Cuáles Son Las Pasiones
La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas abiertas del penthouse. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los cigarros caros y el tequila reposado que corrían en vasos de cristal. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo, me sentía como una diosa entre mortales. Había llegado con unas amigas a esta fiesta de ricos, pero ya andaba aburrida de las pláticas pendejas sobre negocios y viajes a Europa.
Entonces lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa chueca que prometía travesuras. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si ya me estuviera desnudando con la mirada. Me acerqué a la barra, pidiendo un paloma con limón fresco, y él se paró a mi lado, oliendo a colonia cara y a hombre que sabe lo que quiere.
¿Qué carajos me pasa con este güey? pensé, mientras el hielo tintineaba en mi vaso. —¿Y tú qué, morra? ¿Vienes a bailar o nomás a posar? me dijo con voz ronca, ese acento chilango puro que me erizaba los vellos de la nuca.
Reí, juguetona. —Depende. ¿Tú qué ofreces pa' convencerme? Nuestras miradas se engancharon, y el calor entre mis piernas empezó a subir como el volumen de la cumbia rebajada que sonaba de fondo.
La conversación fluyó como el tequila: fácil, ardiente. Hablamos de la vida, de los sueños rotos y de cuáles son las pasiones que nos mueven de verdad. —Las pasiones son lo que nos hace vivos, Ana. ¿Cuáles son las tuyas? Dime, sin pendejadas, me retó, su mano rozando la mía al pasarme el vaso. Ese toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y firme. Sentí mi pulso acelerarse, el corazón latiéndome en el pecho como tambores de una conga.
Lo invité a bailar. En la terraza, bajo las luces de neón y las estrellas contaminadas por la ciudad, nuestros cuerpos se pegaron. Su pecho duro contra mis tetas, sus caderas moviéndose al ritmo, frotándose contra mi culo. Olía a sudor limpio, a deseo puro. Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Neta, este carnal me va a volver loca, me dije, mientras su aliento caliente me rozaba el cuello.
—Ven, vamos a un lugar más chido, murmuró en mi oído, su voz vibrando como un ronroneo. Asentí, empapada ya entre las piernas, el tanga hecho un desastre. Bajamos en el elevador, solos, y no aguanté: lo besé. Sus labios gruesos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí bajito, mis uñas clavándose en sus hombros. El ding del elevador nos separó, pero el fuego ya ardía.
En su coche, un BMW negro reluciente, arrancamos rumbo a su depa en Lomas. La ciudad pasaba borrosa por las ventanas, luces rojas y verdes reflejándose en su piel. Su mano subió por mi muslo, dedos fuertes abriéndose paso bajo el vestido. —Estás mojada, pinche rica, gruñó, y metí la mano en su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra, palpitando en mi palma. La apreté, masturbándolo lento mientras él aceleraba, el motor rugiendo como nuestro deseo.
¿Cuáles son las pasiones que me llevan a esto? El puro instinto, el hambre de piel, de ser follada hasta olvidar mi nombre
Llegamos a su penthouse minimalista, con vistas al Bosque de Chapultepec. Apenas cerramos la puerta, me levantó en brazos, mis piernas envolviéndole la cintura. Me estampó contra la pared, besándome el cuello, lamiendo mi clavícula con lengua caliente y húmeda. Desabroché su camisa, besando su pecho velludo, saboreando la sal de su sudor. —Quítate eso, güey. Quiero verte todo, le ordené, y él obedeció, quitándose todo hasta quedar en pelotas, su pija erecta apuntándome como un arma.
Lo empujé al sofá de piel blanca, montándome encima. Mis tetas rebotaban libres del brasier, pezones duros rozando su torso. Bajé despacio, empalándome en su verga gruesa, centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón! grité, el estirón delicioso, llenándome hasta el fondo. Empecé a cabalgar, mis caderas girando, el sonido chapoteante de mi coño chorreando sobre él. Sus manos amasaban mi culo, nalgueándome suave, el escozor mezclándose con el placer.
El aire olía a sexo: almizcle, sudor, mi excitación empapando todo. Sus gemidos roncos, mis jadeos altos, la música lejana de la fiesta aún en mi cabeza. Me volteó, poniéndome a cuatro patas en el piso alfombrado. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. —¡Más fuerte, pendejo! ¡Fóllame como hombre! le rogué, y él obedeció, clavándome sin piedad, su sudor goteando en mi espalda.
El clímax se acercaba como una ola en Acapulco. Mis paredes se contraían alrededor de su pija, pulsando. Las pasiones son esto: puro fuego, entrega total, pensé en el vértigo. Grité su nombre, el orgasmo explotando en mil estrellas, jugos corriendo por mis muslos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.
Nos derrumbamos en el sofá, jadeantes, piel pegajosa. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi frente. El olor a sexo persistía, mezclado con el aroma de su colonia. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en la afterglow.
—¿Ves? Esas son las pasiones que valen la pena, murmuró, trazando círculos en mi vientre. Sonreí, satisfecha, el cuerpo lánguido pero el alma viva. Cuáles son las pasiones... las que nos queman por dentro, las que nos hacen humanos.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando en susurros, planeando la próxima noche. Porque las pasiones no se acaban; solo esperan el siguiente fuego.