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La Pasión de Juana de Arco

6721 palabras

La Pasión de Juana de Arco

Juana se paró frente al espejo de su pequeño departamento en el corazón de la Roma, en la Ciudad de México. La luz del atardecer se colaba por las cortinas de encaje, tiñendo su piel morena de un tono dorado que la hacía sentir como una diosa renacentista. Se ajustó la armadura improvisada que había armado para la obra de teatro: un corsé negro ceñido que realzaba sus curvas generosas, una falda larga con corte lateral que dejaba ver sus muslos firmes, y una capa roja que caía como sangre fresca sobre sus hombros. La pasión de Juana de Arco, así se llamaba la obra que ensayaría esa noche en el teatro independiente de la colonia. Pero para ella, no era solo un papel; era su propia hambre interior, esa llama que ardía en su vientre desde que era morra.

Se roció un poco de perfume de jazmín, ese que olía a noches calurosas de verano en Xochimilco. Su cabello negro azabache, suelto en ondas salvajes, le rozaba la espalda como caricias prohibidas. Bajó las escaleras tarareando una ranchera picante, sintiendo ya el cosquilleo en la piel. Afuera, el bullicio de la ciudad la envolvió: cláxones lejanos, vendedores de elotes gritando, el aroma de tacos al pastor flotando en el aire húmedo.

En el teatro, un caserón viejo con techos altos y ecos fantasmas, la esperaban los demás actores. Pero sus ojos se clavaron en él de inmediato: Alejandro, el director, un tipo alto, moreno, con ojos verdes que parecían prometer pecados. Vestía jeans ajustados y una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho.

Órale, qué chido se ve este wey
, pensó ella, mientras su pulso se aceleraba como tambores de guerra.

—Juana, mi reina guerrera —dijo él con voz ronca, acercándose con una sonrisa pícara—. ¿Lista para desatar la pasión de Juana de Arco?

Ella soltó una risa gutural, sintiendo un calor subirle por el cuello. —Simón, carnal. Pero esta Juana no se quema en la hoguera tan fácil. Hay fuego que no se apaga con agua.

El ensayo empezó con la escena de la visión divina. Juana, en su papel, alzaba los brazos invocando a sus santos, pero en su mente, las voces eran susurros eróticos, promesas de placer. Alejandro la dirigía de cerca, su aliento cálido en su oreja, sus manos corrigiendo su postura: un roce en la cintura, un dedo en la barbilla. Cada toque era electricidad, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo el corsé.

Después del ensayo, mientras los demás se iban, él la invitó a quedarse. —Ven, platiquemos de tu interpretación. Tienes algo... visceral.

Se sentaron en el escenario vacío, bajo focos tenues que pintaban sombras largas. El olor a madera vieja y polvo se mezclaba con su colonia amaderada. Hablaron de Joan, de su fe ardiente, de cómo esa pasión la convertía en leyenda. Pero pronto, las palabras se volvieron confesiones.

—Neta, Juana, tú no actúas. Tú vives esa pasión —murmuró él, su rodilla rozando la de ella.

El corazón de Juana latía como un teponaztli.

¿Y si esta vez dejo que la llama me consuma?
Extendió la mano, trazando el contorno de su mandíbula. —Tú tampoco eres cualquier pendejo director. Me late tu fuego.

Se besaron allí mismo, con hambre de lobos. Sus labios eran suaves pero exigentes, sabían a café y menta. La lengua de él exploró su boca, y ella respondió con gemidos bajos, arqueando la espalda. Sus manos bajaron por su capa, desatando el corsé con dedos hábiles. El aire fresco del teatro besó sus senos liberados, pezones oscuros erguidos como centinelas.

Alejandro la recostó sobre las tablas del escenario, que crujieron bajo su peso. Besó su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. —Eres una diosa, Juana —susurró, mientras sus dientes rozaban su clavícula.

Ella tiró de su camisa, arañando su espalda con uñas pintadas de rojo. El olor de su excitación llenaba el espacio: almizcle dulce, deseo puro. Le desabrochó los jeans, liberando su verga dura, gruesa, venosa. La tomó en su mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Chingón, pensó, mientras lo acariciaba de arriba abajo, oyendo su gruñido ronco.

Pero no quería prisa. Lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre él. La falda se arremangó, revelando sus bragas de encaje negro empapadas. Se frotó contra él, el roce de su miembro contra su panocha la hizo jadear. El sonido de sus respiraciones entrecortadas resonaba en el teatro vacío, como un dúo prohibido.

—Te quiero dentro, wey —exigió ella, voz temblorosa de necesidad.

Él rasgó las bragas con un movimiento fluido, exponiendo su concha húmeda, hinchada. El dedo de él se hundió primero, explorando sus pliegues calientes, curvándose para tocar ese punto que la hizo arquearse.

Dios mío, qué rico se siente
. Ella cabalgó su mano, los jugos chorreando por sus muslos, el slap slap de la piel húmeda llenando el aire.

Entonces, lo guió dentro de ella. Su verga la estiró deliciosamente, llenándola hasta el fondo. Juana gritó, un sonido primal, mientras bajaba despacio, sintiendo cada centímetro pulsar. El olor de sus sexos unidos era embriagador: sexo crudo, sudor, pasión desatada. Empezó a moverse, tetas rebotando, manos en su pecho para apoyo. Él la sujetaba las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada.

—Más duro, cabrón —jadeó ella, clavándole las uñas.

El ritmo se volvió frenético. Sus cuerpos chocaban con palmadas húmedas, gemidos escalando a gritos. Juana sentía el orgasmo construyéndose, una ola en su vientre, sus paredes contrayéndose alrededor de él. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, como una yegua en celo. Desde atrás, la penetró profundo, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos, la otra tirando de su cabello.

El clímax la golpeó como una hoguera: espasmos violentos, chorros de placer salpicando sus muslos, su voz rompiéndose en alaridos. ¡Sí, chingado, sí! Alejandro la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, semen caliente inundándola.

Cayeron exhaustos, piel pegajosa de sudor, respiraciones sincronizadas. El teatro olía a sexo consumado, a victoria. Él la besó la frente, suave ahora. —Eres la pasión de Juana de Arco hecha carne, mi amor.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

Esta llama no se apaga. Solo crece
. Se quedaron así, envueltos en la penumbra, hasta que el amanecer tiñó el cielo de rosa. Juana sabía que esto era solo el principio; su pasión, como la de la santa, era eterna, ardiente, inquebrantable.

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