleró, chupando más fuerte, y el orgasmo me golpeó como ola en Acapulco. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando, pulsos en mi coño apretando sus dedos. Saboreé el éxtasis, visión borrosa, oídos zumbando con la lluvia.
Pero no paró ahí. Se levantó, se quitó los jeans, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso vivo. Era pesada, suave piel sobre acero. La masturbé despacio, viendo cómo gemía, cabeza echada atrás.
—Chúpamela, Ana, por favor —suplicó, voz quebrada.
Me arrodillé, feliz de complacer. Su sabor era salado, musgoso, con un toque dulce. La engullí hasta la garganta, sintiendo cómo latía en mi boca. Él metía cadera suave, follándome la boca con cuidado, sus manos en mi cabeza guiando. El sonido era húmedo, glorioso, saliva goteando por mi barbilla.
La tensión subía como volcán. Me tumbó de espaldas, abrió mis piernas y se posicionó. Nuestros ojos se clavaron mientras entraba despacio, centímetro a centímetro. Estaba tan llena, estirada al límite, placer rayando en dolor exquisito. Gemí largo, uñas clavadas en su espalda.
—Estás apretadita, pinche delicia —dijo, empezando a moverse.
Al principio lento, profundo, sintiendo cada vena rozar mis paredes. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con lluvia y nuestros alaridos. Sudor nos unía, resbaloso, oliendo a sexo puro. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, él amasándolas, pellizcando pezones duros. Luego de lado, su mano en mi clítoris frotando mientras me taladraba.
Esto es lo que necesitaba, esta conexión brutal, pensó ella en medio del frenesí. Pasión cap 3, el clímax perfecto.
La intensidad creció. Sentía el orgasmo construyéndose otra vez, bolas de fuego en mi bajo vientre. Él aceleró, gruñendo como animal.
—Me vengo, chula, córrete conmigo...
Explotamos juntos. Su verga se hinchó, chorros calientes inundándome, mientras mi coño ordeñaba cada gota. Grité, mordiendo su hombro, olas de placer sacudiéndome hasta los dedos de pies. Él se derrumbó sobre mí, pesados jadeos sincronizados.
Después, el afterglow fue bendito. Nos quedamos enredados, piel pegajosa enfriándose. La lluvia amainó, dejando gotas en la ventana como lágrimas de placer. Besos suaves, caricias perezosas. Su dedo trazaba círculos en mi espalda.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Ana. Neta, no quiero que esto acabe.
Yo sonreí, corazón lleno. Pasión cap 3 cerraba con broche de oro, pero sabía que habría más capítulos. En sus brazos, empoderada, satisfecha, lista para lo que viniera. El aroma a nosotros persistía, promesa de noches futuras.