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Saboreando el Maracuyá Fruta de la Pasión

6923 palabras

Saboreando el Maracuyá Fruta de la Pasión

El sol de mediodía caía a plomo sobre el tianguis de Coyoacán, tiñendo de oro las pilas de frutas relucientes. Ana caminaba entre los puestos, el aire cargado de aromas dulces y terrosos: mangos maduros, piñas jugosas y ese perfume inconfundible del maracuyá fruta de la pasión que la atraía como un imán. Sus sandalias crujían sobre la grava, y el roce de su vestido ligero contra la piel la hacía sentir viva, deseosa de algo más que un simple capricho matutino.

Se detuvo frente al puesto de Javier, un moreno alto con ojos café que brillaban como el interior de esas frutas. Él partía un maracuyá con maestría, el cuchillo deslizándose suave, liberando semillas negras envueltas en jugo dorado que goteaba por sus dedos fuertes.

¡Órale, qué hombre! Neta, ese wey sabe lo que hace con las manos
, pensó Ana, mordiéndose el labio mientras un calor subía por su vientre.

Prueba esta chulada, morra —dijo él con voz ronca, extendiendo un pedazo de fruta hacia ella—. Es el maracuyá fruta de la pasión, lo mejor que vas a catar hoy.

Ana tomó el trozo, sus dedos rozando los de él en una chispa eléctrica. El jugo ácido y dulce explotó en su lengua, fresco como un beso robado, con notas tropicales que le erizaron la piel. Lo miró fijamente, tragando despacio.

Está de poca madre, carnal. ¿Y tú cómo le haces para que sepa tan bien?

Javier sonrió, limpiándose las manos en un trapo, sus músculos flexionándose bajo la camisa ajustada. —Es cuestión de pasión, ¿sabes? Hay que mimarla, abrirla con cuidado para que suelte todo su néctar. Sus ojos la recorrieron sin disimulo, deteniéndose en el escote donde el sudor perlaba su clavícula.

El flirteo brotó natural, como el jugo de la fruta. Hablaron de la frescura del mercado, de cómo el maracuyá le recordaba a las tardes calurosas en Oaxaca, su tierra. Ana sintió el pulso acelerarse, el aire entre ellos cargado de promesas. Cuando él le ofreció llevarla a su rooftop cercano para probar un agua fresca de maracuyá fruta de la pasión recién hecha, ella no dudó. ¿Por qué no? Esto se siente chido, neta.

Subieron las escaleras angostas, el eco de sus pasos mezclándose con risas. El rooftop era un oasis: plantas trepadoras, una hamaca y una mesa con licuadora zumbando. Javier sirvió dos vasos altos, el líquido ámbar burbujeante, coronado de hielo que crujía al chocar. Bebieron, el sabor intenso inundando sus bocas, gotas resbalando por sus barbillas.

Ven, siéntate aquí —la invitó, jalándola suave por la cintura hacia la hamaca. Sus cuerpos se rozaron, el calor de su piel contra la de ella como una caricia prometida. Ana inhaló su olor: tierra fértil, sudor limpio y un toque de cítricos.

¡No mames, este wey me está prendiendo como yesca!

La música de un radio viejo llenó el aire, un son jarocho con guitarra que vibraba en sus pechos. Bailaron despacio, caderas ondulando al ritmo, manos explorando espaldas, nucas. Javier la acercó más, su aliento caliente en su oreja:

Me traes loco, Ana. Tu boca sabe a maracuyá, dulce y traviesa.

Ella rio bajito, arqueando el cuello para que sus labios rozaran su mandíbula. —Entonces pruébame, Javier. Averigua qué más sé a pasión.

El beso fue inevitable, un choque de lenguas hambrientas. Saboreó el maracuyá en su saliva, ácido y adictivo, mientras sus manos subían por sus muslos, arrugando el vestido. Se tumbaron en la hamaca, que se mecía suave como una cuna pecadora. Javier desató el lazo de su blusa, exponiendo pechos turgentes que besó con devoción, lengua trazando círculos en pezones endurecidos. Ana jadeó, el sonido ronco mezclándose con el zumbido de abejas lejanas y el viento en las hojas.

Sus dedos bajaron, encontrando el encaje húmedo de sus bragas. —Estás chorreando, mi reina —murmuró, deslizando un dedo dentro, lento, curvado para rozar ese punto que la hizo arquearse.

¡Ay, wey, qué rico! Sigue, no pares, me vas a volver loca
, pensó ella, clavando uñas en su espalda.

Ana no se quedó atrás. Bajó la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, palpitante, con una gota perlada en la punta que lamió como si fuera jugo de fruta. El sabor salado mezclado con el dulzor residual del maracuyá la enloqueció. Lo chupó despacio, lengua girando, manos masajeando testículos pesados. Javier gruñó, caderas empujando suave, órale, qué boca tan chingona.

La tensión crecía como tormenta de verano, relámpagos en venas. Se quitaron la ropa restante, piel contra piel, sudorosa y resbaladiza. Javier la volteó boca abajo en la hamaca, besando su espinazo, bajando a nalgas firmas que mordisqueó juguetón. Ella se abrió para él, invitándolo con un gemido. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento delicioso, el roce de venas contra sus paredes internas, la hizo gritar de placer.

Se movieron en ritmo perfecto, hamaca bamboleándose, crujidos de madera uniéndose a slap de carne contra carne. El olor a sexo flotaba pesado: almizcle, jugos mezclados, pasión cruda. Ana giró la cabeza para besar su brazo, sintiendo cada embestida profunda, su clítoris rozando contra él.

¡Más fuerte, cabrón! Dame todo tu fuego
.

Javier aceleró, una mano en su cadera, otra pellizcando pezón. —¡Vas a gozar conmigo, Ana! Siente cómo te chingo con toda la pasión del maracuyá.

El clímax la golpeó como ola furiosa. Ondas de placer desde el útero, músculos contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por muslos. Gritó su nombre, visión nublada, cuerpo temblando. Javier la siguió segundos después, gruñendo ronco, semen caliente inundándola en pulsos calientes.

Se derrumbaron jadeantes, hamaca convertida en nido. Él la abrazó por detrás, verga aún semi-dura dentro, besando su hombro sudoroso. El sol se filtraba suave ahora, pintando sus cuerpos dorados. Ana sonrió, girando para mirarlo.

Neta, Javier, esto fue como morder el maracuyá fruta de la pasión: intenso, dulce, inolvidable.

Él rio, acariciando su cabello revuelto. —Y apenas es el principio, mi amor. Hay más frutas por saborear.

Se quedaron así hasta que el atardecer tiñó el cielo de rosa, cuerpos entrelazados, corazones latiendo al unísono. Ana sintió una paz profunda, el deseo saciado pero con brasas listas para reavivarse.

Quién iba a decir que un simple puesto de frutas me daría el mejor polvo de mi vida. ¡Viva México y su pasión!
En ese rooftop, entre aromas de tierra y néctar, habían descubierto su propio fruto prohibido, jugoso y eterno.

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