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Pasión de Gavilanes Capítulo 34 Fuego en la Sangre

7422 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 34 Fuego en la Sangre

Jimena se recostó en el sillón de la sala, con el control remoto en la mano y una sonrisa pícara en los labios. La noche en la hacienda era cálida, el aire cargado del aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Afuera, los grillos cantaban su sinfónica eterna, pero adentro, el televisor iluminaba la penumbra con las luces dramáticas de Pasión de Gavilanes capítulo 34. Franco, su hombre, estaba a su lado, con el brazo alrededor de sus hombros, su cuerpo fuerte y moreno emanando ese calor que la hacía derretirse como mantequilla en comal.

—Órale, mi amor, este capítulo siempre me pone la piel chinita —dijo Jimena, acurrucándose más contra él. Su voz era ronca, con ese acento norteño que lo volvía loco. Franco la miró de reojo, sus ojos oscuros brillando como brasas. Llevaban años juntos, pero cada vez que veían esta novela, algo se encendía entre ellos, como si fueran los Reyes hermanos reclamando a sus mujeres con esa pasión salvaje.

En la pantalla, los amantes se miraban con intensidad, el viento revolviendo sus cabellos mientras la música subía de tono. Jimena sintió un cosquilleo en el vientre, ese deseo que empezaba como una brisa y se convertía en tormenta. Franco deslizó la mano por su muslo, por encima del short de algodón fino, y ella no lo detuvo. Al contrario, abrió un poco las piernas, invitándolo sin palabras.

¿Por qué esta novela nos prende tanto? Neta, es como si nos metieran en su mundo, en esa Pasión de Gavilanes capítulo 34 donde todo explota.
pensó Jimena, mientras el pulgar de él rozaba la piel sensible de su interior de muslo.

Franco apagó el televisor de un clic, dejando la sala en una oscuridad suave, solo rota por la luna que se colaba por las cortinas. —Ya no necesito la tele, preciosa. Tú eres mi pasión —murmuró, girándose hacia ella. Sus labios capturaron los de Jimena en un beso lento, profundo, saboreando el dulce de su gloss de fresa. Ella gimió bajito, enredando los dedos en su cabello negro y revuelto. El sabor de él, a cerveza fría y tabaco, la embriagaba.

Acto primero de su propia novela privada: la introducción al deseo. Franco la levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensándose bajo la camisa ajustada. Jimena rodeó su cintura con las piernas, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su centro. Caminaron al dormitorio, el piso de loseta fría bajo sus pies descalzos contrastando con el fuego que los consumía. La cama king size los esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

La recostó con gentileza, pero sus ojos prometían rudeza deliciosa. —Quítate eso, mamacita —ordenó con voz grave, y Jimena obedeció, quitándose el short y la blusa en un movimiento fluido. Quedó en bra y tanga de encaje negro, su piel canela brillando bajo la luz de la lámpara de noche. Franco se desvistió despacio, torturándola, dejando que admirara su torso esculpido por años de trabajo en el rancho, el vello oscuro bajando en una línea tentadora hasta su bóxer abultado.

Se tendió sobre ella, sin aplastarla, solo rozando. Sus bocas se unieron de nuevo, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Jimena arqueó la espalda cuando la mano de él cupo su seno, el pulgar rozando el pezón endurecido a través de la tela. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras un jadeo escapaba de sus labios. El aroma de su colonia, mezclado con su sudor fresco, la envolvía como una niebla erótica.

El medio tiempo llegó con escalada pausada. Franco besó su cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando marcas rojas que mañana serían trofeos. Bajó a sus pechos, liberándolos del bra con dientes juguetones. Chupó un pezón, succionando con fuerza, mientras su mano se colaba en la tanga, encontrando su humedad. —Estás chorreando, mi reina —gruñó, y Jimena rio bajito, empapada de placer.

—Es por ti, cabrón —respondió ella, empujándolo para montarlo a horcajadas. Ahora ella mandaba. Sus caderas se mecían sobre la protuberancia de su verga, sintiendo cada vena pulsar contra su panocha. Le quitó el bóxer, liberando su miembro grueso, venoso, con la cabeza brillante de precúm. Lo tomó en la mano, masturbándolo lento, deleitándose en su grosor, en cómo él gemía como animal herido.

El roce era eléctrico, piel contra piel, el sonido húmedo de su mano subiendo y bajando. Franco la miró con hambre pura. —Ven pa'cá, déjame probarte —suplicó, y Jimena se posicionó sobre su cara, bajando despacio. Su lengua la invadió al instante, lamiendo desde el clítoris hasta el fondo, saboreando su esencia salada y dulce. Ella se aferró a la cabecera, cabalgando su boca, los sonidos de succión y sus propios jadeos llenando la habitación. El olor a sexo, almizclado y crudo, se mezclaba con el de sus jugos.

La tensión subía como la marea en el Pacífico. Jimena temblaba, al borde, pero él se detuvo, girándola para ponerse encima. —No aún, mi vida. Quiero sentirte adentro —dijo, colocándose en su entrada. Entró de un empujón suave, llenándola por completo. ¡Ay, Dios! Tan grande, tan perfecto, pensó ella, clavando las uñas en su espalda. Empezaron a moverse, un ritmo lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse, el slap de carne contra carne, el chirrido de la cama.

Franco aceleró, embistiéndola con fuerza controlada, sus testículos golpeando su culo. Jimena lo arañaba, mordía su hombro, gritando palabras sucias: —¡Cógeme más duro, pendejo! ¡Dame todo! —Él obedecía, sudando sobre ella, gotas cayendo en su pecho. El cuarto olía a sexo puro, a pasión desatada como en esa Pasión de Gavilanes capítulo 34 que habían dejado atrás. Sus pechos rebotaban con cada estocada, sus pezones rozando el pecho velludo de él.

El clímax se acercaba, inexorable. Franco la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, penetrándola desde atrás. La vista de su culo redondo lo enloquecía; metió un dedo en su ano, lubricado por sus fluidos, y ella chilló de placer. —¡Sí, así, mi rey! —gritó, empujando contra él. Sus paredes internas lo apretaban, ordeñándolo. Él alcanzó su clítoris, frotándolo en círculos rápidos, mientras la follaba sin piedad.

El orgasmo la golpeó primero, un tsunami de éxtasis que la hizo convulsionar, chorros de squirt mojando las sábanas.

Neta, esto es el paraíso, me vengo como nunca.
Franco la siguió segundos después, gruñendo como toro, vaciándose dentro de ella en pulsos calientes y espesos. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y semen.

En el afterglow, el final perfecto, se abrazaron bajo las sábanas revueltas. Franco besó su frente, su nariz, sus labios hinchados. —Te amo, Jimena. Eres mi gavilán, mi pasión eterna —susurró. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña.

—Y tú el mío, Franco. Como en la novela, pero mejor, porque es real. Mañana vemos el siguiente capítulo... y repetimos —rió bajito, mientras el sueño los envolvía en una nube de satisfacción. El aroma de su unión persistía, un recordatorio tangible de la noche inolvidable, con el eco lejano de los grillos sellando su paz.

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