Las 24 Horas de la Pasion de Jesus PDF
Era Viernes Santo en la Ciudad de México y yo, Valeria, andaba bien solita en mi departamentito de la Condesa. El sol se colaba por las cortinas entreabiertas, calentando el aire con ese olor a jacarandas que siempre me pone melancólica. Pensé en buscar algo para leer, algo devoto pa' no sentirme tan pendeja en un día así. Tecleé en Google las 24 horas de la pasion de jesus pdf y di con un archivo rarito. Lo descargué pensando que era la historia de la Pasión, pero cuando lo abrí, ¡órale! Era una versión bien cabrona, erótica, donde Jesús no era el de la cruz, sino un vato guapísimo que se la pasaba en una orgía de placeres durante esas veinticuatro horas. Me quedé con la boca abierta, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
Leí las primeras páginas y sentí un calorcito entre las piernas. Qué chingaderas, me dije, cerrando los ojos. Imaginaba esas manos fuertes clavándose en mi piel, esa boca devorándome. El PDF describía cada hora con detalles que me hacían apretar los muslos: el sudor salado en la lengua, el roce áspero de barbas contra pechos, gemidos que retumbaban como truenos. Me toqué un poquito, solo pa' calmar la urgencia, pero nomás me prendí más.
¿Y si hoy vivo mis propias 24 horas de pasión?Pensé, riéndome sola.
Me arreglé rapidito: un vestidito negro ajustadito que marcaba mis curvas, tacones rojos y un perfume con vainilla que huele a pecado. Salí a caminar por Ávenue Ámsterdam, el viento fresco besándome las piernas. En una tiendita de artesanías, lo vi. Jesús, se llamaba el wey, alto, moreno, con ojos cafés que te desnudan de un jalón. Vendía pulseras de obsidiana, pero su sonrisa era puro fuego. Neta, parece el del PDF, flashié.
—Órale, güerita, ¿buscas algo especial? —me dijo con voz grave, ronca como tequila reposado.
—Sí, algo que me haga vibrar las 24 horas —le contesté coqueta, guiñándole el ojo.
Charlamos un rato, riéndonos de la vida, del calor que ya se sentía pese a la Cuaresma. Me contó que era de Guadalajara, que andaba de viaje vendiendo sus artesanías. Sentí su mirada recorriéndome, oliendo mi perfume mezclado con mi propia excitación que ya empezaba a humedecerme las panties. —¿Y si nos echamos unas cheves y vemos qué pasa? —propuso. No lo pensé dos veces. Fuimos a un bar chiquito cerca, con luces tenues y mariachi de fondo suave.
Acto primero: la chispa. Ahí empezó todo. Sus manos rozaron las mías al brindar, piel cálida, callosa de tanto trabajar. Bebimos, platicamos de todo y nada. Su risa era contagiosa, olía a jabón fresco y a hombre de verdad. Cuando salimos, el aire nocturno nos envolvió como una caricia. Caminamos hasta mi depa, besándonos en las esquinas, sus labios suaves pero firmes, lengua juguetona probando mi sabor a cerveza y deseo. Entramos tambaleándonos, riendo bajito pa' no despertar a los vecinos.
Lo jalé al sillón, sentándome en su regazo. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido. Sí, así, wey, pensé mientras le mordía el cuello, saboreando el salado de su sudor fresco. Se quitó la camisa, revelando un pecho moreno, musculoso, con vello que me raspaba delicioso. Yo me desvestí despacio, dejándolo ver mis tetas firmes, pezones duros como piedras de chispa. —Estás chingona, Valeria —gruñó, chupándome un pezón con hambre. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Sus dedos bajaron, encontraron mi concha empapada. Qué mojadita estás, carnala, susurró, metiendo dos dedos adentro, moviéndolos lento, haciendo que mis caderas bailaran solas.
Lo desabroché, saqué su verga gruesa, venosa, palpitante. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, oliendo su masculinidad pura. Me la metí a la boca profunda, escuchando sus jadeos roncos. Primera hora: la tentación oral. Me folló la boca suave al principio, luego más rudo, agarrándome el pelo. Tragué todo cuando explotó, caliente, espeso, con sabor a victoria.
