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Pasión Capítulo 12 Llamas Eternas

7094 palabras

Pasión Capítulo 12 Llamas Eternas

La noche en la playa de Puerto Vallarta se sentía como un sueño caliente y pegajoso. El aire olía a sal marina mezclada con el humo lejano de alguna fogata en la costa, y las olas rompían suaves contra la arena fina, como un susurro que invitaba a pecados. Yo, Ana, estaba recostada en la hamaca de mi cabaña privada, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por el calor húmedo. Habían pasado semanas desde nuestro último encuentro, y pasión capítulo 12 era el título que le había puesto en mi mente a esta noche, como si fuera la continuación de una novela erótica que solo Javier y yo escribíamos con nuestros cuerpos.

¿Por qué carajos me hace esperar tanto, ese pendejo tan guapo?
pensé, mientras mordía el borde de mi labio inferior, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello. Javier era ese tipo de hombre que te voltea la cabeza: alto, moreno, con ojos negros que prometían tormentas de placer. Trabajaba en un resort chido aquí en la bahía, y desde que nos topamos en la fiesta del Cinco de Mayo, no habíamos parado de buscarnos. Neta, cada mensaje suyo me ponía la piel chinita.

De repente, oí el crujido de la arena bajo sus pasos. Levanté la vista y ahí estaba, saliendo de las sombras con una botella de tequila reposado en la mano. Su camisa blanca abierta dejaba ver el pecho tatuado con un águila mexicana, y sus jeans ajustados marcaban todo lo que yo ya conocía de memoria. Órale, qué hombre.

—Ana, mi reina —dijo con esa voz ronca que me derretía—. ¿Me extrañaste?

Me bajé de la hamaca de un salto, sintiendo cómo el vestido se subía un poco por mis muslos. Caminé hacia él, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. Nuestros cuerpos se rozaron apenas, y ya olía a su colonia mezclada con sudor fresco, ese aroma que me volvía loca.

—Neta que sí, Javier. No seas mamón, ven ya —le respondí, jalándolo por la camisa hacia adentro de la cabaña.

La luz tenue de las velas que había encendido parpadeaba en las paredes de madera, proyectando sombras que bailaban como testigos mudos. Cerré la puerta con el pie, y en ese instante, sus labios cayeron sobre los míos. Fue un beso hambriento, con sabor a tequila y a mar, sus lenguas enredándose como si no hubiera mañana. Sentí sus manos grandes subiendo por mi espalda, desatando el lazo del vestido con dedos expertos. La tela cayó al suelo, dejándome solo en bragas de encaje negro.

—Estás riquísima esta noche —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Un escalofrío me recorrió la espina, y mis pezones se endurecieron al instante, rozando su pecho desnudo.

Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca. Nos tumbamos, yo encima, cabalgando sus caderas con lentitud tortuosa. Mis manos exploraban su torso, sintiendo los músculos tensos bajo la piel morena, cálida como el sol del mediodía. Él gemía bajito, un sonido gutural que vibraba en mi vientre.

Esto es pasión capítulo 12, el momento en que todo explota
, pensé, mientras bajaba la cremallera de sus jeans. Su verga saltó libre, dura y palpitante, con esa vena gruesa que tanto me gustaba lamer. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Javier arqueó la espalda, soltando un ¡Chingao! que me hizo reír.

—Tranquilo, carnal —le dije juguetona—. Vamos a disfrutarlo despacito.

Empecé a besarlo desde el pecho, bajando por el abdomen marcado, saboreando el salado de su sudor con la lengua. Cada roce era eléctrico: el vello oscuro raspando mi mejilla, el olor almizclado de su excitación llenando mis fosas nasales. Llegué hasta su miembro, lo envolví con los labios húmedos, chupando la punta con succiones lentas que lo hacían jadear. Slurp, slurp, el sonido obsceno se mezclaba con sus gruñidos y el lejano romper de las olas.

Javier no aguantó mucho. Me levantó como si no pesara nada, volteándome sobre el colchón. Sus dedos se colaron en mis bragas, rasgándolas con un tirón juguetón. ¡Qué mojada estás, pinche diosa! exclamó, hundiendo dos dedos en mi calor húmedo. Gemí alto, arqueándome contra su mano, sintiendo cómo me abría, cómo rozaba ese punto que me hacía ver estrellas. El jugo de mi excitación chorreaba por sus nudillos, y él lo lamía con deleite, mirándome a los ojos.

—Sabe a miel, Ana. A miel pura mexicana.

La tensión crecía como una tormenta en el Pacífico. Me puse de rodillas, ofreciéndole mi culo redondo mientras él se colocaba atrás. Su verga rozó mi entrada, untándose con mis fluidos, y de un empujón lento, se hundió en mí hasta el fondo. Aaah, el estiramiento era perfecto, llenándome por completo. Empezamos a movernos, él embistiendo con ritmo creciente, yo empujando hacia atrás para sentirlo más profundo. La cama crujía bajo nosotros, sudor perlando nuestras pieles que chocaban con palmadas húmedas. Olía a sexo crudo, a piel caliente y a deseo desatado.

¡Más fuerte, Javier! Hazme tuya en esta pasión capítulo 12
, rogaba en mi mente, mientras mis uñas se clavaban en las sábanas.

Cambié de posición, montándolo ahora yo. Sus manos amasaban mis tetas generosas, pellizcando los pezones hasta que dolía rico. Cabalgaba con furia, mis caderas girando en círculos que lo volvían loco. Veía su cara de éxtasis: ojos entrecerrados, boca abierta en un gemido continuo. El placer subía en espiral, mis paredes internas apretándolo como un puño de terciopelo. Sentía cada vena de su verga frotando mis terminaciones nerviosas, el roce constante llevándome al borde.

—¡Me vengo, Ana! —gruñó él, y eso me empujó a mí también.

El orgasmo nos golpeó como una ola gigante. Mi cuerpo convulsionó, chorros de placer saliendo de mí mientras gritaba su nombre. Él se derramó dentro, caliente y espeso, pulsando una y otra vez. Nos quedamos así, unidos, jadeando, con el corazón tronando al unísono.

Después, en el afterglow, nos recostamos abrazados. La brisa marina entraba por la ventana abierta, enfriando nuestras pieles pegajosas. Javier me besaba la frente, trazando círculos perezosos en mi espalda con las yemas de los dedos.

—Eres lo mejor que me ha pasado, neta —me susurró, con voz suave como el ronroneo de un gato.

Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si el mundo entero se hubiera reducido a esta cabaña y a nosotros dos.

Esta pasión capítulo 12 no termina aquí; es solo el principio de más noches así
, pensé, mientras el sueño nos envolvía con su manto cálido.

La luna se colaba por las cortinas, iluminando nuestros cuerpos entrelazados. Afuera, el mar cantaba su eterna canción, y en mi corazón, el fuego de Javier ardía eterno.

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