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Enrique en el Abismo de Pasión

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Enrique en el Abismo de Pasión

La noche en Polanco estaba viva, con luces neón parpadeando como promesas rotas y el aire cargado de ese olor a tequila reposado mezclado con perfume caro. Yo, Sofía, acababa de entrar al club con mis amigas, vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. Hacía semanas que no salía, desde que mi ex me dejó por una tipa más joven, pero esa noche quería olvidar. Quería sentir algo real, algo que me acelerara el pulso.

Ahí lo vi. Enrique. Alto, moreno, con esa mirada que te atraviesa como un rayo. Estaba en la barra, platicando con unos cuates, riendo con esa boca carnosa que prometía pecados. Neta, el wey era un chulo de campeonato. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera electrificado. Me acerqué, fingiendo pedir un trago, pero él ya sabía.

Órale, mamacita, ¿qué te traes? —me dijo con voz grave, ese acento chilango que me eriza la piel.

Le sonreí, juguetona. —Nada, carnal, solo sedienta. ¿Me invitas uno?

Empezamos a platicar. Enrique era ingeniero, de esos que viajan por el mundo pero siempre vuelven a la CDMX. Hablaba de sus viajes a la Riviera Maya, de playas donde el mar besa la arena con furia. Yo le conté de mi trabajo en una galería de arte, de cómo pintaba lienzos que gritaban deseo reprimido. La química era palpable; cada roce accidental de sus dedos en mi brazo mandaba chispas directo a mi entrepierna. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que te hace mojar sin permiso.

La música retumbaba, un remix de cumbia rebajada que nos invitaba a movernos. —Vámonos a bailar, Sofía —me dijo, tomándome la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo, y me llevó a la pista. Sus caderas contra las mías, el ritmo pegajoso, el calor de su cuerpo presionando. Sentía su verga endureciéndose contra mi culo, y en vez de alejarme, me pegué más. Qué rico, pensé, este pendejo sabe cómo encender a una morra.

Pero no era solo físico. En sus ojos había un abismo, un abismo de pasión que me atraía como imán. Me contó de su divorcio reciente, de cómo la vida le había enseñado a no conformarse. —Yo quiero todo, Sofía. Quiero sumergirme hasta el fondo —susurró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Mi corazón latía desbocado, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.

Salimos del club pasadas las dos, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que nos consumía. Caminamos por las calles empedradas de Polanco, riendo como chavos, hasta su departamento en una torre con vista al skyline. Adentro, todo era minimalista: muebles de piel, luces tenues, y un balcón que daba a la ciudad infinita.

¿Quieres algo de tomar? —preguntó, pero yo ya no quería palabras. Lo jalé hacia mí, besándolo con hambre. Sus labios eran suaves pero exigentes, sabían a ron y a promesas. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva. Gemí en su boca, sintiendo cómo mi coño palpitaba de anticipación.

Esto es una locura, Sofía. Lo acabas de conocer. Pero neta, su toque me hace sentir viva, como si cada caricia borrara el pasado.

Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. Sus labios en mi cuello, chupando suave hasta dejar una marca roja. Bajó a mis tetas, lamiendo los pezones endurecidos, mordisqueando lo justo para que doliera rico. —Eres una pinche delicia —gruñó, y yo arqueé la espalda, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar control. Desabroché su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, que saltó dura como piedra. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis sentidos. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Enrique jadeaba, sus caderas moviéndose involuntarias. —¡Carajo, qué chingona chupas! —dijo, y eso me prendió más.

Pero él no se quedó atrás. Me levantó como si no pesara, llevándome a la cama king size. Me abrió las piernas, admirando mi coño depilado, húmedo y brillante. —Mírate, toda mojada por mí —dijo, y hundió la cara ahí. Su lengua era mágica: lamiendo mi clítoris en círculos lentos, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El sonido de mis jugos chapoteando, mis gemidos roncos llenando la habitación. Olía a sexo puro, a deseo desatado. Me vine rápido, temblando, gritando su nombre: ¡Enrique!

Él subió, besándome para que probara mi propio sabor. —Aún no acabamos, preciosa. Se puso un condón —siempre responsable, qué chido— y me penetró de un solo empujón. Llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Empezó lento, mirándome a los ojos, ese abismo de pasión reflejado en los suyos. —Soy tuyo esta noche —jadeé, clavando las uñas en su espalda musculosa.

El ritmo aumentó. Enrique me cogía con fuerza, la cama crujiendo bajo nosotros, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, sintiendo su verga golpear mi cervix con cada bajada. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Luego a perrito, él jalándome el pelo suave, azotando mi culo rojo. —¡Dame más, pendejo! —le grité, y él obedeció, embistiéndome más profundo.

En ese momento, supe que Enrique era mi abismo de pasión. No había vuelta atrás; me hundía voluntaria, gozando cada oleada de placer que me ahogaba.

Sentía el orgasmo construyéndose, una presión en el vientre que explotó en estrellas. Me vine apretándolo, ordeñándolo, y él gruñó, corriéndose dentro del condón con espasmos violentos. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con nuestro sudor salado.

Nos quedamos así un rato, él acariciándome el pelo, yo trazando círculos en su pecho tatuado con un águila mexicana. —Esto fue chingón, Sofía —murmuró. —Neta, lo mejor en mucho tiempo.

Me levanté por agua, y desde el balcón vi la ciudad durmiendo, testigo muda de nuestra entrega. Regresé a la cama, acurrucándome contra él. No era amor, no aún, pero era conexión pura, pasión que curaba heridas. Enrique, mi abismo de pasión, me había mostrado que el deseo podía ser sanador, empoderador.

Al amanecer, nos despedimos con un beso largo, prometiendo repetir. Salí a la calle soleada, piernas flojas pero alma plena. La vida en México es así: intensa, llena de sorpresas calientes. Y yo, lista para más.

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