Imágenes de Amor Pasión y Deseo
Estaba sentada en el balcón de mi departamentito en la Condesa, con el sol de la tarde bañando todo en ese tono dorado que hace que la Ciudad de México parezca un sueño. El aire traía olor a tacos de la esquina y a jazmines del vecino, mezclado con el ruido lejano de los cláxones y risas de chavos en la calle. En mi mano, el celular, y en la pantalla, imágenes de amor pasión y deseo que había guardado de nuestras vacaciones en Puerto Vallarta. Ahí estábamos mi carnal, no, mi amor, Javier, y yo, abrazados en la playa, con el mar de fondo lamiendo la arena como si quisiera comernos enteros.
La foto donde él me besa el cuello, su mano en mi cintura, me hizo apretar las piernas. Neta, cada píxel gritaba deseo. Recordé su piel morena, salada por el mar, el sabor de su boca con tequila y limón.
"¿Qué chingados me pasa?", pensé, mientras un calor subía por mi vientre. Hacía semanas que no lo veía, por su pinche trabajo en la fábrica de cervezas, y esas imágenes me tenían al borde.Me mordí el labio, sintiendo el pulso acelerado en el cuello, el sudor perlando mi escote bajo la blusa ligera.
De repente, la puerta se abrió con ese chirrido familiar. "¡Órale, mi reina! ¿Qué onda?", gritó Javier, su voz ronca como gravel, cargando una bolsa con chelas y unos elotes asados que olían a cielo. Lo vi ahí, alto, fornido, con la camisa ajustada marcando sus pectorales, el pelo revuelto y esa sonrisa pícara que me deshace. Dejé el cel en la mesa y me levanté, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
Nos abrazamos fuerte, su cuerpo duro contra el mío, oliendo a sol y esfuerzo del día. Sus manos en mi espalda baja, bajando un poquito más, despertando chispas. "Te extrañé, cabrón", le susurré al oído, rozando su oreja con los labios. Él rio bajito, ese sonido que me eriza la piel, y me levantó en brazos como si no pesara nada. "Yo más, mi vida. Mira nomás cómo te ves, bien rica". Me llevó a la recámara, el piso de madera crujiendo bajo sus pasos, el ventilador zumbando perezoso.
En la cama, nos sentamos frente a frente, piernas entrelazadas. Saqué el cel otra vez. "Mira estas imágenes de amor pasión y deseo", le dije, pasando las fotos. La de nosotros en la playa al atardecer, desnudos bajo la luna, su verga tiesa contra mi muslo. Sus ojos se oscurecieron, pupilas dilatadas como pozos. "Puta madre, cómo me pones", murmuró, su mano subiendo por mi muslo, dedos ásperos rozando la piel sensible. Sentí el calor de su palma, el roce eléctrico que me hizo jadear.
El deseo crecía lento, como la marea. Hablamos de esos días, de cómo el mar nos mecía mientras nos amábamos, de las risas y los susurros.
"Quiero revivirlo todo, Javier. Sentirte dentro, profundo, como en esas imágenes",pensé, mientras lo besaba. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, explorando, saboreando el salado de su piel, el dulzor de su lengua. Él gimió contra mi boca, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Sus manos desabotonaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco, pezones endureciéndose al instante.
Lo empujé suave contra las almohadas, montándome a horcajadas. "Hoy mando yo, mi rey", le dije juguetona, usando ese tono mandón que lo vuelve loco. Él sonrió, manos en mis caderas, apretando la carne. Bajé la cabeza, lamiendo su cuello, bajando al pecho, mordisqueando sus pezones oscuros. Olía a hombre, a sudor limpio y loción barata que me encanta. Su verga se endurecía bajo el pantalón, presionando contra mi entrepierna húmeda. La froté contra él, sintiendo el bulto caliente, el latido acelerado.
Desabroché su cinturón, el sonido metálico del cierre rompiéndose en el silencio. Saqué su verga, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. Qué chingona se ve, pensé, saliva acumulándose en mi boca. La lamí desde la base, lengua plana, saboreando la sal, el músculo tenso bajo la piel. Javier gruñó, dedos enredándose en mi pelo. "Así, mi amor, chúpamela rica". Obedecí, succionando profundo, garganta relajada, nariz contra su pubis, oliendo su esencia masculina. Sus caderas se movían, follando mi boca lento, mis gemidos vibrando en él.
Pero no quería que terminara aún. Me quité la falda y las calacas, quedando desnuda, mi panocha depilada reluciendo de jugos. Me subí encima, rozando su verga contra mis labios hinchados.
"Te necesito adentro, pendejo, me tienes ardiendo",le dije, ojos en los suyos, viendo el fuego. Él asintió, manos guiándome. Deslicé su cabeza en mi entrada, húmeda y lista, bajando centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso, llenándome completa, su grosor pulsando contra mis paredes. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes.
Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada roce, el slap de piel contra piel, el olor almizclado de sexo llenando la habitación. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, enviando descargas a mi clítoris. Aceleré, caderas girando, sudor perlando nuestros cuerpos, mezclándose. "¡Más fuerte, Javier! ¡Dame todo!", grité, nails clavándose en su pecho. Él se incorporó, boca en mi cuello, mordiendo suave, chupando, dejando marcas de pasión.
La tensión subía, espiral apretada en mi vientre. Cambiamos, él encima ahora, piernas sobre sus hombros, penetrándome profundo, brutal pero tierno. Cada embestida golpeaba mi punto G, jugos chorreando, cama crujiendo. El sonido obsceno de mi coño tragándoselo, sus bolas golpeando mi culo. Sudor goteaba de su frente a mi piel, salado en mi lengua cuando lo lamí. "Te amo, mi reina, neta te amo", jadeó él, ojos clavados en los míos, vulnerables.
El clímax llegó como ola gigante. Sentí el espasmo primero en mis muslos, subiendo, explotando en contracciones que ordeñaban su verga. Grité su nombre, visión borrosa, placer cegador, olor a orgasmo intenso. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta que se tensó, verga hinchándose, llenándome de semen caliente, chorros profundos. Colapsamos juntos, jadeantes, corazones galopando al unísono.
Después, enredados en las sábanas revueltas, el ventilador secando nuestro sudor, nos besamos perezosos. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando patrones en mi piel. "Esas imágenes de amor pasión y deseo son nada comparadas con lo real, ¿verdad?", murmuró. Reí bajito, acariciando su pelo.
"Neta, mi vida. Pero me encanta cómo nos encienden. Mañana tomamos más".
El sol se ponía, tiñendo la habitación de rojo pasión. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en nuestro mundo, solo quedábamos nosotros, saciados, conectados. El deseo no se apaga; solo espera la próxima imagen, el próximo toque. Y yo, lista para más.