Mel Gibson Habla Sobre La Pasion De Cristo Y Enciende Nuestra Lujuria
Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Roma, con el calor de la noche mexicana colándose por la ventana entreabierta. El ventilador zumbaba perezosamente, moviendo el aire cargado de jazmín del vecino. Tomó un sorbo de su tequila reposado, el líquido ámbar quemándole la garganta con ese fuego dulce que tanto le gustaba. La tele estaba prendida en un canal de cine, y de repente, la voz grave de Mel Gibson llenó la habitación. "Mel Gibson habla sobre la pasión de Cristo", anunció el locutor con entusiasmo. Sus ojos azules brillaban en la pantalla, hablando de sufrimiento, redención, esa intensidad cruda que le erizaba la piel a Ana.
Se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Ese hombre, con su acento gringo pero lleno de fervor, describía la película como un acto de devoción total, de cuerpos lacerados por amor divino.
La pasión no es solo dolor, es entrega absoluta, decía él, y Ana imaginó esas palabras en labios de un amante. Su mano bajó distraída por su blusa holgada, rozando el encaje de su brasier. El aroma de su propia piel, mezclado con el tequila, la mareaba. ¿Por qué carajos esa entrevista la ponía tan caliente? Afuera, los cláxones de la Condesa y risas de borrachos en la calle eran banda sonora perfecta para su calentura creciente.
El timbre sonó, sacándola de su trance. Era Marco, su moreno de ojos cafés y sonrisa pícara, el que la volvía loca con solo mirarla. Entró oliendo a colonia barata y sudor fresco de la bici que usaba para cruzar la ciudad. ¡Hola, mamacita! dijo, besándola en la boca con hambre. Sus labios sabían a chicle de menta y cerveza Corona.
—Órale, ¿qué traes puesto en la tele? —preguntó él, tirándose a su lado y pasando el brazo por sus hombros. Ana sonrió, sintiendo el calor de su cuerpo grande contra el suyo.
—Mel Gibson habla sobre la pasión de Cristo. Está bien intenso, carnal. Me prende un chingo.
Marco rio, una carcajada ronca que vibró en el pecho de ella. ¿En serio? Ese wey hace películas de sangre y clavos, ¿y tú te mojas? Sus dedos juguetones bajaron por su cuello, trazando la curva de su clavícula. Ana giró el rostro, sus pechos rozando el brazo de él. El deseo inicial era como una chispa: la entrevista de fondo, la voz de Mel hablando de sacrificio y éxtasis, y ahora Marco aquí, oliendo a hombre de verdad.
La tensión creció mientras platicaban. Ana le contó cómo la pasión de Cristo, esa entrega total, le recordaba lo que sentían ellos en la cama. Marco la miró fijo, sus pupilas dilatadas. Yo te entrego todo, mi reina, murmuró, su aliento caliente en su oreja. La besó lento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Sus manos exploraron: él metió la suya bajo la blusa, apretando un pezón que se endureció al instante. Ana jadeó, el sonido ahogado por su boca. El sofá crujió bajo su peso cuando ella se subió a horcajadas, frotando su entrepierna contra la bultaca dura en los jeans de él.
En el fondo, Mel seguía hablando, pero ya nadie prestaba atención. La pasión ahora era suya. Ana sintió el pulso acelerado de Marco contra su concha húmeda, el roce áspero de la tela enviando ondas de placer. Te sientes tan chingona encima de mí, gruñó él, manos en sus nalgas, amasándolas con fuerza. Ella olió su excitación, ese olor almizclado que la volvía loca, mezclado con el sudor de la noche. Desabrochó su blusa, dejando ver sus tetas llenas, pezones rosados pidiendo atención. Marco chupó uno, succionando con hambre, la lengua girando como un torbellino. Ana arqueó la espalda, gimiendo alto, el placer punzante bajando directo a su clítoris hinchado.
Se levantaron tambaleantes, besos urgentes mientras caminaban al cuarto. La cama king size los recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, contrastando el calor de sus cuerpos. Ana lo empujó, quitándole la playera para lamer su pecho velludo, saboreando la sal de su piel. Eres mi Cristo personal, pendejo, bromeó ella, mordiendo juguetona un pezón. Marco rio, volteándola para bajarle los shorts. Su tanga estaba empapada, y él la olió antes de arrancarla con los dientes. Hueles a pura puta deliciosa, dijo, voz ronca de deseo.
La tensión escalaba: él la abrió de piernas, besando el interior de sus muslos, la barba raspando tierno. Ana temblaba, anticipando. Su lengua encontró el clítoris, lamiendo lento al principio, círculos que la hacían retorcerse. ¡Ay, cabrón, no pares! gritó ella, uñas clavadas en su cabeza. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos guturales. Dentro de su mente, flashes: Mel Gibson hablando de pasión, pero ahora era su pasión, carnal, sudorosa, mexicana. Marco metió dos dedos, curvándolos contra su punto G, bombeando rítmico. Ana vio estrellas, el orgasmo construyéndose como tormenta en el DF.
Pero quería más. Lo jaló arriba, desabrochando su cinturón. La verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor palpitante, la piel suave sobre acero. La lamió desde la base, saboreando el gusto salado y musgoso. Te la chupo hasta que grites, prometió, engulléndola profunda. Marco gruñó, caderas empujando, follándole la boca con cuidado. El olor de su pubis la embriagaba, pelos rizados rozando su nariz.
La intensidad psicológica ardía: Ana luchaba internamente, queriendo dominar y rendirse a la vez. Esta pasión es nuestra redención, pensó, recordando la tele. Marco la volteó a cuatro patas, posición de perrito que amaban. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. ¡Estás bien apretada, mi amor! jadeó él, manos en sus caderas. Empezó a bombear, lento primero, luego feroz. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando su clítoris, la llenaban de sonidos obscenos. Ana empujaba hacia atrás, concha chorreando jugos por sus muslos. Sudor goteaba, mezclando olores: sexo puro, tequila, colonia.
El clímax se acercaba. Marco aceleró, una mano bajando a frotar su clítoris. Vente conmigo, pinche diosa, ordenó. Ana explotó primero, paredes contrayéndose alrededor de su verga, grito largo y animal. Olas de placer la sacudieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Él la siguió, gruñendo como toro, llenándola de leche caliente que desbordaba.
Cayeron exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes calmándose. El ventilador secaba el sudor de sus pieles. Marco la besó la frente, suave. Eres lo mejor que me ha pasado, Ana. Ella sonrió, sintiendo el semen escurrir, cálido recordatorio. La tele aún murmuraba sobre Mel Gibson hablando de la pasión de Cristo, pero ahora esa pasión era suya, terrenal, eterna en sus memorias. En la quietud, con el pulso latiendo en sintonía, supieron que volvería a encenderse una y otra vez.