Ednita Nazario La Pasión Tiene Memoria
La noche en Polanco olía a jazmín y a tequila reposado, ese aroma que se te mete en la piel como un susurro caliente. Estaba sentado en la barra del La Perla Negra, un antro chido con luces tenues que jugaban con las sombras de los cuerpos bailando salsa. Mi nombre es Alejandro, y esa noche no buscaba nada más que olvidar el pinche estrés del jale en la oficina. Pero el destino, ese cabrón juguetón, tenía otros planes.
De repente, la rola que soltaron los speakers me pegó como un rayo: Ednita Nazario, su voz ronca y apasionada llenando el aire con "La pasión tiene memoria". Neta, se me erizó la piel. Esa canción era como un tatuaje en mi alma, porque la última vez que la oí fue hace cinco años, enredado en las sábanas con ella. Ednita. No la cantante, sino mi Ednita, la morra que me había marcado a fuego.
La vi entrar como si el tiempo no hubiera pasado. Cabello negro azabache cayendo en ondas salvajes sobre sus hombros bronceados, un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo. Sus ojos, negros como el café de olla, barrieron el lugar hasta clavarse en mí. ¿Coincidencia o memoria de la pasión?, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tambor de mariachi.
Se acercó con ese contoneo que hacía que todos los güeyes voltearan, pero su mirada era solo para mí. "¡Órale, carnal! ¿Alejandro? ¿Eres tú, pinche cabrón?", soltó con esa risa gutural que me ponía la verga dura al instante. La abracé, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, el perfume de vainilla y algo más salvaje, como almizcle de deseo reprimido.
Nos sentamos en una mesa apartada, con velitas parpadeando y el humo de los cigarros electrónicos flotando como niebla erótica. Hablamos de todo y de nada: del jale, de viajes a la playa en Cancún, de cómo la vida nos había separado después de esa noche loca en Puerto Vallarta. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como lava a punto de erupción. Sus dedos rozaban los míos al pasar el vaso de mezcal, y cada roce era electricidad pura.
La pasión tiene memoria, canturreó bajito, citando la rola que aún sonaba de fondo. Sus ojos brillaban con picardía. Esta chava sabe lo que hace, me va a volver loco otra vez.
El mezcal nos soltó la lengua y el cuerpo. Le conté cómo la había extrañado, cómo su sabor aún me perseguía en sueños. Ella se mordió el labio, ese gesto que siempre me volvía loco, y confesó: "Neta, Alejandro, desde que te vi entrar supe que la neta de las netas era esto. Mi cuerpo te recuerda todo". Su mano subió por mi muslo bajo la mesa, lenta, deliberada, hasta que sentí su calor a través del pantalón. Mi verga se despertó como fiera enjaulada, palpitando con urgencia.
Salimos del antro tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que nos consumía por dentro. Caminamos hasta su hotel, un cinco estrellas con vistas al skyline de la CDMX. En el elevador, no aguantamos más. La empujé contra la pared, besándola con hambre de lobo. Sus labios sabían a mezcal y miel, su lengua danzando con la mía en un tango húmedo y salvaje. Gemí contra su boca, oliendo su aroma: sudor ligero mezclado con ese perfume que gritaba sexo.
La puerta de la suite se cerró con un clic que sonó a promesa. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro. El vestido rojo cayó como pétalo de rosa, revelando lencería negra que apenas contenía sus chichis firmes y redondos. Sus pezones ya estaban duros, rosados como chicles, pidiendo mi boca. Me arrodillé, besando su ombligo, bajando hasta el encaje que cubría su panocha. La tela estaba empapada, el olor a excitación femenina invadiendo mis fosas nasales, dulce y salado como el mar.
"¡Ay, wey, no me tortures!", suplicó ella, enredando sus dedos en mi pelo. Le arranqué el tanga con los dientes, exponiendo su chocha depilada, hinchada de deseo. Lamí su clítoris con la punta de la lengua, lento al principio, saboreando su jugo que sabía a nectarina madura. Ella jadeaba, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca, "¡Sí, cabrón, así! ¡Chíngame con la lengua!". El sonido de sus gemidos era música, grave y entrecortado, como la voz de Ednita Nazario en esa rola que nos unía.
La cargué a la cama king size, donde las sábanas de algodón egipcio nos esperaban frías. Me quité la ropa a tirones, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. Ella la miró con hambre, "Qué chingona está tu pinga, amor. Ven, déjame probarla". Se puso de rodillas, engulléndola hasta la garganta. Sentí el calor húmedo de su boca, su lengua girando alrededor del glande, chupando con maestría. El pop de sus labios al soltarla me hacía gruñir, el placer subiendo como oleada por mi espina.
Esto es la pasión que tiene memoria, carajo. Cada chupada es un recuerdo vivo.
La volteé boca abajo, admirando sus nalgas perfectas, redondas como melones maduros. Le di una nalgada juguetona, el sonido seco resonando en la habitación, su piel enrojeciéndose al instante. "¡Más, pendejo!", pidió, arqueando la espalda. Metí dos dedos en su coño empapado, sintiendo las paredes contraerse, calientes y sedosas. Ella se retorcía, mojablando las sábanas, su olor a sexo llenando el aire como incienso prohibido.
No aguanté más. Me puse un condón –siempre seguro, carnal– y la penetré de una embestida. Su panocha me tragó entero, apretándome como guante de terciopelo húmedo. Empecé a bombear lento, profundo, sintiendo cada vena de mi verga rozar sus pliegues. Ella clavaba las uñas en mi espalda, gritando "¡Duro, Alejandro! ¡Chíngame como antes!". Aceleré, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos, el sudor perlando nuestras pieles, salado al lamer su cuello.
Cambié posiciones como en un baile erótico: ella encima, cabalgándome con furia, sus chichis rebotando hipnóticos. Yo abajo, mamando sus pezones, mordisqueando hasta que chillaba de placer. De lado, cucharita, mi mano en su clítoris frotando círculos rápidos mientras la taladraba. El clímax se acercaba como tormenta: su coño se contrajo en espasmos, ordeñándome, mientras gritaba mi nombre. Yo exploté segundos después, llenando el condón con chorros calientes, el mundo volviéndose blanco en éxtasis puro.
Colapsamos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. El aire olía a sexo consumado, a sudor y semen, con el eco lejano de la ciudad. "La pasión tiene memoria, ¿verdad?", murmuró ella, trazando círculos en mi piel con la uña.
Sonreí en la penumbra. Sí, nena. Y la nuestra nunca se va a borrar. Nos quedamos así, en afterglow perfecto, sabiendo que esto era solo el principio de más noches como esta. Ednita Nazario tenía razón en esa rola: la pasión recuerda todo, y nosotros éramos su prueba viva.