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Pasión de Cristo Barrabás

7125 palabras

Pasión de Cristo Barrabás

En el bullicio de la costa de Veracruz, durante los ensayos de la obra de Pasión de Cristo Barrabás, el sol del mediodía caía como una caricia ardiente sobre la arena dorada. El pueblo entero se preparaba para la Semana Santa, con altares adornados de flores de cempasúchil y el aroma salino del mar mezclándose con el humo de los inciensos. Barrabás, un tipo fornido de piel morena curtida por el sol y tatuajes que serpenteaban por sus brazos como recuerdos de noches locas, interpretaba al ladrón liberado. Su risa ronca y su mirada pícara contrastaban con la figura serena de Jesús, el Cristo de la obra, un moreno alto y atlético con ojos profundos que parecían guardar secretos del océano.

Desde el primer ensayo, Barrabás sintió ese cosquilleo en el estómago, como cuando el tequila quema la garganta antes de soltar la euforia. ¿Qué pedo con este wey? se preguntaba mientras observaba cómo Jesús recitaba sus líneas con una voz grave y pausada, el sudor perlando su pecho desnudo bajo la túnica ligera. El roce accidental de sus manos durante la escena de la flagelación enviaba chispas por la piel de Barrabás, un calor que subía desde sus huevos hasta la nuca. Jesús, por su parte, mantenía la compostura, pero sus pupilas se dilataban cada vez que sus cuerpos se acercaban en el escenario improvisado frente al mar.

La tensión crecía con cada día. Los otros actores bromeaban: "Órale, Barrabás, ya te quieres quedar con el Cristo pa' ti solito", decían riendo, mientras compartían chelas frías al atardecer. Él respondía con un guiño y un "Netas, carnales, si me sueltan a mí en vez de a él, me lo chingo todo". Pero adentro, el deseo lo carcomía. Olía el jabón fresco en la piel de Jesús, sentía el roce de su aliento cálido al susurrar diálogos, y soñaba con probar el salado de su sudor.

Este pendejo me está volviendo loco. ¿Será que él también lo siente? Esa mirada... como si me estuviera midiendo pa' devorarme.

La noche del ensayo general, el viento del mar traía promesas de tormenta. La obra terminó bajo aplausos, y mientras los demás se dispersaban hacia las posadas iluminadas con faroles, Jesús se acercó a Barrabás junto a las dunas. "Hey, carnal, ¿vamos por unas cheves a la playa? Necesito desconectar un rato de todo este rollo religioso", dijo con una sonrisa que iluminaba más que la luna llena. Barrabás asintió, el corazón latiéndole como tambores de son jarocho. Caminaron descalzos por la arena tibia, el rumor de las olas como un susurro íntimo.

Se sentaron en una manta raída, abriendo latas frías que chisporroteaban al abrirse. El sabor amargo de la cerveza bajaba fresco por la garganta de Barrabás, pero nada comparado con la cercanía de Jesús, cuyos muslos rozaban los suyos. Hablaron de todo: de las fiestas en Xalapa, de mujeres que habían dejado atrás, de la vida dura pero chida en la costa. "Tú eres el malo de la obra, pero en la neta eres un chingón", soltó Jesús, su mano posándose casualmente en el hombro de Barrabás. El toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y firme.

El alcohol aflojó las lenguas y las inhibiciones. Barrabás giró la cabeza, sus labios a centímetros de los de Jesús. "¿Sabes qué, wey? En la Pasión de Cristo Barrabás, siempre me pregunté qué pasaría si el ladrón se lleva al Mesías en vez de la libertad", murmuró, su voz ronca como el mar en calma. Jesús lo miró fijo, el deseo ardiendo en sus ojos castaños. "Pues hagámoslo realidad, pendejo", respondió, y sus bocas se unieron en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a cerveza y sal marina.

Las manos de Jesús exploraron el torso tatuado de Barrabás, dedos trazando líneas que provocaban escalofríos pese al calor tropical. Barrabás gruñó, hundiendo las uñas en la espalda musculosa de su compañero, inhalando el aroma masculino de sudor y arena. Se tumbaron en la manta, cuerpos entrelazados, el sonido de las olas marcando el ritmo de sus jadeos. Jesús besó el cuello de Barrabás, mordisqueando la piel salada, bajando hasta los pezones endurecidos que lamía con devoción. "Chíngame, Jesús, no pares", suplicó Barrabás, su verga ya dura como piedra presionando contra el vientre del otro.

La escalada fue gradual, tortuosa. Barrabás deslizó la mano dentro de los shorts de Jesús, encontrando su miembro palpitante, grueso y caliente. Lo masturbó lento, sintiendo cada vena, el pre-semen lubricando sus dedos. Jesús gimió, un sonido gutural que vibró en el pecho de Barrabás como un terremoto. "Así, cabrón, aprieta más", ordenó, mientras sus propias manos liberaban la polla de Barrabás, acariciándola con pericia, pulgar rozando el glande sensible. El olor a excitación masculina llenaba el aire, almizclado y embriagador, mezclado con el yodo del mar.

Esto es mejor que cualquier libertad. Su piel sabe a paraíso prohibido, su verga a pecado puro.

Se voltearon en un 69 instintivo, bocas hambrientas devorando carne. Barrabás succionó la verga de Jesús, saboreando el flujo salado, lengua girando alrededor del capuchón mientras sus bolas peludas rozaban su mentón. Jesús lo imitaba, mamando con hambre, garganta profunda que hacía arquear la espalda de Barrabás. Gemidos ahogados se perdían en el rugido de las olas, cuerpos sudados deslizándose uno sobre el otro, tacto resbaloso y febril.

La tensión alcanzó su pico cuando Jesús se posicionó encima, lubricados solo por saliva y deseo. "Te quiero adentro, Barrabás, chingame ya", rogó, ojos vidriosos de lujuria. Barrabás empujó lento, sintiendo el anillo apretado ceder, el calor envolvente del culo de Jesús como terciopelo fundido. Inchándose mutuamente, embestidas profundas sincronizadas con el vaivén del mar. Sudor goteaba, mezclándose; el slap-slap de piel contra piel competía con las crestas espumosas. Jesús se corrió primero, chorros calientes salpicando el pecho de Barrabás, grito ronco liberando su éxtasis. Eso detonó a Barrabás, quien se vació dentro de él con un bramido, pulsos interminables de placer cegador.

Quedaron jadeantes, enredados en la manta, el afterglow envolviéndolos como niebla marina. El fresco de la noche besaba sus pieles enrojecidas, el corazón de Barrabás latiendo al unísono con el de Jesús. "En la Pasión de Cristo Barrabás, al final siempre gano yo", bromeó Barrabás, besando la sien húmeda de su amante. Jesús rio suave, mano trazando círculos perezosos en su espalda. "Pero neta, wey, esto no termina aquí. Mañana en el escenario, todos verán la química, pero solo nosotros sabremos el fuego real".

Se durmieron bajo las estrellas, el mar susurrando bendiciones. Al amanecer, el sol los despertó con promesas de más. En ese pueblo vibrante, su pasión había reescrito el guion: no liberación ni crucifixión, sino unión carnal, empoderadora y eterna. Barrabás sonrió, sabiendo que la verdadera obra apenas comenzaba.

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