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La Pasion de Cristo que Mel Gibson Nos Hizo Ver

5912 palabras

La Pasion de Cristo que Mel Gibson Nos Hizo Ver

Era una noche de Viernes Santo en la Condesa, ese barrio chido de la Ciudad de México donde las luces de los restaurantes se mezclan con el aroma de las jacarandas. Yo, Ana, estaba recargada en el hombro de Marco, mi carnalote de novio, en el sillón de nuestra departamentito. Habíamos pedido unos tacos de suadero de la esquina, bien jugosos, con su limón y cilantro fresco que picaba en la lengua. La tele grande que nos costó un ojo de la cara estaba prendida, y neta, no sé por qué chingados elegimos La Pasion de Cristo, la de Mel Gibson. "Ver esta película es como un ritual, wey", me dijo Marco mientras me pasaba la chela fría, el vidrio sudando como nuestra piel en el calor de abril.

Al principio, todo tranqui. La pantalla se llenó de esa Jerusalén antigua, polvorienta, con el sol quemando las piedras y el sudor de los extras chorreando. Jesús, con su mirada de sufrimiento noble, caminaba entre la multitud. Sentí el peso del brazo de Marco sobre mis hombros, su mano grande rozando mi clavícula, oliendo a su colonia terrosa mezclada con el ajo de los tacos.

"¿No te da cosa ver tanta sangre, mi reina?", murmuró él, su aliento caliente contra mi oreja, sabroso de cerveza y cebolla morada.
Le contesté que no, que al contrario, me erizaba la piel de una forma rara, como si esa pasión cruda me removiera algo adentro.

La película avanzaba, y el latido de mi corazón se sincronizaba con los latigazos. Cada crack de la fusta contra la carne sonaba como un trueno en el silencio de nuestra sala, el eco retumbando en mis huesos. Marco se movió inquieto, su muslo musculoso presionando el mío a través de mis shorts de algodón fino. Olía a su excitación leve, ese almizcle masculino que siempre me ponía a mil. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa suelta, rozando la tela con cada respiración agitada. En la pantalla, la corona de espinas sangraba, gotas rojas cayendo lentas, hipnóticas. Neta, ¿por qué me moja esto tanto?, pensé, sintiendo el calor entre mis piernas crecer, mi panocha palpitando como si llamara a su verga.

Marco notó mi inquietud. Su mano bajó despacio por mi brazo, dedos callosos de tanto gym trazando círculos en mi piel suave. "Estás caliente, ¿verdad, culona?", susurró juguetón, usando ese apodo que me encanta porque me hace sentir reina. Asentí, mordiéndome el labio, el sabor salado de mi propia saliva. La escena de la cruz se acercaba, el peso aplastante, los gemidos roncos de dolor que parecían suspiros de placer reprimido. Él deslizó la mano bajo mi blusa, palma áspera cubriendo mi teta izquierda, el pulgar jugueteando el pezón endurecido. Un jadeo se me escapó, ahogado por el clamor de la multitud en la tele.

Nos volteamos a vernos, ojos clavados, pupilas dilatadas como en la penumbra de la película. "Quiero comerte viva mientras vemos esto", gruñó él, voz grave como el trueno que anunciaba la crucifixión. Lo jalé por la nuca, besándolo feroz, lenguas enredándose con sabor a tacos y deseo puro. Sus manos expertas bajaron mis shorts, exponiendo mis nalgas redondas al aire fresco del ventilador. Olía a mi excitación, dulce y almizclada, mezclada con el incienso imaginario de Jerusalén. Me recargué en él, sintiendo su verga dura como piedra contra mi nalga, latiendo a través de sus bóxers.

La tensión subía como la procesión hacia el Gólgota. Marco me levantó como si no pesara nada, piernas enroscadas en su cintura, y me sentó en la mesa de centro, apartando las chelas con un barrido. "Mírame mientras te follo, como si fueras mi María Magdalena", dijo, ojos brillando con esa pasión que Mel Gibson capturó tan cabrón en la pantalla. Le arranqué los bóxers, su verga saltando libre, venosa, goteando precum que lamí con la lengua plana, salado y caliente. Él gimió, profundo, mientras sus dedos exploraban mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hacían arquear la espalda, uñas clavándose en su pecho peludo.

En la tele, clavaban los puños en la cruz, ¡zas!, metal en carne, y yo sentía cada eco en mi cuerpo. Marco me penetró de golpe, su verga gruesa estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, pendejo, sí!", grité, voz ronca, mientras él embestía rítmico, piel chocando piel con palmadas húmedas. Sudábamos como los soldados romanos, gotas resbalando por su espalda tensa, por mis tetas rebotando. El olor a sexo crudo invadía la sala, almizcle, sudor, jugos mezclados. Sus bolas golpeaban mi culo con cada thrust, sonido obsceno sobre los lamentos de la película.

Yo cabalgaba su verga, caderas girando, sintiendo cada vena frotar mis paredes internas, el placer acumulándose como la agonía en la cruz.

"Más fuerte, cabrón, dame tu pasión toda",
le exigí, pellizcando sus pezones oscuros. Él obedeció, manos en mis nalgas separándolas, un dedo rozando mi ano apretado, enviando chispas por mi espina. La película llegaba al clímax, el grito final de Jesús retumbando, y nosotros lo igualamos: yo vine primero, un tsunami de placer rompiéndome, panocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus bolas. Él rugió, bombeando semen espeso dentro de mí, pulsos calientes que me llenaban hasta rebosar.

Caímos exhaustos al sillón, aún con la tele encendida, créditos rodando en silencio. Su verga se ablandaba dentro de mí, semen goteando lento por mis muslos. Lo besé suave, saboreando el sudor salado de su cuello. "Esa La Pasion de Cristo de Mel Gibson nos hizo ver lo que somos: pura pasión viva", murmuré, riendo bajito. Él me apretó contra su pecho, corazón latiendo fuerte aún, el aroma de nuestro amor flotando en el aire. Afuera, las campanas de la iglesia tocaban, pero aquí, en nuestro mundo, la verdadera resurrección era esta conexión carnal, eterna.

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