Pasión Según San Mateo Bach Partitura PDF Desatada
Estaba en mi depa chiquito pero chulo en la Condesa, con la laptop abierta en la mesa de centro, buscando esa partitura que me traía loca. Pasión según San Mateo Bach partitura PDF, tecleé en el buscador, y ¡órale! Ahí estaba, descargándose rapidito. Neta, Bach siempre me ponía la piel chinita, esa música tan intensa, como un fuego que te quema por dentro. Mateo, mi carnal del alma, violinista de esos que te miran y ya te derrites, me había pedido que le consiguiera esa chulada para ensayar. Él se llamaba igual que el santo del título, qué ironía tan cabrona.
La pantalla se llenó de notas negras sobre pentagramas blancos, y yo ya imaginaba sus dedos deslizándose por las cuerdas del violín, igual que después por mi piel. Saqué la impresora del cajón, el olor a tinta fresca me invadió la nariz mientras las hojas salían calientitas. Las acomodé en la mesa, junto a unas velas de vainilla que prendí para ambientar. Afuera, el bullicio de la Roma sonaba lejano, coches pitando y risas de borrachos en la calle, pero adentro, solo esperé a mi rey.
Ya viene, güey, me dije, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Mateo y yo nos conocíamos de la uni, de esas clases de música donde las miradas se cruzan y boom, chispa. Hacía meses que andábamos en esto de la pasión consentida, sin dramas, puro gozo mutuo. Él llegaba siempre con esa sonrisa pícara, oliendo a colonia barata pero sexy, y yo me ponía en modo diosa.
La puerta sonó, y ahí estaba él, alto, moreno, con el estuche del violín en la mano. "¿Ya tienes la partitura, mi amor?" dijo con esa voz ronca que me eriza los vellos. Lo jalé adentro, lo besé como si no hubiera mañana, lengua contra lengua, sabor a menta de su chicle. "Sí, pendejo, aquí está tu Pasión según San Mateo Bach partitura PDF hecha física", le contesté riendo, empujándolo al sofá.
Acto primero: la calma antes del temporal. Nos sentamos lado a lado, él sacó el violín, yo el piano digital que cabía justo en la esquina. Empezamos con el coro inicial, esas voces imaginarias en mi cabeza mientras sus dedos volaban. El sonido del violín llenaba el aire, vibrante, profundo, como un latido acelerado. Olía a madera pulida del instrumento, mezclado con su sudor fresco. Yo tocaba las teclas suaves, sintiendo el calor de su pierna contra la mía. Cada nota era una caricia invisible, y mi mente ya divagaba:
¿Y si en vez de cuerdas, me toca a mí?
Parábamos para checar la partitura, cabezas juntas, respiraciones mezclándose. "Mira esta parte, está cañona", decía él, su aliento caliente en mi oreja. Yo asentía, pero mi cuerpo gritaba por más. La tensión crecía despacito, como la música de Bach, subiendo de un susurro a un grito. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía mi blusa pegajosa contra los pechos, pezones duros como piedritas.
En el intermedio, nos tomamos unas cheves frías del refri. El líquido helado bajando por mi garganta, burbujas explotando, me refrescaba pero avivaba el fuego abajo. "Estás preciosa cuando te concentras, Ana", murmuró Mateo, rozando mi mano. Yo le guiñé el ojo: "Tú estás para comerte, wey. Sigue tocando, que me late". Volvimos a la música, pero ahora sus rodillas se tocaban las mías adrede, y una mano suya se posaba en mi muslo, subiendo poquito a poco.
Acto segundo: la escalada brutal. La Pasión según San Mateo avanzaba, el recitativo de Jesús, esa angustia dramática que nos envolvía. El violín gemía bajo sus dedos, y yo respondía en el piano con acordes que temblaban como mi pulso. Sudor perló su frente, una gota cayó al pentagrama, emborronando una nota. Reímos, pero la risa se volvió jadeo cuando su mano subió más, rozando mi entrepierna por encima del short. "¿Quieres que pare?" preguntó, voz husky. "Ni madres, sigue, cabrón", le rogué, abriendo las piernas.
Dejamos la música un ratito. Lo besé con hambre, mordiendo su labio inferior, gusto salado de su piel. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Pezones erectos, él los lamió despacio, lengua caliente y húmeda girando, enviando chispas directo a mi clítoris. Olía a su excitación, ese aroma macho y almizclado que me volvía loca.
Esto es mejor que cualquier partitura, pensé, mientras mis uñas arañaban su espalda.
Lo empujé al piso, alfombra suave bajo nosotros. Le quité la playera, besando su pecho velludo, saboreando sal y hombre. Su verga ya dura contra mis labios, la liberé del pantalón, gruesa, venosa, palpitante. La chupé lento, lengua rodeando la cabeza, oyendo sus gemidos roncos que rivalizaban con el violín. "Qué rico, Ana, no pares", suplicaba. Yo aceleré, saliva resbalando, bolas en mi mano suave.
Pero él no se dejaba, me volteó, short abajo, tanga a un lado. Su boca en mi concha, lengua hurgando, chupando jugos dulces. Gemí fuerte, caderas subiendo, olor a sexo invadiendo la habitación. Dedos suyos entrando, curvándose en mi punto G, mientras lamía mi clítoris hinchado. "Estás empapada, mi reina", dijo, y yo solo atiné a: "Fóllame ya, Mateo, neta te necesito".
Acto tercero: la liberación total. Ponemos play a la grabación de la Pasión según San Mateo desde la laptop, el coro a todo volumen, voces celestiales y demoníacas mezclándose con nuestros jadeos. Él encima, verga empujando despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Piel contra piel resbalosa de sudor, tacto ardiente. Entró hondo, llenándome, y empezamos el ritmo: embestidas lentas primero, como el adagio, luego furiosas, como el clímax de Bach.
Sus caderas chocando las mías, slap slap slap, pechos rebotando, uñas en su culo apretándolo más adentro. Olía a velas quemadas, a sexo crudo, a nosotros. "Más fuerte, pendejo, dame todo", gritaba yo, y él obedecía, gruñendo mi nombre. El violín imaginario en mi cabeza tocaba solo para nosotros, notas altas como mis chillidos.
Cambié de posición, yo arriba, cabalgándolo como amazona. Manos en su pecho, subiendo y bajando, concha apretándolo, jugos chorreando por sus bolas. Sus dedos en mi clítoris, frotando círculos, y sentí el orgasmo venir, oleada tras oleada. "Me vengo, Mateo, ándale", exploté, cuerpo temblando, visión borrosa, grito ahogado por el coro de la partitura.
Él se volteó, misionero feroz, embistiendo salvaje. "Yo también, amor", y se vació dentro, chorros calientes pintando mis paredes, pulso latiendo contra el mío. Colapsamos, jadeantes, sudor enfriándose en la piel, música fading out suave.
Después, en afterglow, acurrucados en la alfombra, partitura arrugada bajo nosotros. Besos suaves, risas cansadas. "Esta Pasión según San Mateo Bach partitura PDF fue el mejor regalo", dijo él, acariciando mi pelo. Yo sonreí: "Y la tocarás muchas veces más, wey, conmigo de público". El corazón latiendo calmado, pero sabiendo que la chispa seguía ahí, lista para la próxima sinfonía.