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Abismo de Pasion Capitulo 7

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Abismo de Pasion Capitulo 7

Ana sintió el calor del sol de Puerto Vallarta colándose por las cortinas de encaje de su habitación en el hotel boutique. El aroma salino del mar se mezclaba con el dulce perfume de las bugambilias que trepaban por la terraza. Hacía una semana que no veía a Javier, su carnal de toda la vida, ese pendejo guapo que la volvía loca con solo una mirada. Habían quedado en encontrarse aquí, en este paraíso playero, para reavivar la chispa que el tiempo y las rutinas habían intentado apagar. Neta, cada kilómetro que recorría en su mente hacia él, el deseo crecía como una ola imparable.

Se miró en el espejo del baño, ajustándose el bikini rojo que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa. Su piel bronceada brillaba con aceite de coco, oliendo a vacaciones y tentación.

¿Y si esta vez nos hundimos de verdad en ese abismo de pasion capitulo 7 de nuestra historia? El capítulo donde no hay vuelta atrás
, pensó, mientras su pulso se aceleraba. Bajó al lobby, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un tambor que anunciaba su reencuentro.

Javier la esperaba en la playa privada, recostado en una hamaca, con shorts ajustados que marcaban su paquete de forma descarada. Sus ojos cafés la devoraron desde lejos, y una sonrisa pícara se dibujó en su cara morena. —Órale, morra, estás cañona —dijo al abrazarla, su voz ronca rozándole el oído. Sus manos grandes se posaron en su cintura, el calor de su piel contra la de ella enviando chispas por todo su cuerpo. Olía a sal, protector solar y ese sudor masculino que la ponía calenturienta.

Caminaron tomados de la mano por la arena tibia, el sol besando sus hombros. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico de la CDMX que los separaba, de las noches solitarias masturbándose pensando en el otro. —Te extrañé tu verga dura dentro de mí, carnal —susurró ella, juguetona, sintiendo cómo él se ponía tieso al instante. Él rio bajito, apretándole el culo. —Y yo tu panocha chorreando por mí, reina. Hoy nos vamos a chingar como animales.

Regresaron al hotel al atardecer, el cielo pintado de naranjas y rosas. En la suite, con vista al Pacífico, Javier abrió una botella de tequila reposado. El líquido ámbar brilló en los vasos, su olor fuerte y terroso llenando el aire. Bebieron despacio, sentados en la cama king size, las piernas entrelazadas. Sus miradas se clavaban, cargadas de promesas. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, el preludio de la tormenta.

Él se acercó primero, rozando sus labios con los de ella en un beso suave, casi tímido. Pero la tensión acumulada explotó. Sus lenguas se enredaron con hambre, saboreando el tequila y el deseo mutuo. Javier la tumbó sobre las sábanas blancas, su peso delicioso oprimiéndola. —Qué rica estás —murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ana jadeó, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros anchos. El sonido de sus respiraciones agitadas se mezclaba con el rumor del mar filtrándose por la ventana abierta.

Manos expertas desataron el bikini, liberando sus tetas firmes. Javier las lamió con devoción, succionando los pezones endurecidos hasta que ella gimió alto, neta sintiendo la humedad entre sus piernas.

Este es el principio del fin, el abismo de pasion nos llama
, pensó ella, mientras él bajaba besos por su vientre plano, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Sus dedos separaron los labios de su concha, resbaladizos de jugos, y metió la lengua profunda, chupando su clítoris con maestría. Ana se retorcía, las caderas elevándose, el placer como electricidad recorriéndole la espina.

¡Ay, cabrón, no pares! —gritó, agarrándole el pelo. Él obedeció, lamiendo más rápido, introduciendo dos dedos gruesos que la follaban rítmicamente. El sonido chapoteante de su panocha empapada era obsceno, delicioso. Ella explotó en un orgasmo brutal, las piernas temblando, el sabor salado de su sudor en los labios mientras gritaba su nombre. Javier levantó la vista, la boca brillante, sonriendo triunfante. —Eso fue solo el aperitivo, mi amor.

Ahora era su turno. Ana lo empujó boca arriba, arrancándole los shorts. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza roja goteando precum. La tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel aterciopelada. —Mira qué chingona está tu verga por mí —dijo, lambiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almendrado. Javier gruñó, las caderas empujando. Ella se la tragó entera, la garganta relajándose para acomodarlo, mamándola con pasión, las bolas peludas rozándole la barbilla.

El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, tequila derramado. Javier la jaló arriba, posicionándola a horcajadas. —Siéntate en ella, mami —ordenó, y ella obedeció, empalándose despacio en esa polla dura. ¡Qué llenura! Sintió cada centímetro estirándola, rozando ese punto dulce adentro. Comenzaron a moverse, ella cabalgándolo con furia, las tetas rebotando, él amasándole el culo. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, sus gemidos un coro salvaje.

Pero querían más. Javier la volteó a cuatro patas, el espejo de la pared reflejando su imagen pecadora: ella con la boca abierta en éxtasis, él embistiéndola desde atrás como un toro. —¡Te voy a romper la panocha! —rugió, azotándole las nalgas con palmadas que ardían delicioso. Ana empujaba hacia atrás, queriendo más profundo, el clítoris frotándose contra sus dedos mientras él la penetraba sin piedad. El olor de sus cuerpos sudados, el sabor de sus besos salados, el tacto resbaloso de sus jugos... todo se fundía en un torbellino sensorial.

Capítulo 7 del abismo de pasion capitulo 7, donde nos perdemos para siempre
, cruzó por su mente en medio del frenesí. Cambiaron posiciones una y otra vez: misionero con piernas sobre sus hombros, ella de lado sintiendo cada vena de su verga, él de pie follándola contra la pared de vidrio con vista al mar. La tensión crecía, coitos interrumpidos para lamerse mutuamente, prolongando el éxtasis.

Finalmente, no aguantaron más. Javier la puso boca abajo, montándola con thrusts potentes, su verga hinchada rozando su próstata interna una y otra vez. —¡Me vengo, Ana! —avisó, y ella apretó los músculos, ordeñándolo. Sintieron el clímax juntos: él eyaculando chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta desbordar, ella convulsionando en olas de placer infinito, mordiendo la almohada para no gritar demasiado.

Colapsaron exhaustos, cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono. El aire fresco de la noche entraba, enfriando sus pieles febriles. Javier la besó en la frente, suave ahora. —Eres mi todo, morra —susurró. Ana sonrió, trazando círculos en su pecho velludo, sintiendo la semen goteando entre sus muslos.

Este abismo no asusta, nos completa
.

Se quedaron así hasta que el sueño los venció, el mar cantando su nana. Mañana sería otro día, pero este capítulo siete de su pasión quedaría grabado en sus almas, un fuego eterno que ningún tiempo apagaría.

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