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Pasión de Cristo del Productor

6571 palabras

Pasión de Cristo del Productor

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el escenario improvisado en el atrio de la iglesia, pero el verdadero calor lo traía ella. Yo, Ramón, productor de esta humilde pero ambiciosa Pasión de Cristo, había visto pasar cientos de actrices en mis años de montar obras en Semana Santa. Pero Ana era diferente. Morena de ojos negros como obsidiana, con curvas que el hábito de María Magdalena apenas podía contener, llegó un martes de Cuaresma, recomendada por un carnal del sindicato. “Es chida, wey, neta que prende”, me dijo el vato por teléfono. Y no mentía.

Desde el primer ensayo, el aire se cargaba de algo más que el olor a incienso y sudor de los extras. Ana se movía con una gracia felina, sus labios rojos murmurando las letanías con voz ronca que erizaba la piel. Yo la observaba desde las sombras del altar, sintiendo cómo mi verga se despertaba solo con verla inclinar la cabeza en penitencia.

“¿Qué chingados me pasa? Es una actriz, carnal, enfócate en la obra”,
me repetía en la cabeza, pero mis ojos la devoraban: el brillo de sudor en su escote, el roce de la tela contra sus pechos firmes.

Los días avanzaron entre diálogos de traición y redención. Judas besaba la mejilla de Cristo con falsa ternura, pero yo solo pensaba en besar a Ana. Ella notaba mis miradas, lo veía en su sonrisa pícara, en cómo se demoraba al ajustar el vestuario. Una noche, después de un ensayo largo, el equipo se fue y quedamos solos recogiendo. El viento traía aroma de jazmines del jardín conventual, mezclado con su perfume dulzón a vainilla.

—Oye, productor, ¿me ayudas con este nudo? —dijo, girándose con el cordón del hábito atorado en la cintura.

Mis manos temblaron al rozar su piel cálida, suave como seda bajo el sol. Sentí el calor de su cadera, el latido acelerado de su pulso. Pinche tentación, pensé, mientras desataba el lazo despacio, inhalando su olor a mujer deseosa. Ella se volvió, ojos fijos en los míos, labios entreabiertos.

—Gracias, Ramón. Eres un chido —susurró, su aliento cálido en mi cuello.

Ahí empezó todo. Nuestras charlas post-ensayo se volvieron ritual: café en la plaza, risas sobre los actores pendejos que se tropezaban con las cruces. Ana me contaba de su vida en la ciudad, de cómo dejó un novio mamón por buscar algo real. Yo le hablaba de mis sueños de llevar la Pasión de Cristo a teatros grandes, pero en el fondo, soñaba con ella desnuda bajo las luces.

La tensión crecía como tormenta en abril. En un ensayo de la unción en Betania, donde María unge los pies de Jesús, Ana derramó el aceite escénico —agua con esencia— sobre mis manos, fingiendo que yo era el apóstol. Sus dedos masajearon mis palmas, subiendo por mis antebrazos, y juro que sentí electricidad. El jadeo de los extras se confundía con mi respiración agitada.

“No aguanto más, wey. La quiero ya, aquí mismo sobre el escenario”.
Pero me contuve, profesional hasta los huesos.

La noche del Jueves Santo, la iglesia vacía resonaba con nuestros pasos. Habíamos quedado para un ensayo privado de la escena del huerto de Getsemaní, solo nosotros dos. El aire olía a cera de velas apagadas y a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco. Vestida con el manto oscuro, Ana se arrodilló ante mí —yo hacía de Pedro, el negador—. Sus manos subieron por mis muslos, “recreando” el miedo del apóstol.

—Ramón... productor mío... ¿me perdonas mis pecados? —murmuró, voz temblorosa de deseo real.

No pude más. La levanté, aplastando mis labios contra los suyos. Sabían a miel y sal, su lengua danzó con la mía en un beso hambriento. Sus uñas se clavaron en mi espalda, arrancándome gemidos. La despojé del hábito con urgencia, revelando senos perfectos, pezones duros como piedras preciosas. Los chupé con avidez, sintiendo su sabor salado, su piel ardiente contra mi boca. Ella arqueó la espalda, gimiendo “¡Ay, Ramón, sí, así!”, mientras sus manos bajaban a mi pantalón, liberando mi verga tiesa, palpitante.

Nos dejamos caer sobre el tapete del presbiterio, el suelo fresco contrastando con nuestros cuerpos en llamas. Sus piernas se abrieron, invitándome, su concha húmeda y caliente rozando mi glande. ¡Qué delicia, neta, tan mojada por mí! La penetré despacio al principio, saboreando cada centímetro, sus paredes apretándome como un guante de terciopelo. Ella clavó las uñas en mis nalgas, urgiéndome: “Más fuerte, cabrón, dame todo”.

El ritmo se volvió salvaje. Mis embestidas profundas hacían slap-slap contra su piel, mezcladas con sus gritos ahogados —“¡Chíngame, productor, eres mi Cristo!”—. Sudor nos unía, resbaloso, olor a sexo puro llenando el aire sagrado. Le mordí el cuello, lamiendo el sudor salado, mientras ella me arañaba, sus tetas rebotando con cada golpe. Sentí sus contracciones primero, su coño apretándome al borde del abismo, y explotó en un orgasmo que la hizo temblar entera, gritando mi nombre como oración.

Yo la seguí segundos después, vaciándome dentro de ella con un rugido gutural, placer cegador recorriendo mi espina. Nos quedamos unidos, jadeantes, corazones latiendo al unísono. Su risa ronca rompió el silencio: “Pinche Pasión de Cristo, ¿eh? La mejor que has producido”.

Nos vestimos entre besos lentos, caricias perezosas. Afuera, las campanas tañían la medianoche, recordándonos el mundo. Pero en sus ojos, vi promesa de más noches así. Caminamos de la mano por las calles empedradas, aroma de tortillas de comal flotando desde alguna casa.

“Esto no es solo sexo, wey. Es algo chingón, profundo como la obra”
, pensé, mientras la abrazaba contra mí.

La Pasión de Cristo se estrenó al día siguiente ante cientos de almas devotas. Ana brilló en el escenario, pero solo nosotros sabíamos el fuego real que ardía debajo. Cada mirada cruzada durante la obra era un secreto compartido, un pulso de deseo contenido. Después, en mi camioneta rumbo a su depa, ya planeábamos el próximo “ensayo privado”.

Desde esa noche, la producción tomó otro vuelo. Yo, el productor, encontré en Ana no solo a mi musa, sino a mi redención carnal. En Guadalajara, entre procesiones y pasión, descubrimos que el verdadero éxtasis no está en la cruz, sino en los brazos del otro. Y así, semana santa tras semana, nuestra historia sigue escribiéndose, húmeda, ardiente, eterna.

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