Almodovar Pasion y Gloria Carnal
En el corazón de la Roma, ese barrio chido de la Ciudad de México donde las luces de neón besan las fachadas art nouveau, me senté en la sala de cine casi vacía. La película era Pasiòn y Gloria de Almodóvar, esa obra maestra que huele a confesiones íntimas y cuerpos que se retuercen en éxtasis. Yo, Lucía, una morra de treinta y tantos que diseña escenografías para teatro, había llegado sola, con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano. El aire acondicionado rozaba mi piel morena, erizándola bajo el vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diva almodovariana.
Al lado mío, a dos butacas de distancia, estaba él: un tipo alto, de barba recortada y ojos que brillaban como tequila bajo la luna. Se llamaba Mateo, lo supe después, pero en ese momento solo era una sombra sensual que inhalaba el aroma a palomitas quemadas y perfume caro. Cuando la pantalla mostró a Antonio Banderas gimiendo de placer y dolor, sentí su mirada sobre mí. Neta, el calor subió por mis muslos, y crucé las piernas para aplacar el cosquilleo que ya me traía loca.
¿Por qué carajos me mira así? Como si ya me estuviera desnudando con los ojos. Ay, Lucía, no seas pendeja, pero qué rico se ve con esa camisa blanca que se le pega al pecho sudado.
La película avanzaba, llena de pasion y gloria almodovar, esos colores vibrantes que te meten en la piel como aceite caliente. Mateo se movió, su rodilla rozó la mía accidentalmente —o no tan accidental—. El contacto fue eléctrico, como un rayo en la Sierra Madre. No me aparté. En cambio, giré la cabeza y le sonreí, con esa picardía mexicana que dice "ven pa'cá sin decirlo".
—¿Te late Almodóvar? —susurró, su voz grave como un corrido ranchero.
—Neta que sí, carnal. Esta peli me pone la piel de gallina... y otras cosas. —le contesté, mordiéndome el labio sin querer.
Así empezó todo. Al final de la función, salimos juntos a la calle empedrada, donde el olor a tacos al pastor y jazmines flotaba en el aire húmedo de la noche. Caminamos sin rumbo, hablando de cómo Almodovar capturaba esa pasion y gloria que todos llevamos adentro, esa hambre de tocar, de gemir, de fundirnos. Sus dedos rozaron mi mano, y yo los entrelacé con los míos. Su piel es áspera, de artista que pinta murales, huele a tabaco y loción de sándalo. Quiero que me pinte a mí.
Entramos en un bar escondido, de esos con velas titilantes y mezcal ahumado que quema la garganta como un beso prohibido. Nos sentamos en una mesa íntima, nuestras rodillas chocando bajo el mantel. Hablaba de su vida como fotógrafo de moda, capturando cuerpos desnudos en poses almodovarianas, y yo le contaba de mis sets donde las actrices se despojan de todo para ser libres. El deseo crecía, lento como el humo del incienso que perfumaba el lugar. Su mano subió por mi muslo, deteniéndose en el borde de la media de encaje.
—Lucía, desde que te vi en el cine, no dejo de imaginarte así, abierta como en esa escena de pasion y gloria.
Mi pulso se aceleró, el corazón martilleando contra las costillas. Lo miré fijo, con los ojos ardiendo.
—Entonces no imagines, wey. Tómalo.
Salimos del bar como posesos, caminando rápido hacia su depa en la Condesa, a unas cuadras. El viento nocturno lamía mi cuello, y sus labios ya rozaban mi oreja, susurrando promesas sucias. Subimos las escaleras de dos en dos, riendo como chavos. Adentro, el lugar era puro arte: paredes con fotos eróticas en blanco y negro, olor a café molido y madera vieja. Me empujó contra la puerta, besándome con furia. Sus labios sabían a mezcal y menta, ásperos, demandantes. Mis manos se colaron bajo su camisa, sintiendo los músculos duros, el vello que me raspaba las palmas.
¡Qué chingón besa! Me moja toda, siento mi chucha palpitando, lista para él. No pares, Mateo, dame esa pasion y gloria que promete Almodovar.
Acto dos de nuestra película privada: lo desvestí lento, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Su pecho subía y bajaba, nipples duros como piedras de obsidiana. Bajé de rodillas, el piso frío contra mis rodillas, y lo tomé en la boca. Su gemido fue música, grave y ronco, vibrando en mi garganta. Sabía salado, a hombre puro, y yo lo chupaba con hambre, lamiendo la vena que latía como un río furioso. Sus manos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo pidiendo más.
Me levantó como pluma, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas llenas y mi tanga empapada. Sus ojos se devoraron mi cuerpo, y yo me arqueé, ofreciéndome.
—Eres una diosa, Lucía. Déjame adorarte.
Sus dedos exploraron mi piel, trazando círculos en mi ombligo, bajando hasta mi monte de Venus. Separó mis labios húmedos, metiendo dos dedos que me hicieron jadear. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con mi aliento entrecortado. Me masturbaba despacio, curvando los dedos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. ¡Ay, cabrón, ahí, justo ahí! Siento el calor subiendo, mis paredes apretándolo, queriendo ordeñarlo. Lamía mi cuello, mordisqueando, mientras su pulgar frotaba mi clítoris hinchado. El orgasmo vino en olas, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre al techo.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor salado que perlaba mi espinazo. Su lengua bajó por mis nalgas, separándolas para saborearme el culo, un placer prohibido que me erizó toda. Luego, su verga dura presionó mi entrada, resbaladiza de jugos. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Qué grande, wey! Me estira delicioso, choca contra mi cervix como un trueno. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida enviando chispas por mi espina dorsal. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, mis gemidos convirtiéndose en aullidos.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba. Veía su cara de éxtasis, boca abierta, ojos en blanco. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo llenando la habitación —mugre dulce, almizcle animal—. Aceleré, sintiendo su verga engrosarse dentro de mí, lista para explotar.
—¡Córrete conmigo, Mateo! Dame tu leche.
Explotamos al unísono. Su chorro caliente inundándome, mis paredes ordeñándolo hasta la última gota. Colapsé sobre él, nuestros corazones galopando como caballos desbocados en las carreras de Texcoco.
En el afterglow, yacíamos enredados, piel pegajosa contra piel. El ventilador zumbaba perezoso, secando nuestro sudor. Fumamos un cigarro —el mío mentolado, el suyo tabaco puro—, hablando bajito de cómo esa noche había sido nuestra propia Almodovar pasion y gloria, llena de confesiones y clímax inolvidables.
Neta, esto no es solo un polvo. Hay algo aquí, un fuego que no se apaga fácil. Mañana lo invito a mi set, a que me fotografíe desnuda bajo las luces.
Nos dormimos así, con el alba colándose por las cortinas, prometiendo más noches de pasión mexicana, cruda y gloriosa.