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Freud Pasión Secreta

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Freud Pasión Secreta

Entré al consultorio de Doctor Eduardo Freud con el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. El aire olía a libros viejos y a un toque de su colonia, esa que me hacía imaginar piel cálida y sudor mezclado. México City bullía afuera, con el claxon de los coches y el aroma lejano de elotes asados, pero adentro todo era calma profesional. Yo, Ana, treintañera exitosa en mi agencia de publicidad, pero con un nudo en el pecho que no se deshacía. Neta, güey, necesitaba desahogarme.

Él me miró con esos ojos cafés profundos, como pozos freudianos donde uno se pierde. Vestía camisa blanca arremangada, dejando ver antebrazos fuertes, de esos que te hacen pensar en abrazos rudos. “Siéntate, Ana. Cuéntame qué te trae por aquí”. Su voz era grave, ronca, como un tequila reposado bajando suave pero quemando adentro. Me acomodé en el sillón de cuero, sintiendo cómo se pegaba a mis muslos bajo la falda ajustada.

¿Por qué carajos me pongo nerviosa con este pendejo? Es mi terapeuta, no un galán de telenovela. Pero esa mirada... me calienta la sangre.

Empecé hablando de mi estrés laboral, de las noches en vela soñando con escapes imposibles. Pero pronto, las palabras se torcieron hacia lo reprimido. “Doctor, tengo sueños... intensos. Como si mi mente guardara una freud pasión secreta, algo que bulle debajo y quiere salir”. Él anotó algo, pero vi cómo su pluma se detenía, cómo tragaba saliva. La tensión creció ese día, invisible pero palpable, como el calor que sube antes de la lluvia en el DF.

Las sesiones siguientes fueron un juego de máscaras cayendo. Cada miércoles a las cinco, yo llegaba con el pulso acelerado, oliendo su espacio: madera pulida, café negro y ese leve musk de hombre. Hablábamos de mi infancia en Guadalajara, de papás estrictos que me enseñaron a aguantar vara, pero el tema siempre volvía a los deseos ocultos. “El subconsciente no miente, Ana. ¿Qué sientes realmente?”.

Una tarde, con la lluvia azotando las ventanas como dedos impacientes, confesé. “Siento calentura por usted, doctor. Es como una pasión freudiana, secreta, que me come viva”. Él se levantó, caminó despacio hacia mí. Su aliento rozó mi oreja cuando se inclinó. “Esto cruza límites, Ana. Pero si es consensual...”. Lo miré, el deseo ardiendo en mis venas como chile en nogada. “Sí, lo es. Órale, carnal, hagámoslo real”.

Sus labios tocaron los míos primero suave, probando, luego feroz, con lengua que sabía a menta y poder. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo el latido desbocado bajo la camisa. Desabotoné botones con dedos temblorosos, oliendo su piel salada. Él me levantó del sillón, presionándome contra la pared forrada de libros. El roce de su barba incipiente en mi cuello me erizó la piel, mientras sus manos bajaban mi blusa, liberando mis senos al aire fresco del consultorio.

¡Qué chido! Su boca en mis pezones, chupando como si fuera el último elixir. Mi panocha ya chorrea, neta, lo necesito adentro.

Caímos al diván amplio, ese mueble psicoanalítico ahora testigo de nuestra entrega. Él se arrodilló, besando mi vientre, bajando la cremallera de mi falda. El sonido metálico se mezcló con mi gemido ahogado. Sus dedos trazaron mis muslos internos, húmedos de anticipación, y cuando su lengua tocó mi clítoris, grité bajito. “¡Ay, doctor, qué rico! No pares”. Lamía con maestría, sorbiendo mis jugos como si fueran el néctar de los dioses mexicas, mientras yo tiraba de su pelo oscuro, oliendo su sudor mezclado con el mío.

Lo jalé arriba, desesperada. “Quítate todo, güey”. Él obedeció, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi muslo. La toqué, suave al principio, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero. “Está cañón, doctor”. Me masturbé con ella, untándola en mi humedad, mientras él gruñía mi nombre. “Ana, mi pasión secreta... freudiana”. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer fue un rayo: su grosor llenándome, el roce interno que me hacía arquear la espalda.

Empezamos lento, ritmado, como una danza prehispánica. Sus embestidas subían de intensidad, el slap de piel contra piel resonando en el cuarto, mezclado con nuestros jadeos. Sudábamos juntos, el olor almizclado envolviéndonos como niebla. Yo clavaba uñas en su espalda, sintiendo músculos contraerse bajo mis palmas. “Más fuerte, pendejo, ¡dame todo!”. Él aceleró, follándome profundo, su aliento caliente en mi boca mientras nos besábamos salvajes.

Esto es liberación pura. Mi mente freudiana explotando en éxtasis. Lo amo en este momento, carnal.

Cambié de posición, montándolo como reina azteca. Mis caderas giraban, sintiendo su verga golpear mi punto G con cada bajada. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón, enviando chispas extras. “¡Sí, así, Ana! Eres fuego”. El clímax se acercó como tormenta: mi vientre contrayéndose, jugos chorreando por sus bolas. Grité su nombre, temblando en oleadas de placer que me cegaron, mientras él rugía, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mi miel.

Colapsamos, entrelazados, el corazón de él latiendo contra mi pecho. El consultorio olía a sexo crudo, a nosotros. Besos suaves post-tormenta, lenguas perezosas. “Esto fue... terapéutico”, murmuró él, riendo ronco. Yo asentí, acariciando su mejilla áspera. “Mi freud pasión secreta al fin libre. Pero no termina aquí, doctor”.

Días después, las sesiones volvieron, pero ahora con un guiño cómplice. Fuera del consultorio, caminamos por Reforma, mano en mano, comiendo nieves de garrafa con sabor a deseo compartido. La tensión inicial se convirtió en conexión profunda: charlas de sueños, risas sobre Freud padre y sus teorías locas, planes para fines en su casa en Polanco. Él me enseñó a soltar represiones, yo le di fuego a su rutina.

Una noche, en su cama king size con sábanas de algodón egipcio, repetimos el ritual. Luces tenues, velas oliendo a vainilla y chile, música de mariachi suave de fondo. Lo até juguetona con su corbata, lamiendo cada centímetro de su cuerpo hasta que suplicó. “Ana, por favor...”. Montándolo de nuevo, control total, sus gemidos mi sinfonía. El orgasmo nos unió otra vez, explosivo, dejando rastros húmedos en las sábanas.

Esto no es solo sexo, es sanación. Mi pasión secreta freudiana hecha amor mutuo.

Ahora, miro al espejo y veo a una Ana empoderada, con brillo en los ojos. Él me llama “mi musa prohibida”, y yo respondo con besos que prometen más. La vida en la CDMX sigue caótica, pero en nuestro mundo privado, la pasión freud secreta arde eterna, consensual y ardiente como un volcán dormido que despertamos juntos.

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