Nos fuimos a la cama, desnudos, piel contra piel. El colchón crujía bajo nuestro peso, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Dormitamos un rato, pero el deseo no paraba. Desperté con su boca en mi clítoris, lamiéndome como si fuera el último néctar del mundo. ¡Ay, Jesús, no pares! grité en mi mente, arqueándome. Su lengua danzaba, chupaba, mordisqueaba suave. Olía a mi propia excitación, almizclada, embriagadora.
Acto segundo: la escalada. Las horas se volvieron un borrón de placer. Segunda hora: me puso en cuatro, embistiéndome desde atrás. Su verga me llenaba completa, rozando ese puntito que me hace ver estrellas. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeándome el culo, mis gemidos mezclados con sus gruñidos. —¡Qué rica verga tienes, pendejo! —le dije juguetona. —Y tú una concha que aprieta como puño —respondió, azotándome suave la nalga.
Tercera, cuarta... nos movíamos por todo el depa. En la regadera, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón resbaloso en nuestras pieles. Me levantó contra la pared, follándome de pie, piernas enredadas en su cintura. Sentía su corazón tronando contra mi pecho, aliento caliente en mi oreja.
Esto es mejor que cualquier PDF cabrón, pensé entre oleadas de placer.
Al mediodía, pedimos unos tacos por delivery, comiéndonos mutuamente salsa picosa de los dedos, riendo con la boca llena. Pero el hambre no era de comida. Quinta hora: en la cocina, yo sentada en la mesa, él de rodillas devorándome el coño mientras yo mordía un taco. El contraste de sabores, chile y jugos, me volvía loca. Luego lo monté en el piso, cabalgándolo como jineteza en palenque, tetas rebotando, sudor chorreando por mi espalda.
La tensión crecía con cada polvo. Hablábamos entre rounds, confesándonos fantasías. Él me contó de sus noches solas imaginando una mujer como yo; yo le avisé del PDF que me prendió. —Muéstramelo —dijo curioso. Se lo enseñé en la laptop, riéndonos de lo pervertido, pero eso nos calentó más. Sexta hora: roleplay. Él como el Jesús del PDF, yo su devota puta. Me ató las manos con su chamarra, lamiéndome todo el cuerpo lento, torturándome con plumas de sus pulseras. Mi piel erizada, pezones hinchados, concha palpitando vacía hasta que me penetró duro, profundo.
Las horas medias fueron intensas: sudor empapando las sábanas, olor a sexo impregnando el aire, músculos adoloridos pero hambrientos. Décima hora: anal por primera vez con él, lubricante frío goteando, su verga entrando poquito a poquito, dolor placentero convirtiéndose en éxtasis. Grité su nombre como oración, él jadeando mi nombre como blasfemia. Neta, este wey me va a matar de gusto.
Acto tercero: la liberación. Al atardecer, con el sol pintando el cuarto de naranja, llegamos al clímax. Nos enredamos en la cama, misionero profundo, ojos clavados. Sus embestidas lentas, luego frenéticas. Sentía cada vena de su verga, cada contracción de mi concha ordeñándolo. —¡Córrete conmigo, Jesús! —le rogué. Explotamos juntos, mi orgasmo como terremoto, chorros calientes llenándome, cuerpos temblando, besos salados de lágrimas de placer.
Las últimas horas fueron afterglow puro. Acurrucados, piel pegajosa enfriándose, escuchando el tráfico lejano de la ciudad. Hablamos bajito, planes vagos, promesas de más noches. Él oliendo mi pelo, yo trazando sus tatuajes con uñas.
Las 24 horas de la pasión de Jesús PDF fueron solo el inicio; lo real fue mil veces mejor.
Al amanecer, Domingo de Resurrección, se fue con un beso largo, prometiendo volver. Me quedé en la cama, cuerpo satisfecho, alma plena, oliendo aún a nosotros. Sonreí, sabiendo que había vivido mi propia pasión eterna.