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Trajes para una Noche de Pasión

7645 palabras

Trajes para una Noche de Pasión

Entré a esa tiendita en el corazón de la Condesa, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Se llamaba Trajes para una noche de pasión, y el letrero neón parpadeaba con un rojo intenso que me erizaba la piel. Olía a vainilla y a algo más, como a deseo fresco envuelto en encaje. Yo, Ana, de veintiocho años, curvas que Marco siempre dice que son de infarto, había decidido sorprender a mi carnal esa noche. Habíamos estado en esa rutina del día a día, pero neta, quería avivar la flama.

La dependienta, una morra guapísima con tatuajes en los brazos, me sonrió como si supiera mis secretos. "Órale, mija, ¿buscas algo especial para una noche loca?" me dijo. Le conté que sí, que quería trajes que hicieran que Marco se volviera loco, que me mirara como la primera vez que nos vimos en esa fiesta en Polanco. Me mostró un montón: un babydoll negro de encaje que se pegaba al cuerpo como segunda piel, un teddy rojo con transparencias que dejaba ver justo lo necesario, y un conjunto de lencería con ligas que gritaba puro fuego.

Me probé el teddy rojo primero. El espejo me devolvió una imagen que me dejó sin aliento: la tela suave rozaba mis pezones, endureciéndolos al instante, y el escote profundo hacía que mis chichis se vieran más grandes, más invitadoras. Sentí un calor subiendo por mis muslos, un cosquilleo húmedo que me hizo apretar las piernas. "Éste es el bueno", pensé. Lo compré, junto con unas medias de red y tacones altísimos. Salí de ahí con la bolsa latiendo contra mi cadera, imaginando la cara de Marco.

Llegué a nuestro depa en la Roma, el sol ya se ponía tiñendo todo de naranja. Marco estaba en la sala, con su playera ajustada marcando esos pectorales que me vuelven loca, viendo el fut en la tele. "¡Ey, güey! Tengo una sorpresa", le grité desde la puerta del baño. Él levantó la vista, curioso, con esa sonrisa pícara que me deshace. "¿Qué traes, mi amor? ¿Otra vez comprando chucherías?"

Me metí al baño, el vapor del agua caliente ya llenando el aire con olor a jabón de lavanda. Me quité la ropa despacio, sintiendo el aire fresco en mi piel desnuda. Me duché pensando en él, en cómo sus manos grandes me recorren, ásperas pero tiernas. Salí envuelta en la toalla, pero en vez de ponerme el pijama, saqué el teddy rojo. La tela se deslizó sobre mi cuerpo húmedo como una caricia prohibida: suave contra mis senos, apretando mi cintura, rozando el monte de Venus hasta hacerme jadear bajito. Las ligas se engancharon a las medias, tirantes elásticos que mordían mi piel de forma deliciosa. Los tacones me alzaron el culo, perfecto para él.

¿Y si no le gusta? No, pendeja, Marco te come con los ojos siempre. Esto va a ser épico.

Salí del baño con el pelo suelto cayendo en ondas húmedas, perfume de jazmín en el cuello. La luz tenue de las velas que prendí hacía que el rojo del teddy brillara como sangre viva. Marco se giró en el sofá, y su boca se abrió en una O perfecta. "¡Carajo, Ana! ¿Qué demonios es eso?" Su voz salió ronca, los ojos devorándome desde los tacones hasta mis labios pintados de rojo fuego.

Me acerqué contoneándome, el sonido de mis tacones contra el piso de madera como un ritmo sensual. "Trajes para una noche de pasión, mi rey", le susurré al oído, rozando su oreja con los labios. Él se levantó de un brinco, sus manos grandes y callosas tomándome por la cintura, atrayéndome contra su pecho duro. Sentí su verga ya tiesa presionando mi vientre, caliente a través de sus jeans. "Estás de pinche infarto, mami", murmuró, besándome el cuello, lamiendo la sal de mi piel recién bañada.

Nos besamos como posesos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y menta, mis uñas clavándose en su espalda. Me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo, el teddy subiéndose y dejando mi concha expuesta al roce de su pantalón. Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de satén negro. Me tiró suave, pero con fuerza, y se quitó la ropa en segundos: su pecho moreno, velludo justo donde debe, la verga erguida, gruesa, con una gota perlada en la punta que me hizo salivar.

Él se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos por encima de las medias. "Estas ligas me van a matar", gruñó, mordisqueando la piel sensible detrás de mi rodilla. Subió lento, torturándome, su aliento caliente llegando a mi centro antes que su boca. Lamí mis labios, arqueándome. "Marco, por favor..." supliqué, mi voz un gemido. Él rio bajito, esa risa que me calienta las entrañas, y hundió la cara en mí. Su lengua plana lamió mi clítoris hinchado, chupando con hambre, el sonido húmedo llenando la habitación junto a mis jadeos. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor masculino.

El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, frotando mientras succionaba. "¡Sí, carnal, así! ¡Qué rico!" grité, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. Sentía mi interior palpitando, la tensión acumulándose como tormenta en el desierto. Él no paraba, lamiendo más rápido, sus dientes rozando suave. Exploté en un orgasmo que me dejó temblando, chorros de placer mojando su barbilla, mi cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre.

Pero no terminó ahí. Marco se subió encima, su verga rozando mi entrada resbaladiza. "¿Quieres que te coja duro, mi reina?" preguntó, ojos negros fijos en los míos, pidiendo permiso con esa mirada tierna. "Sí, fóllame ya, pendejo", le contesté juguetona, clavando tacones en su culo. Empujó de una, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Gemimos juntos, el sonido gutural de carne contra carne empezando el ritmo.

Cabalgamos esa ola: él embistiendo profundo, yo arañando su espalda, sintiendo cada vena de su pinga pulsando dentro. Sudor perlando su frente, goteando en mis chichis que rebotaban con cada choque. Cambiamos posiciones, yo encima, montándolo como amazona, el teddy hecho jirones colgando de un hombro. Mis pezones rozaban su pecho, duros como piedras, mientras giraba las caderas, moliendo mi clítoris contra su pubis. "¡Qué chingón se siente, Ana! ¡Tu conchita me aprieta como virgen!" jadeó él, manos amasando mi culo.

La habitación olía a sexo puro: sudor, fluidos, perfume mezclado. El colchón crujía bajo nosotros, las velas parpadeando sombras danzantes en las paredes. Sentí el segundo orgasmo construyéndose, más profundo, como un volcán. Marco se tensó debajo de mí, sus embestidas volviéndose erráticas. "Voy a venirme, mi amor..." avisó. "Dentro, lléname", le rogué, y explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, pulsos y pulsos, mientras yo me deshacía en espasmos, mordiendo su hombro para no gritar tan fuerte.

Caímos exhaustos, enredados, su verga aún dentro latiendo suave. Besos perezosos, lenguas jugueteando. El aire fresco de la noche entrando por la ventana, enfriando nuestra piel ardiente. "Ese traje fue la neta, Ana. Trajes para una noche de pasión total", murmuró él, acariciando mi pelo. Yo sonreí contra su cuello, oliendo su esencia masculina.

Esto no es el fin, es solo el principio de muchas noches así. Mi Marco, mi pasión eterna.

Nos quedamos así, abrazados, el corazón latiendo al unísono, saboreando el afterglow que nos unía más que nunca.

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