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Contaré Que Es Amor Juraré Que Es Pasión Salsa Letra

7616 palabras

Contaré Que Es Amor Juraré Que Es Pasión Salsa Letra

La noche en el salón de salsa de Guadalajara palpitaba como un corazón acelerado. El aire estaba cargado de sudor fresco, perfume barato y ese olor dulzón a tequila reposado que se mezclaba con el humo de los cigarros electrónicos. Las luces neón parpadeaban en rojo y morado, iluminando cuerpos que se movían al ritmo de la música caribeña que retumbaba en los parlantes. Órale, pensé, mientras entraba con mi amiga Lupita, sintiendo ya el cosquilleo en la piel por el calor humano que llenaba el lugar.

Yo era Carla, veintiocho años, soltera por elección propia después de un par de weyes que no valían la pena. Vestía un vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, tacones altos que hacían eco en el piso pegajoso. Lupita me jaló de la mano hacia la barra, riendo. "¡Vamos por unos cubas, carnala! Esta noche te suelto el pelo". Pedimos los tragos, el hielo tintineando en los vasos, y mientras sorbía el ron con lima fresca, mis ojos se posaron en él.

Estaba en la pista, bailando solo pero con una maestría que hacía que todas las morras lo miraran. Alto, moreno, con camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando un poco de vello oscuro que brillaba bajo las luces. Sus caderas se movían con esa cadencia hipnótica de la salsa, como si el ritmo le corriera por las venas. Qué chulo, murmuré para mí, sintiendo un calor subir desde mi vientre. Se llamaba Marco, lo supe después, cuando Lupita lo señaló: "Ese pendejo es el rey de la pista, pero no le dura mucho la novia". Perfecto, nada serio.

La canción cambió a una salsa vieja, ardiente, y de pronto las bocinas escupieron esas letras que me erizaron la piel: "Contaré que es amor juraré que es pasión salsa letra". El DJ la repetía en un loop sensual, y Marco levantó la vista, sus ojos oscuros clavándose en los míos como un imán. Sonrió, esa sonrisa pícara mexicana que promete travesuras. Caminó hacia mí, el sudor perlando su frente, oliendo a hombre de verdad, a loción con vainilla y esfuerzo.

"¿Bailas, preciosa? O ¿prefieres que te cuente yo lo que es amor y pasión?"
dijo, extendiendo la mano. Su voz grave retumbó sobre la música, vibrando en mi pecho. Acepté, el pulso acelerado, y salimos a la pista. Sus manos grandes y callosas se posaron en mi cintura, firmes pero gentiles, guiándome al tumbao. El primer toque fue eléctrico: piel contra piel, calor irradiando a través de la tela fina. Sentí sus muslos rozar los míos en cada giro, el roce áspero de su barba incipiente cuando se acercó a mi oído.

Acto uno del deseo acababa de empezar. Bailamos pegados, cuerpos ondulando como uno solo. El ritmo de la salsa nos mecía, sus caderas presionando contra las mías en ese vaivén prohibido que hacía que mi entrepierna se humedeciera. "Eres fuego, Carla", susurró, su aliento caliente oliendo a menta y ron. Yo reí bajito, "Tú tampoco estás tan fresco, pendejo", pero mis manos subían por su espalda, clavándose en los músculos tensos bajo la camisa húmeda. El salón giraba a nuestro alrededor: risas, aplausos, el slap-slap de zapatos en el piso, pero solo existíamos nosotros.

La tensión crecía con cada canción. Sudábamos juntos, mi vestido pegándose a mis pechos, endureciendo mis pezones contra el encaje del brasier. Él me hacía vueltas, su mano deslizándose por mi espina dorsal hasta rozar la curva de mi nalga. Qué rico se siente esto, pensé, el corazón latiéndome en la garganta. Lupita nos gritaba "¡Dale, Carla!" desde la barra, pero yo ya estaba perdida en su mirada, en el olor almizclado de su axila cuando me abrazó fuerte en un cross-body lead.

Después de tres temas, el calor era insoportable. "Vamos por aire", propuso, y salimos a la terraza del fondo, donde el viento fresco de la noche mexicana nos golpeó como una caricia. Guadalajara brillaba a lo lejos, luces de la catedral y el degollado parpadeando. Apoyados en la barandilla, sus labios rozaron mi cuello. "Te contaré que es amor", murmuró, citando la letra que aún sonaba adentro, "juraré que es pasión". Su boca capturó la mía, beso salado por el sudor, lengua explorando con hambre consensuada. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave, gimiendo bajito contra su boca que sabía a tequila y promesas.

Regresamos al salón, pero ya no bailamos. La química nos llevó a su coche estacionado atrás, un sedán viejo pero limpio con asientos de piel gastada que crujían bajo nuestro peso. "Aquí mismo, ¿va?", preguntó con ojos brillantes, y yo asentí, empoderada, dueña de mi placer. Sí, cabrón, aquí te quiero. Nos besamos con furia en el asiento trasero, el motor aún tibio calentando el aire. Sus manos subieron mi vestido, dedos ásperos acariciando mis muslos suaves, llegando a mis bragas empapadas. "Estás chingona de mojada, nena", gruñó, y yo reí, arañando su pecho desnudo ahora.

La escalada era imparable. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, venosa, palpitante al tacto caliente. La envolví con mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, oliendo su excitación masculina cruda. Él gimió, profundo, mientras chupaba mis tetas, lengua girando en los pezones rosados, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda contra el techo del auto. "Más, Marco, no pares, pendejo", jadeé, el vidrio empañándose con nuestro aliento entrecortado.

Me recostó, abriendo mis piernas con reverencia. Su boca descendió, barba raspando el interior de mis muslos, lengua lamiendo mi clítoris hinchado con maestría de bailarín. Saboreé mi propio gemido salado cuando introdujo dos dedos gruesos, curvándolos dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El mundo se redujo a sonidos: mi respiración agitada, sus labios chupando húmedos, el slap de su lengua, el tráfico lejano de la avenida.

Esto es pasión pura, carajo, justo como la letra promete
, pensé, mientras el orgasmo subía como una ola, tensándome los músculos hasta explotar en temblores que me dejaron muda, arqueada, gritando su nombre.

Pero no paró. Me volteó a cuatro patas, el asiento crujiendo, y entró en mí de un solo empujón suave, consensual, perfecto. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, su pubis chocando contra mis nalgas con palmadas rítmicas como salsa. "¡Ay, qué rico, Carla!", rugió, manos en mis caderas, tirando de mi pelo. Yo empujaba hacia atrás, empoderada, controlando el ritmo, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. El olor a sexo llenaba el coche, sudor goteando, pieles resbalosas uniéndose en frenesí. Sus bolas golpeaban mi clítoris, acelerando el segundo clímax que me dobló, gritando "¡Sí, cabrón, dame todo!".

Él se tensó, gruñendo como animal, corriéndose dentro con chorros calientes que sentí palpitar. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. El afterglow fue dulce: besos lentos, risas roncas, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón calmarse. "Te conté que es amor", susurró, citando la canción que ahora sonaba faint en mi mente, "juré que es pasión". Yo sonreí, acariciando su espalda, oliendo nuestro amor líquido mezclado.

Salimos del coche al amanecer fresco, piernas temblorosas, prometiendo más noches de salsa y letra. No era forever, pero esa pasión mexicana, consensual y ardiente, me dejó con el alma satisfecha, el cuerpo recordando cada roce. Qué chido fue, pensé, caminando hacia mi casa, el sol tiñendo el cielo de rosa.

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