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Diario de una Pasion Opiniones

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Diario de una Pasion Opiniones

Querido diario, hoy neta que no sé por dónde empezar. Me topé con él en el café de la Condesa, ese rinconcito chulo con aroma a café de Chiapas y pan dulce recién horneado. Se llama Diego, un moreno alto, con ojos cafés que te miran como si ya te hubieran desnudado. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a colonia fresca, de esas que te hacen suspirar. Yo, Ana, la de siempre, con mi falda plisada y blusa escotada, sintiendo cómo mi piel se erizaba solo con su sonrisa. Hablamos de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de la última serie en Netflix, pero sus ojos... ay, sus ojos me decían quiero comerte entera. Al despedirnos, su mano rozó la mía, un toque eléctrico que me dejó el corazón latiendo como tamborazo zacatecano. ¿Será que esta pasión que siento es la buena? Mis opiniones sobre el amor siempre han sido cínicas, pero esto huele a algo diferente.

Pasaron dos días y no pude sacármelo de la cabeza. Su voz grave resonando en mi mente, imaginando cómo sonaría susurrándome al oído. Le mandé un mensaje: "Órale, wey, ¿repetimos café?" Y ahí estaba, puntual, con esa sonrisa pícara. Esta vez fuimos a caminar por el parque, el sol calentando nuestras pieles, el viento trayendo olor a jacarandas. Nos sentamos en una banca, nuestras piernas rozándose accidentalmente... o no tanto. Sentí su calor subiendo por mi muslo, mi respiración acelerándose. "Me prendes, Ana", me dijo bajito, su aliento cálido en mi cuello. Lo miré, mordiéndome el labio, y respondí: "¿Y qué vas a hacer al respecto, carnal?" Nuestros labios se juntaron ahí mismo, un beso suave al principio, saboreando el dulce de su boca, luego más hambriento, lenguas danzando como en una salsa brava. Sus manos en mi cintura, apretando justo lo necesario para que mi panocha se humedeciera. Nos separamos jadeantes, riéndonos como pendejos. Este diario de una pasion opiniones apenas empieza, y ya opino que Diego es un peligro delicioso.

Hoy probé su boca de verdad. Dios, qué sabor: a menta y deseo puro. Mi opinión: los besos así deberían ser ilegales, te dejan temblando por dentro.

La cena en su depa fue el detonante. Vive en Polanco, un lugar con vistas al skyline, luces de neón reflejándose en las ventanas. Cocina tacos de arrachera, el humo del comal llenando el aire con ese olor ahumado que me hace agua la boca. Nos comimos mirándonos fijo, yo con las piernas cruzadas para disimular lo mojada que estaba. Después del postre –un flan cremoso que lamió de mis dedos–, no aguantamos más. Me cargó hasta su cuarto, sus brazos fuertes rodeándome, mi nariz enterrada en su cuello oliendo a sudor limpio y hombre. Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente.

Se quitó la camisa despacio, dejando ver su torso tatuado con un águila mexicana estilizada. "Quítate todo, preciosa", ordenó con voz ronca. Obedecí, sintiendo el aire fresco en mis tetas duras, pezones erguidos como queriendo su boca. Se acercó gateando, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre. Su lengua trazó círculos en mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado. "Hueles a miel, Ana", murmuró, y metió la cara entre mis muslos. Sentí su aliento caliente en mi clítoris, hinchado y ansioso. Lamidas suaves al principio, probándome como si fuera el mejor pozole de la vida. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro. "¡Más, Diego, no pares!" Su lengua entró en mí, chupando mi jugo dulce, el sonido húmedo de su boca devorándome volviéndome loca. Mi primer orgasmo llegó como ola en Acapulco, temblando entera, gritando su nombre mientras el placer me atravesaba como rayos.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mis nalgas firmes. Sus dedos juguetearon con mi ano, lubricado por mis fluidos, pero suave, preguntando con la mirada si quería. Asentí, empoderada, guiando su mano. "Sí, así, carnal". Entró un dedo, luego dos, mientras su otra mano masajeaba mi clítoris. El doble placer me tenía al borde otra vez, mi corazón retumbando en los oídos, piel sudada pegándose a las sábanas. Lo volteé, queriendo devolvérsela. Bajé a su entrepierna, su verga dura como fierro, venosa, goteando precum salado. La lamí desde la base, saboreando su piel salobre, metiéndomela hasta la garganta. Él gruñía, "¡Qué chingona chupas, morra!", sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca. Lo dejé al borde, sonriendo pícara.

Opinión sobre su verga: perfecta, ni gruesa ni delgada, curva justo para golpear el punto G. Mi pasión por él crece con cada lamida.

Me montó encima, yo cabalgándolo como reina. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El roce de su pubis contra mi clítoris era fuego puro. Reboté fuerte, mis tetas saltando, él amasándolas, pellizcando pezones. Sudor goteando de su frente a mi pecho, mezclándose con mi olor a excitación. "¡Te sientes de puta madre adentro, Ana!" Aceleramos, piel contra piel chapoteando, gemidos llenando la habitación como cumbia en fiesta. Cambiamos a perrito, él embistiéndome profundo, una mano en mi cadera, otra frotando mi botón. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión en el vientre lista para explotar. "¡Córrete conmigo, Diego!" gritó él, y lo hicimos juntos: yo convulsionando alrededor de su verga, él llenándome de leche caliente, pulsando dentro. Colapsamos, jadeantes, su peso cómodo sobre mí, besos suaves en mi nuca.

Despertamos enredados, el sol filtrándose por las cortinas, olor a sexo persistente en el aire. Desayunamos chilaquiles en la terraza, riéndonos de lo intenso de la noche. "Eres adictiva", me dijo, y yo opino lo mismo. Este diario de una pasion opiniones registra mi mejor noche: pasión cruda, consentida, que me hace sentir viva. Diego no es solo un polvo; hay chispa, conexión. Caminamos por Reforma tomados de la mano, planeando el próximo encuentro. Mi piel aún hormiguea con su toque fantasma, mi boca recuerda su sabor. ¿Será amor? No sé, pero esta pasión... órale, qué chido es dejarse llevar.

Han pasado semanas, y cada cita es más intensa. La otra noche en mi casa, con velas de vainilla iluminando, lo até juguetona con mi bufanda. Él se dejó, confiado, su verga tiesa esperando. Lo provoqué lento, plumas rozando su piel sensible, besos en el pecho bajando a sus bolas. Lo monté reverse cowgirl, sintiendo cada vena frotando mis paredes internas, mis nalgas chocando contra su abdomen. Él liberó las manos y me jaló el pelo suave, embistiendo desde abajo. Olía a nuestra sudoración mezclada con mi perfume de jazmín. Otro clímax múltiple, cuerpos temblando en sintonía.

Opinión final: esta pasión es fuego que no quema, solo calienta el alma. Diego, mi carnal perfecto.

A hoy, sigo escribiendo. La tensión inicial se ha vuelto confianza profunda, deseo mutuo que nos empodera. Sus manos expertas conocen cada curva mía, mi boca su secreto mejor guardado. En la cama, exploramos posiciones locas: 69 con sabores intensos, él lamiéndome mientras yo lo trago; misionero lento, mirándonos a los ojos, suspiros sincronizados. Cada vez, el build-up es exquisito: caricias que erizan, besos que mojan, hasta la explosión compartida. Mi corazón late fuerte solo de pensarlo. Este diario cierra con gratitud por esta pasión que redefine mis opiniones sobre el placer. ¿Mañana? Quién sabe, pero estaré lista, piel ansiosa, lista para más.

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