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Como Revivir la Pasion en la Pareja

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Como Revivir la Pasion en la Pareja

Me llamo Ana, tengo treinta y dos años y vivo en un departamento chiquito pero chulo en la colonia Roma de la Ciudad de México. Mi carnal, Luis, y yo llevamos casados cinco años, y aunque lo quiero con el alma, la neta es que la rutina nos tenía bien agazapados. Cada noche era lo mismo: llegar del jale, cenar rápido, ver una serie en Netflix y a dormir como muertos. ¿Cómo revivir la pasión en la pareja? me preguntaba yo mientras me arreglaba frente al espejo esa mañana, viendo cómo mi reflejo me devolvía una mirada cansada pero con un brillo de esperanza.

Todo empezó cuando una amiga me mandó un link por WhatsApp: un artículo titulado justo como revivir la pasion en la pareja. Lo leí en el camión camino al trabajo, y aunque sonaba a consejitos de revista, algo me prendió. Hablaba de reconectar con los sentidos, de sorprender al otro, de dejar que el deseo crezca despacito como un chile que pica de a poquito.

Neta, ¿por qué no lo intento esta noche? Luis se lo merece, y yo también. Basta de ser dos zombies casados.
Pensé en su cuerpo fuerte, en cómo sus manos callosas de mecánico me hacían temblar al principio de nuestra historia.

Regresé temprano del supermercado con una bolsa llena de chiles, cilantro fresco y unas limones bien jugosos para hacer unos tacos al pastor que tanto le gustan. El aire del mercado me había llenado la nariz con ese olor ahumado de carne asada que me ponía los sentidos en alerta. Preparé la mesa con velitas que compré en una tiendita de la esquina, puse música de Juan Gabriel bajito, esa ranchera suave que nos recuerda nuestros primeros bailes en fiestas de pueblo. Me metí al baño a darme un regaderazo largo, dejando que el agua caliente me resbalara por la piel como caricias olvidadas. Me puse un vestido negro ajustadito que realzaba mis curvas, sin bra, solo un tanguita de encaje rojo que me hacía sentir como una diosa mexica lista para el sacrificio... pero de placer.

Luis llegó puntual a las siete, con su overol sucio del taller y esa sonrisa pícara que me derrite. —Órale, mi reina, ¿qué onda con esta producción? ¿Es mi cumpleaños o qué? dijo mientras me abrazaba por la cintura, su aliento oliendo a café y a hombre trabajador. Lo besé en la boca, un beso chiquito pero con lengua, saboreando el salado de su piel sudada. —Hoy revivimos lo nuestro, amor. Siéntate, que te sirvo. Cenamos despacio, platicando de tonterías del día: él contando cómo un pendejo cliente le dio bronca con la troca, yo riéndome y rozando mi pie descalzo por su pantorrilla bajo la mesa. El roce era eléctrico, como chispas de un foco que se va a fundir.

Después de los tacos, con el estómago calentito y el vino tinto que saqué de la alacena bajando suave por nuestras gargantas, lo jalé al sillón. —Baila conmigo, carnal. La voz de Juanga llenaba el aire con Amor eterno, y nos mecimos pegaditos, mi pecho contra el suyo, sintiendo cómo su corazón latía más rápido. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, deteniéndose en mis nalgas, apretando con esa fuerza que me hace gemir bajito. Olía a su colonia barata mezclada con sudor fresco, un aroma que me subía el calor entre las piernas.

Esto es, justo esto que necesitaba. Cómo revivir la pasión en la pareja: con toques que queman, con miradas que prometen todo.

Lo besé con hambre, mordiendo su labio inferior mientras mis uñas se clavaban en su cuello. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi boca, y me levantó en brazos como si no pesara nada. —Ana, mi amor, estás encendida hoy. ¿Qué te picó? Susurró contra mi oreja, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Lo llevé al cuarto, tirando el vestido al piso con un movimiento fluido. Quedé en tanguita, mis pechos libres moviéndose con cada respiro agitado. Él se quitó la playera, revelando ese torso moreno marcado por el sol y el trabajo, con vellos oscuros que bajaban hasta su abdomen.

Nos tumbamos en la cama, las sábanas frescas oliendo a lavanda del detergente. Empecé por besos suaves en su cuello, lamiendo el salado de su piel, bajando despacio por su pecho. Sentía su verga endureciéndose contra mi muslo, gruesa y caliente a través del pantalón. —Quítatelo todo, Luis. Quiero sentirte entero. Obedeció, y ahí estaba, su miembro palpitante, venoso, con esa gotita de precum brillando en la punta. Lo tomé en mi mano, suave al principio, masturbándolo lento mientras lo veía a los ojos. Sus pupilas dilatadas, el jadeo ronco saliendo de su garganta. —Qué rica estás, Ana. Neta, me tienes loco.

Él me volteó boca arriba, besando mi ombligo, bajando hasta el encaje rojo. Lo jaló con los dientes, exponiendo mi concha ya mojada, hinchada de deseo. Su lengua llegó primero, un lametón largo que me hizo arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! Qué chingón sabes lamer. El sabor de mí en su boca, mezclado con su saliva, el sonido chapoteante de su lengua devorándome. Olía a sexo puro, a mujer en celo, y él gemía como si fuera el mejor postre del mundo. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras chupaba mi clítoris hinchado. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda que raspaba delicioso.

No aguanto más. Necesito que me chingues ya.
Lo empujé hacia arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese ardor placentero. —Sí, amor, así, despacito... lléname. Empezó a moverse, primero suave, saliendo casi todo y metiendo hondo, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ritmo que aceleraba. Agarré sus nalgas, clavando uñas, urgiéndolo más rápido. Él me besaba el cuello, mordiendo suave, susurrando te amo, mi vida, qué prieta estás. El olor de nuestro sudor, almizclado y animal, me volvía loca.

Cambié de posición, montándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Rebotaba sobre él, sintiendo cómo su verga me tocaba el fondo, rozando ese spot que me hace ver estrellas. —¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo! Gritaba yo, perdida en el placer, el cabello pegado a la frente por el sudor. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo cabalgaba, nuestros gemidos mezclándose con la música que aún sonaba de fondo. Sentía el orgasmo creciendo, una ola caliente desde el estómago bajando, apretándome alrededor de él.

Exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta mientras mi concha se contraía en espasmos, leche caliente mojando sus bolas. Él no tardó, gruñendo como toro, llenándome con su leche espesa, pulsando dentro de mí. Nos quedamos pegados, respirando agitados, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el afterglow.

Después, tumbados de lado, él acariciándome el cabello húmedo. —Ana, eso fue... neta, como al principio. ¿Qué te inspiró? Sonreí, besando su hombro. —Un artículo sobre como revivir la pasion en la pareja. Pero la neta, fuiste tú, mi amor. Siempre has sido tú. Nos reímos bajito, envueltos en las sábanas revueltas que olían a nosotros. Afuera, el ruido de la ciudad seguía, pero adentro, la pasión renacida nos arropaba. Mañana sería otro día, pero ahora sabíamos el secreto: tocar, oler, saborear, entregarnos sin prisa. Y así, la pareja revive, una noche ardiente a la vez.

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